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Cinco Años Después: El 11-S en LA RAZON

Por Sin Pancarta - 11 de Septiembre, 2006, 22:00, Categoría: 11-S de 2006

No ha sido precisamente el mayor despliegue de medios, eso corresponde a EL PAIS que tiene que intoxicar adecuadamente a sus lectores más incautos, pero sí es el mejor recuerdo y análisis realizado por la prensa nacional sobre el 11-S en su quinto aniversario el trabajo ofrecido por LA RAZON. Les recomiendo especialmente los artículos de Alfredo Semprún y Gabriel Albiac que pone le dedo en la llaga. El Islam que defiende el exterminio del ‘infiel’, o sea: todos nosotros.  Majaderías como la ‘Alianza de Civilizaciones’ (banal plagio del ‘Diálogo de Civilizaciones’ propuesto por Jatami no demasiados años atrás) no sirven absolutamente para nada, al menos para nada positivo, pueden llenar estómagos agradecidos a costa del bolsillo del sufrido ciudadano, engañar a algunos incautos de buena voluntad no demasiado informados ni formados y sobre todo un ideal pretexto contra nuestra civilización, contra Estados Unidos, contra Occidente en definitiva. El ‘Muro de Berlín’ ha caído, la Unión Soviética se ha extinguido, ahora el Islam más radical ocupa el puesto que el comunismo dejó vacante.


11-S: las cicatrices aún están ahí (Editorial de LA RAZON)

   

El unilateralismo de la superpotencia herida ha dejado paso a una mayor cooperación occidental

Al cumplirse el quinto aniversario de los brutales atentados del 11-S , el mundo ha constatado la primera intuición: el comienzo de una conflagración a escala planetaria, impulsada por un extremismo religioso, pero en el que se mezclan los viejos intereses estratégicos que ya estaban en pugna desde el siglo pasado. Hoy, ciertamente, el panorama internacional es más complejo que nunca, con las naciones de Occidente, libres y democráticas, acosadas por enemigos propios y ajenos. En el lustro transcurrido desde los sucesos de Nueva York y Washington, se han cometido, ciertamente, todos los errores posibles; pero, también, se ha conseguido evolucionar desde el unilateralismo, a veces ciego, de la superpotencia herida, a una mayor cooperación de los aliados occidentales, bajo los auspicios de Naciones Unidas. La guerra contra el terror, cuyos métodos toman formas odiosas con los ataques indiscriminados y cobardes contra la población civil, está lejos de su final. Afganistán, Irak, la amenaza nuclear iraní, las crisis de Líbano y de Palestina, la inestabilidad de Pakistán, la India, Indonesia, Filipinas, la creciente marea islámica de África y Asia son los escenarios de una batalla que será imposible ganar sin el compromiso leal de todas aquellas naciones que defienden los valores de libertad, justicia e igualdad que han hecho grande al mundo.

    

Editorial publicado en el diario LA RAZON el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“EE UU: el fin de la adolescencia” por Marta G. Hontoria

   

Los estadounidenses se han adaptado a la nueva realidad que impuso la masacre

WASHINGTON - Fue un trance nacional encajar las puñaladas aéreas, pero cinco años después del 11-S, los norteamericanos no se lamen las heridas. Ni tampoco se preguntan «¿por qué nos odian?». Lo saben de sobra. Hoy esperan con flema el próximo atentado porque es «inevitable» y reconocen, resignados, que la amenaza terrorista ha cambiado ciertos hábitos. «Soy una persona mucho más vigilante», «siento ansiedad en el metro», «voy afeitado al aeropuerto para no parecer sospechoso», «hago todo lo que me dicen». Pero la vida sigue: bienvenidos a la «nueva normalidad» de la sociedad estadounidense.

Hipnotizados bajo la rúbrica de la seguridad nacional, el país se ha amoldado a una nueva realidad vital en la que lo de menos es tener que tirar un perfume antes de subir a un avión. Lo más inquietante es la incertidumbre de luchar una guerra «contra el terror» tan abstracta.

