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Cinco Años Después: El 11-S en EL PAIS

Por Sin Pancarta - 11 de Septiembre, 2006, 21:15, Categoría: 11-S de 2006

El "diario independiente de la mañana" dedicaba ayer en su suplemento "Domingo" una extensa cobertura a los atentados del 11-S. Hoy nos ofrece un repugnante editorial donde culpa de todos los males a los "neoconservadores" y al Presidente Bush. Es obvio que nuestra posición difiera "un mundo" de esta visión sesgada, manipulada de todo punto "antiamericana". Siempre hemos creído y mantenido el conocimiento de todos los puntos de vista. Es el lector quien debe sacar sus conclusiones una vez que haya conocido todas las informaciones y opiniones disponibles. Por ejemplo: resulta, cuando menos, paradójico, que se mencione como referente la posición de la ONU en la cuestión del terrorismo islámico cuando dos terceras partes de los miembros de este organismo desconocen lo que es la Libertad y los Derechos Humanos… Así podíamos seguir hasta el aburrimiento.


"Cinco años después" (Editorial de EL PAIS)

    

Los neoconservadores criticaron a Clinton durante su presidencia por no aprovecharla para situar a Estados Unidos en el centro de un mundo unipolar tras el fin de la guerra fría. Clinton comprendió que EE UU, con un poder militar y económico sin parangón, no podía imponer por sí solo este nuevo orden. El brutal atentado del 11-S, del que hoy se cumplen cinco años, tomó por sorpresa a Bush y su Administración, pero inmediatamente lo aprovecharon para imponer su propia agenda neocon, mediante la acción unilateral, el abandono de la diplomacia en favor de la presión militar, la erosión de las libertades públicas y la expansión de los poderes presidenciales.

El resultado, un lustro más tarde, es un mundo más peligroso. Se ha producido una invasión comprensible pero chapucera de Afganistán -de la que ahora se están pagando los resultados- y una guerra injustificada y equivocada en Irak, de donde Estados Unidos no sabe ni cómo irse ni cómo quedarse, y que ha convertido al país árabe en escuela de yihadistas y en escenario de una guerra civil entre suníes y chiíes. Los atentados de Bali, Casablanca, Madrid -del que se cumplen dos años y medio- y Londres han demostrado la expansión de un terrorismo que, en este tiempo, no ha vuelto a golpear a Estados Unidos, algo que la Casa Blanca no deja de exhibir como el principal resultado de su cruzada.

Pero lo peor de todo es que los métodos de los terroristas han contaminado y erosionado la moral de las democracias que les combaten, empezando por Estados Unidos. Ahí están los casos de Guantánamo y Abu Ghraib, o las matanzas de civiles en Irak, como auténticos triunfos de la moral del terror sobre la humanidad. La muy conservadora señora Thatcher fue la primera en señalar que el mundo cambió sobre todo porque el 11-S hizo cambiar a EE UU, pero esta gran democracia y país admirable debe recuperar cuanto antes sus esencias y valores más profundos de la libertad y de la democracia, sin regresar por ello al aislacionismo.

La Administración de Bush tenía todo en su mano para impulsar un nuevo orden mundial más justo y sensato. Pero por acción (Irak) u omisión (Oriente Próximo) sólo ha sabido fomentar el desorden. Creyó que la democracia se podía imponer por decreto en el mundo árabe, pero, cuando han podido, muchos de estos ciudadanos han optado por votar a radicales, ya sea Hezbolá entre los chiíes de Líbano o Hamás entre los palestinos. Aunque no haya seguridad perfecta, especialmente cuando los terroristas están dispuestos a morir en su empeño, la cooperación internacional ha impedido muchos atentados. La guerra contra el terror de Bush es un error que debe sustituirse por políticas antiterroristas a largo plazo, conformadas sobre todo de inteligencia y de prevención policiales, y mucho menos militarizadas.

La Asamblea General de la ONU ha tardado cinco años en consensuar una estrategia global para luchar contra el terrorismo, cuyas bases las puso Kofi Annan en la conferencia sobre democracia y terrorismo organizada por el Club de Madrid en marzo de 2005. Finalmente, se opta por atender no sólo a los medios para combatir esta amenaza, sino también a hacerlo respetando el Estado de derecho, los derechos humanos y yendo a las causas de los problemas. Uno de los problemas que habrá que superar son los recelos mutuos entre el mundo occidental y el musulmán, que han aumentado como resultado de las políticas equivocadas.

   

Editorial publicado en el diario EL PAIS el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"El 11-S en la política española" por Santos Juliá

 

Resultado del 11-S: una derecha cegada por el rencor y una izquierda que llegó al poder cuando no estaba en sazón.