Todas las mejoras en la seguridad y en los servicios de Inteligencia no han hecho que los ciudadanos se sientan más seguros. «Quizá no en la escala del 11-S, pero los atentados volverán ocurrir. Las medidas de seguridad no hacen que el estadounidense esté más a salvo de un tipo que está dispuesto a inmolarse», asegura D.W. Park, abogado corporativo que trabaja en Washington DC.

Sensación de vulnerabilidad

Naturalmente, vivir en la capital estadounidense, donde son frecuentes las alarmas terroristas que forman monumentales caos de circulación, produce una dosis extra de vulnerabilidad. También una visión muy distinta a la que puede tener Jane Friedrich, maestra retirada de Stewart, una comunidad granjera en Minnessota para la que el zarpazo terrorista de 2001 no ha tenido ningún impacto en su vida diaria: «Nada, en mi caso nada».

Friedrich no pertenece al 22 por ciento de los americanos que dicen haber notado un cambio sustancial en sus vidas, según los datos del Centro Pew de Investigaciones para la Población y la Prensa. Pero indagando se escuchan en la calle pequeñas píldoras de sentimientos, herencia de aquella mañana en que cayeron las Torres Gemelas: «Confío menos en la gente», «noto cómo me miran raro», «sigo las noticias con más atención», «he renovado mi fe», «me he convertido en un cínico total».

Ha habido tiempo en estos cinco años para reflexionar. Y en ese esfuerzo, hay muchos norteamericanos que aluden a otra fecha, además de 11-S, trascendente. Fue el 18 de septiembre de ese mismo año, cuando el Congreso de EE UU concedió al comandante en jefe, George W. Bush, autoridad para emprender medidas extraordinarias para prevenir futuros atentados. Gracias a este acto bipartidista y patriótico -así se entendió entonces- Bush ha dispuesto de poderes ejecutivos sin precedentes.

Al margen de las demandas judiciales emprendidas, los instrumentos antiterroristas diseñados por la Administración Bush han creado una sensación general de desconfianza y recelo en los ciudadanos. «No dudo de que el Gobierno quiera lo mejor para el país, pero creo que ha ido demasiado lejos al intentar bucear en nuestra vida privada. Es el abuso de poder lo que me hace sentirme inseguro», dice Charlie Crenshaw, encargado de un restaurante en Virginia, para el que la ley Antiterrorista o Ley Patriota y el programa de escuchas electrónicas sin orden judicial revelado por la prensa vulneran los derechos civiles. Fruto de los poderes especiales del gobierno en tiempos de guerra ha sido también la política de prisiones secretas de la CIA para sospechosos de terrorismo, la infame cárcel de Guantánamo y los tribunales militares que, además de estupor e indignación de todos los estados de Derecho, han infligido un severo daño a la imagen de EE UU.

Miedo a viajar

Un sondeo rápido a pie de calle basta para comprobar que el odio generado por este país desde el 11-S ha hecho que los estadounidenses tengan miedo a viajar al extranjero. Chip Barnes, que sirvió en la primera guerra del Golfo, asegura que «me encantaría visitar Líbano o Jordania, pero ya creo que no voy a tener esa oportunidad en mi vida porque en esos países sería un objetivo». Aquel «Nous sommes tous americains!» hace tiempo que se evaporó. Matthew Clark, broker de metales para una empresa de Maryland, asegura que hoy «me preocupa mucho más que antes el estado del mundo y rezo con mucha más frecuencia por los amigos que tengo en la guerra de Irak».

Clark, que ha visitado en los últimos años por negocios alrededor de 25 países, cuenta que sus socios en el extranjero «no intentan ofenderme», pero piensan que EE UU ha cometido peligrosos errores.

Que el partido republicano haya basado sus campañas en la seguridad nacional y que Bush haya ganado la reelección no son dos hechos aislados. Políticamente, estos años han demostrado que el candidato más fuerte es el que transmite más credibilidad en seguridad nacional. El electorado busca «al más duro», otro cambio en la mentalidad americana. Según el profesor de comunicación de la Universidad de Stanford, Shanto Iyengar, el presidente Bush sigue teniendo un «halo 11-S»: cuando la gente ve imágenes de los ataques del 11-S inmediatamente responde más positivamente al presidente.

No son menos significativos los cambios culturales que ha experimentado el gigante americano. La obsesión por la inversión en la seguridad ha hecho que el Gobierno cambiara radicalmente las prioridades del presupuesto federal y una de las víctimas ha sido la Ciencia. Kyle Cunningham, doctor en Biología de la Universidad de Johns Hopkins, se lamenta que en los últimos cinco años «los políticos no dejen a los científicos hacer el trabajo que ellos consideran importante». «En el siglo XX, EE UU era líder mundial en investigación y creatividad», explica el doctor, «pero en el XXI no son los científicos los que conducen la investigación, son los políticos».

Trifulcas

La agenda del Congreso también se ha visto transformada, y más este año que tocan elecciones legislativas. Los debates que más electricidad social han generado, como el de la inmigración, están estancados, mientras que la guerra en Irak sigue monopolizando las trifulcas en ambas Cámaras.

«Si yo te contara...» es lo primero que responden los inmigrantes a la pregunta de si les ha cambiado la vida por el 11-S. En la última gran manifestación a favor de sus derechos celebrada en la capital estadounidense, muchos congregados hablaban de «desesperación». A juicio de Jorge Ortiz, que llegó de Colombia hace 20 años, «hay mucha más negatividad en EE UU hacia los inmigrantes».

Ortiz, que trabaja en una ONG en Massachussets, pone el ejemplo de grupos anti-inmigrantes como los Minutemen, que han proliferado en los últimos tiempos y reciben cada vez más atención mediática. Marta Serrato, de Honduras, que llegó hace un año a EE UU, dice que le será mucho más difícil conseguir los papeles y aún más complicado traerse a la hija que ha dejado en su país. “Es evidente que la seguridad ya se ha incrementado”. La joven vive con miedo porque dice que hoy de vez en cuando Inmigración “sale de cacería”. “Cualquier día le agarran a uno y le deportan”.

      

Publicado en el diario LA RAZON el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Una batalla a 10.000 metros de altura” por Alfredo Semprún

    

El terrorismo islamista sigue buscando un golpe tan espectacular como el del 11-S

Madrid - En feliz frase del analista Jeff Jacoby, «los objetos no secuestran aviones; las personas, sí». ¿Qué hacer, entonces, si el terrorista ha subido a bordo? La respuesta a esta pregunta ha variado mucho desde el 11 de septiembre de 2001. Al menos, esa es la conclusión que sacó A. R., azafata, tras asistir a una conferencia sobre seguridad en aeronaves impartida por especialistas de la Guardia Civil.

- El guardia nos dijo que había pasado el tiempo en el que los secuestros se negociaban en tierra; que, ahora, tendríamos que solucionarlo nosotros mismos.

- ¿Cómo?

- Reduciendo al terrorista e inmovilizándolo. Cualquier cosa, menos dejarle acceder a la cabina de pilotos.

Ahora, todo el mundo está de acuerdo en que era una cuestión de tiempo que el terrorismo islámico recurriera a las tácticas suicidas. Como el Alto Mando japonés en la II Guerra Mundial, los dirigentes de Al Qaida concluyeron que el sistema de defensa del adversario se había hecho demasiado potente para las técnicas convencionales. Batidos a decenas de kilómetros del blanco, los pilotos japoneses decidieron sacrificar el regreso y utilizar la gasolina sobrante para volar más bajo y más rápido. Morir por morir, por lo menos causaban bajas al enemigo.

La idea de combinar pilotos suicidas con aviones de pasajeros cargados de combustible, pilló por sorpresa a los sistemas de seguridad occidentales. Hasta el 11-S, la defensa se limitaba a impedir que alguien subiera con armas a bordo de los aviones, o que introdujera un explosivo.

El primer aviso

A cada fallo, el sistema se remodelaba con mejores detectores, duplicando barreras, extremando el control de los equipajes. Si en 1988 los terroristas lograron embarcar en un avión de la Pan-Am un aparato de radio que no pertenecía a ninguno de los pasajeros; los nuevos detectores de explosivo plástico y un cambio en la gestión de equipajes bloquearon esa vía. Ni maletas sin dueño, ni viajeros armados. Parecía que se había encontrado la panacea de la seguridad, y, de hecho, los secuestros de aviones pasaron a ser patrimonio de locos o excéntricos.

El primer aviso de que la situación podía cambiar se produjo el 31 de octubre de 1999. Un Boeing-767 de la Egyptair, se estrelló en el Atlántico una hora después de despegar de Nueva York. Los rádares detectaron y grabaron la última trayectoria del aparato: un descenso controlado hacia el mar. Las cajas negras confirmaron que uno de los pilotos de reserva, Gamael El-Botouty, se había hecho con los mandos fuera de su turno y había realizado una maniobra suicida en medio de rezos a Alá. En el avión viajaban varios militares egipcios, que regresaban de asistir a un curso en Estados Unidos. Hoy, es fácil interpretar la acción del piloto como un acto de terrorismo islamista; pero, en 1999, se prefirió argumentar sobre unos problemas personales, de los que nadie en su entorno tenía noticia.

El 11-S, sin embargo, no iba a poder repetirse. Las compañías potencialmente amenazadas blindaron las cabinas de los pilotos, embarcaron agentes de seguridad armados, instruyeron a los auxiliares de vuelo, retiraron del equipo de emergencia todos aquellos objetos que pudieran ser usados como un arma -linternas de brazo largo, hachas, extintores de envoltorio metálico, «patas de cabra» para doblar planchas de aluminio- y extremaron los controles aeroportuarios: tijeras de mano, hebillas de cinturones, peines de varilla, mecheros, utensilios para pipas, navajillas «mil usos», cutters, alfileres de pelo... quedaron prohibidos en el equipaje de mano. Así, el terrorista quedaría limitado a actuar con las manos desnudas o, todo lo más, con el cuello de una botella rota.

Seguridad máxima

Pero el 22 de diciembre de 2002, a bordo de un avión de la American Airlines que acababa de despegar de París, Richard Reid intentaba prender fuego a la carga de pentrita que llevaba oculta en la suela de los zapatos. Seguramente, Reid, británico convertido al islam, nunca hubiera conseguido embarcar en un vuelo de la compañía israelí El Al. La seguridad hebrea parte de la filosofía que explicaba Jeff Jacoby al principio: los objetos en sí mismos no son peligrosos. Son las personas quienes deben ser examinadas a fondo. Así, Richard Reid había comprado el billete en metálico, había viajado a Pakistán, no tenía un motivo normal para justificar el viaje, y, sobre todo, estaba tan nervioso que llamó la atención de los pasajeros y de la tripulación desde el mismo momento en que ocupó su asiento.

Para cualquiera de los «ojeadores» profesionales de El Al, una sola de estas circunstancias le habría llevado a ordenar un interrogatorio preciso y a fondo antes de dejarle embarcar. En Israel, la seguridad no obliga a los pasajeros a quitarse los zapatos por sistema, ni se basa en las revisiones estrictas de los equipajes de mano. Se investiga al individuo, a la búsqueda de «esa cosa» que no encaja.

El «incidente» del que sería conocido como «el terrorista de los zapatos», confirmaba la peor de las hipótesis: los islamistas volvían a los orígenes, atacar a la aviación comercial del enemigo, y por el único medio que podía desbordar el sistema defensivo: el suicidio.

El 24 de agosto de 2004, con un minuto de diferencia, estallaban en pleno vuelo dos aviones comerciales rusos. Ambos habían despegado de Moscú, aunque con destinos distintos: Sochi y Volvogrado. La investigación posterior estableció que dos mujeres chechenas había conseguido burlar el servicio de seguridad. En el baño de la sala de embarque, montaron las bombas. Sincronizaron los relojes y se hicieron matar con 90 infieles a la mayor gloria de Alá y de la independencia de Chechenia.

- ¿Ha cambiado mucho la actitud del pasaje?

- Depende de las noticias que salen por televisión. Después de lo último de Londres, a veces se te acerca algún pasajero y te llama la atención sobre tal o cual compañero de asiento. Que si ha hecho gestos raros, que si le parecen demasiado gruesas las suelas de los zapatos... No puedes hacer mucho. Ponemos cuidado en revisar los puntos sensibles del avión, pero hay que confiar que lo hagan bien en tierra.

- Y por curiosidad, ¿cuál es el perfil del individuo que más sospechas levanta entre los demás pasajeros?

- El que tiene pinta de moro.

     

Publicado en el diario LA RAZON el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


¿Le han dado algún regalo antes de embarcar?

     

Un jueves de abril de 1986, Nizar al-Hindawi despidió a su novia en la zona de descarga de equipajes del aeropuerto londinense de Heathrow. Ella, irlandesa de religión católica, estaba embarazada. Viajaba a Jordania, vía Tel Aviv, para conocer a la familia del padre de su futuro hijo, con quien pensaba contraer matrimonio. En principio, el viaje debían haberlo hecho juntos, pero Nizar le explicó que el jefe de su empresa le había pagado el billete para una fecha posterior. De todas formas, no tenía de qué preocuparse: su familia la iría a recibir y la trataría como a una reina. Nizar compró una maleta nueva, de esas modernas con ruedecitas, y la ayudó a hacer el equipaje. Luego la acompañó al aeropuerto. El vuelo era de El Al, la compañía aérea más amenazada del mundo, pero que, sin embargo, no ha sufrido un atentado grave desde 1968. En la zona de descarga de equipajes, uno de los «ojeadores» de la seguridad israelí observó a la pareja. Nunca se ha dicho qué fue, pero algo le pareció raro, inusual en el comportamiento del hombre. Se hizo un registro especial del equipaje de la joven irlandesa. En la maleta, bajo un doble fondo, estaba el explosivo. Su novio, el hombre con quien iba a casarse, el padre de su hijo, había escondido el detonador en una calculadora de bolsillo. Hubiera estallado sobre el canal de la Mancha, con ella a bordo.

Siempre que se embarca en un vuelo israelí le hacen al pasajero tres preguntas: ¿He hecho usted personalmente el equipaje? ¿Le han dado algún regalo? ¿Ha perdido de vista sus maletas? Y luego, vienen muchas, muchas, muchas preguntas más.

    

Publicado en el diario LA RAZON el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“La memoria viva de los héroes” por Marta Torres

  

El Tribute Center se abrirá al público el próximo 18 de septiembre en la Zona Cero

Nueva York - «Mi hijo llamó a casa para decir que nos quería antes de morir. Habló con mi marido y le dijo: “Papá, os quiero mucho”». Es la historia de Michael Dermott Mullam, uno de los bomberos de Nueva York que murió el 11 de septiembre tras los ataques al World Trade Center. Ahora cinco años después de la muerte de este joven bombero de 34 años, su historia la cuenta su madre a los visitantes del Tribute Center de la Zona Cero, un lugar que guarda los últimos suspiros de las casi 3.000 personas que perdieron la vida ese día. Dicho centro, que también se acuerda del atentado que sufrieron las torres en 1993, servirá de punto de información y reflexión para dar cuenta de lo que ocurrió en el World Trade Center hasta que se inaugure el Museo y Memorial en la Zona Cero, previsto, en un principio, para 2009.

Once mil turistas

Este centro temporal, que ha costado 4,3 millones de dólares, se abrirá al público el 18 de septiembre. Su entrada será gratuita, aunque se pedirá a los visitantes una donación de 10 dólares. En visitas guiadas, contarán la historia familiares, amigos, miembros de los equipos de rescate, personas que vivían y trabajaban en la zona y voluntarios a los visitantes que quieran escucharles. Cada semana, pasan 11.000 turistas por la Zona Cero, donde, de momento, aparte de dolor y recuerdos, sólo se ve un gran agujero.

Historias de las vidas

George Pataky, gobernador de Nueva York, indicó en la presentación de dicho centro reconoció su importancia en recuerdo de «los héroes que murieron ese día». El republicano justificó el centro para que «los que vengan a la Zona Cero puedan escuchar y entender las historias de las vidas» de las víctimas.

Michael Bloomberg, alcalde de la ciudad neoyorquina, apuntó la necesidad de escuchar «los mensajes» de la gente y estar «en continuo diálogo». Asimismo, Bloomberg, explicó que los visitantes podrán experimentar la tragedia y el heroísmo nacidos de los ataques a la ciudad. «Conforme los visitantes viajen a través de las 5 galerías del centro se sumergirán en una jornada narrativa acentuada con poderosas imágenes, objetos y voces que crearán un testamento vivo de la tragedia que sacudió a nuestra ciudad».

El centro cuenta con cinco galerías en las que los visitantes podrán recordar la construcción de las Torres Gemelas o los atentados de 1993 y 2001. En la última galería, se recuerda la respuesta internacional a la tragedia así como los homenajes recibidos en todas partes de Estados Unidos.

«La gente no sabe nada»

Karen Cigaar, voluntaria del centro, reconoció que «me da pena porque la gente viene aquí, pero no saben nada. Sólo hay un agujero». Ella tenía que haber estado en el último tren que se quedó atrapado en las torres. Se salvó porque en ese momento estaba en el Soho de Nueva York. Rose Mary Cain sujeta la fotografía de su hijo George, un bombero de 35 años, que perdió la vida ese día. Mañana, 11 de septiembre, volverá a estar como prácticamente cada día en el lugar donde su hijo perdió la vida para contar su historia, la de las familias y las víctimas, que se paró justo hace cinco años en un precioso día.

    

Publicado en el diario LA RAZON el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Las falsas pistas informáticas de Ben Laden” por Andreas von Bülow

   

En un nuevo libro sobre el 11-S se pone en tela de juicio la actuación de la CIA y el FBI

Otra supuesta prueba de la autoría de Osama ben Laden y de su base se debe a la compra de un ordenador portátil usado por parte de un periodista del Wall Street Journal en una tienda de electrodomésticos de Kabul. El comerciante le vendió al periodista un nuevo disco duro puesto que el suyo, que era viejo, ya no servía. Además tramitó la venta de un ordenador portátil usado que presuntamente procedía de una casa que mantenía relaciones con la base de Al Qaida. Antes de poner a la venta el ordenador portátil se había borrado el contenido del disco duro.

Pero en la redacción del Wall Street Journal se levantaron las sospechas y se ordenó reconstruir el contenido del disco duro y he aquí que la memoria empezó a arrojar innumerables detalles acerca de atentados terroristas futuros y otros que ya habían sido perpetrados, además de conexiones financieras con la red Al Qaida con nombres y números de teléfono.

La redacción dio preferencia al Pentágono y a la CIA para la valoración del contenido del disco duro. Tan sólo después de esto el periódico publicó en dos entregas entre otros la sensacional noticia según la cual el jefe de los servicios secretos paquistaníes, a través de un mediador del entorno terrorista, Ahmad Umar Sheik, íntimo amigo de Osama ben Laden, había efectuado una transferencia por el valor de 100.000 dólares a Mohamed Atta en Florida pocos días antes del 11 de septiembre.

Último eslabón

A su vez el servicio secreto de India había interceptado llamadas de teléfono móvil, precisamente de este mediador, de las cuales se infiere la estrecha y amistosa conexión con Osama ben Laden. Con ello se había dado con el eslabón que faltaba hasta entonces en la cadena de pruebas para conectar a Osama ben Laden con los autores del atentado de Nueva York y Washington.

Ahora bien, la razón por la cual Osama ben Laden, presuntamente el ideólogo de los atentados de Nueva York y de Washington, en la víspera del atentado suicida enviase una cantidad de dinero tan alta a alguien que poco tiempo después moriría, es algo que en cierto modo sigue siendo incomprensible.

Unas semanas después Daniel Pearl, un periodista que también trabajaba en el Wall Street Journal, viajó a Pakistán con la intención de investigar los motivos de esta transacción y fue asesinado brutalmente en una cita que concertó con un informador. La tortura fue filmada en video. Sólo más tarde se supo que Daniel Pearl era ciudadano israelí y que estaba urgido por encontrar, a través del mediador terrorista, una confirmación de las conexiones de Osama ben Laden con los autores del atentado en torno a Mohamed Atta, o sea por hallar el «arma humeante» del 11 de septiembre. Las explicaciones ofrecidas por la prensa, que en mayor o menor medida se remiten a indiscreciones encauzadas de agentes, de operadores de los servicios secretos y de funcionarios del Pentágono, hasta el momento han arrojado poca luz sobre la oscura y trágica historia.

El asunto huele a desinformación, a montaje, a manipulación y a juego con la muerte de un periodista y su familia. Otro drama similar relacionado con un ordenador portátil como el que protagonizó el Wall Street Journal en Kabul ya se había producido en 1995. En la vivienda de los autores del primer atentado al World Trade Center se halló un ordenador portátil en cuyo disco duro se encontraron unas anotaciones que tenían por objeto el secuestro de aviones de línea estadounidenses que se usarían a modo de bombas para atacar objetivos importantes como el edificio principal de la CIA en Langley, en Virginia.

En el proceso judicial celebrado en Nueva York estos descubrimientos jugaron un papel relevante. Ya en ese entonces se hablaba del entrenamiento para misiones suicidas. El dueño del ordenador portátil fue condenado por complicidad junto con el supuesto autor principal del atentado.

Es necesario retener en la memoria que el supuesto grupo terrorista de Osama ben Laden y su Al Qaida dejó en todos los lugares imaginables del mundo y con una densidad que llama la atención unas pistas electrónicas que fueron encontradas y leídas por los servicios secretos y que se valoran como prueba de la existencia y del modo de proceder de las redes terroristas. A veces los contenidos no concuerdan y hacen sospechar que se trata de falsificaciones. La capacidad para hacerlo, ya sea por medio de vídeos, de discos duros o de cintas es algo que está dado a la perfección en los servicios secretos. De ahí que con mucha frecuencia unas pruebas como estas no resistan un examen crítico.


Entrevista con Michael Zeiss (Subdirector de Cruz Roja para el 11-S): «El 11-S cambió a la Cruz Roja»

   

Nueva York - Michael Zeiss es el subdirector de Planificación de Cruz Roja en EE UU en el Plan de Recuperación del 11 de septiembre, una prestigiosa institución que ha estado con las víctimas durante los últimos cinco años.

- ¿Cuál es el significado del 11-S para ustedes?

- Fue un día sin precedentes que trajo grandes desafíos para cualquier agencia encargada de ayudar a la gente. Fue la primera vez, al menos en un principio, que el público no estuvo contento con la Cruz Roja. Sobre todo por el destino de las donaciones. La Cruz Roja trabajó intensamente para recuperar la confianza y proporcionar servicios efectivos a los afectados. Fue un momento de transformación. El público dejó claras sus expectativas y las cumplimos con creces.

- ¿Cómo cree que el 11-S ha afectado a la gente en Nueva York respecto a su forma de pensar y vivir?

- Mucha gente perdió amigos ese día, compañeros de trabajo, familiares, otros salieron heridos. Cada neoyorquino recuerda muy bien dónde estaba ese día, qué hacía. Los ataques cambiaron nuestra ciudad. Nos enseñaron que no sólo éramos más vulnerables de lo que pensábamos, sino que éramos más fuertes de lo que suponíamos, que podíamos mantenernos unidos.

- ¿Cómo ha sido la respuesta, en términos de donaciones, de los estadounidenses?

- No creo que la gente se canse de ayudar a los demás. Después del Huracán Katrina, la Cruz Roja recaudó más de 2.000 millones de dólares y miles de voluntarios ayudaron. Creo que la gente es siempre generosa y continuará con sus ayudas a la Cruz Roja con dinero, tiempo y sangre cuando se necesite.

- ¿Podría decirse que hubo un antes y un después para su filosofía?

- Por supuesto. Tras el 11-S la Cruz Roja actualizó muchos de sus sistemas y planes. Cambiamos la forma de recolectar donaciones y dar cuenta a la gente que colabora de cómo se utiliza su dinero.

- ¿Cómo le han afectado a su vida los ataques del 11 de septiembre?

- Ha sido un extraño privilegio poder pasar tanto tiempo ayudando a tantos afectados por los ataques. Respecto a lo personal, los últimos cinco años han sido un período de grandes desafíos profesionales y personales que han definido mi vida. Será a donde mire con más orgullo cuando sea un anciano.

  

Una entrevista de Marta Torres publicada en el diario LA RAZON el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Torres del fin del mundo” por Gabriel Albiac

  

Hace cinco años ya que el Dios nos declaró la guerra. A todos los que no somos sus sumisos

Lo que murió fue un mundo. Irreal. El nuestro. Lo que murió en aquel once de septiembre, hace cinco años, fue la siempre repetida fantasía de que puedan los hombres vivir tiempos amables. Acababa de acabar la guerra fría: cuarenta años de matanza, ferozmente librados lo bastante lejos para no ser salpicados por la sangre. Acababa de acabar la más mortífera dictadura de la era moderna: setenta y un años de aquel despotismo ruso camuflado tras angélicas retóricas de salvación humana y de liberación de los humildes: más de veinte millones de asesinatos; y la glacial, la cínica aceptación de aquello como una intemporal fatalidad. Todo acabó en el vertiginoso otoño del 89. Nuestro alivio enmascaró nuestra vergüenza: la de no haber sabido jamás plantar batalla al monstruo, y aun la de haber, con consciencia o sin ella, sido cómplices de su blindaje. Y, en el alivio que la desaparición del horizonte monstruoso que había cubierto el siglo, fantaseamos de nuevo sobre un mundo apacible, abierto a la razón, ajeno al anacrónico estruendo de las guerras. Y era mentira. Como siempre. La guerra es lo único intemporal en los humanos. Intemporal, por tanto, la retórica que maquina el consolador autoengaño de negarla. Y, luego del autoengaño, viene siempre lo de siempre. Sólo que cada vez peor.

En el Apocalipsis de las Torres Gemelas se abría un nuevo infierno. El de una guerra santa en tiempos de armamento nuclear al alcance de casi todos. La más alta teología tomó tierra.

La yihad, la guerra santa, tiene raíces doctrinales tan hondas como el Islam. Corán, II, 190-191: «Combatid en el camino de Dios a quienes luchan contra vosotros. No seáis transgresores, Dios no ama a los transgresores. Matadlos allá donde los encontréis». Corán, IV, 74-76: «Que quienes truequen la vida presente por la futura combatan en el camino de Dios. Concederemos una recompensa sin límites a quien combata en el camino de Dios, ya lo maten, ya sea victorioso... Combatid a los siervos de Satán». Corán, VIII, 17: «No seréis vosotros quienes los habréis matado; habrá sido Dios». Corán, IX, 5: «Matad a los politeístas, allá donde los encontréis». Corán, IX, 14: «¡Combatidlos! Dios los castigará mediante vuestras manos». Corán, IX, 29: «Combatid: a los que no creen en Dios y en el Juicio final; a los que no declaran ilícito lo que Dios y su Profeta han declarado ilícito; a los que, de entre las gentes del Libro, no practican la verdadera religión. Combatidlos hasta que paguen tributo tras haber sido humillados». Corán, IX, 111: «Dios ha comprado a los creyentes sus personas y bienes, para darles a cambio el paraíso. Combaten en el camino de Dios: matan y son matados». Corán, XLVII, 4: «Cuando encontréis a los incrédulos golpeadlos en la nuca hasta que los hayáis abatido...». No sigo. Cualquiera con un poco de paciencia puede catalogar otros tantos pasajes.

Nos divertía fantasear con que eso no eran más que exóticos delirios no carentes de ese encanto primitivo que tanto agrada al culto turista europeo. Pero era voz de Dios. Y el día de las Torres nos puso ante el Dios mismo, cara a cara. Y el Dios nos declaró la guerra. A muerte.

   

Publicado en el diario LA RAZON el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


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