¿Modificó el 11 de septiembre el curso de la política española? Y si lo hizo, ¿en qué sentido? Cuando se plantea este tipo de preguntas, un ejercicio no del todo ocioso para encontrar respuesta es imaginar qué habría ocurrido si tal acontecimiento no se hubiera producido: un contrafactual llaman al invento; invento tan antiguo como la costumbre de pensar, y de lamentar, que las cosas que nos pasan en la vida siempre pudieron haber sido de otro modo; incluso que la vida misma pudo haber sido diferente si...

Dejándonos llevar por un momento de esa bien arraigada costumbre, no es difícil imaginar todo lo que no habría pasado en España si el 11-S nunca hubiera sucedido. Ante todo, las Azores no habrían servido de marco para una foto fatídica. Sin esa foto, el presidente del Gobierno español no se habría visto involucrado, con el otro líder mundial que arrastra desde entonces la pesada y bien merecida cadena que pronto acabará dando en tierra con él, en una guerra disparatada. Nos habríamos ahorrado, de rechazo, la emergencia de una corriente de neocons a la española, eufóricos en el momento de la proeza, repitiendo el mensaje de leña al moro, en una nueva versión de la leyenda del caballo blanco de Santiago.

Por supuesto, sin el viaje a las Azores, sin neocons bailándole las aguas, el presidente Aznar no se habría subido a la parra bélica, ni se habría ganado el rechazo mayoritario de los españoles, contrarios en cantidades sustanciales a la implicación de España en aquella cruzada contra el fantasma de las armas de destrucción masiva. En fin, pero no lo menos importante, sin implicarse en la guerra, tal vez Madrid no habría sido víctima del más brutal atentado de su historia o, en caso de haberlo sufrido, Aznar y su gente habrían reaccionado de otro modo, libres de la obsesión de buscar un culpable fuera del mundo islámico. De rechazo, los nuevos socialistas habrían contado con otros cuatro años para madurar, ellos mismos y sus políticas, sorprendidos por la insólita facilidad de su llegada a la cumbre cuando menos lo esperaban.

El 11-S trastocó este normal curso de la vida política e introdujo un elemento de distorsión que acabó por liquidar todo lo que de positivo se pudiera atribuir a las políticas del Partido Popular en los años de su primera legislatura. De todas formas, con esto de los contrafactuales siempre hay que andarse con cuidado: que el 11-S ocurriera no quiere decir que todo lo que pasó después fuera necesario. El PP y su presidente pudieron haber reaccionado de otro modo; Aznar pudo no haber ido a las Azores; el atentado de Madrid pudo no haber ocurrido; la reacción al atentado, una vez cometido, pudo haber sido distinta. En definitiva, otra política era posible tras el derrumbe de las Torres Gemelas.

Lo malo para el posterior desarrollo de los hechos es que los dirigentes del PP saben perfectamente que otra política era posible; más aún, saben que la política seguida por Aznar, desde su compromiso con Bush hasta su obsesión por implicar a ETA en el atentado de Madrid, constituye una catastrófica sucesión de errores. Y porque están convencidos de eso, porque saben que se equivocaron, pero carecen de arrestos para admitir su monumental error, digerirlo y expulsarlo, es por lo que se les ha subido al rostro, a la mirada, al lenguaje, el rencor acumulado tras su derrota: andan por ahí dando palos de ciego, reconcomidos por el amargo sabor de un fracaso al que fueron conducidos por sus propios errores más que por los aciertos del adversario.

Pero el rencor ciega y extrema la fanática convicción de que lo hecho está siempre bien hecho y que el mal resultado de lo bien hecho sólo puede atribuirse a perversas maquinaciones del adversario. Y en esas seguimos, con la pesada y permanente herencia del 11 de septiembre a cuestas; con aquel partido que presumía de liberal conservador mirando hacia atrás con ira, encerrado en una política del rechazo, dejándose inundar por la basura sobre golpes de Estado encubiertos que cada día vomitan sus voceros, sin atreverse a mirar hacia delante, sin capacidad para formular propuestas de futuro, diciendo a todo que no.

¿Resultado del 11-S en la política española? Un sistema político desequilibrado, con una derecha cegada por el rencor y una izquierda que llegó al poder cuando aún no estaba en sazón.

    

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"La herida sigue abierta" por José Manuel Calvo

   

Ni la respuesta bélica ni las medidas de seguridad disipan en EE UU el temor a un atentado

¿Es EE UU un país más seguro de lo que era el 10 de septiembre de 2001, horas antes de los atentados que costaron la vida a casi 3.000 personas en Nueva York, Washington y Pensilvania? En Peoria (Illinois), la respuesta es afirmativa; en Nueva York, negativa. ¿Hay países que corren más riesgos que antes de esos atentados y de los movimientos que desencadenaron? En Bagdad, pero también en Beirut o en Londres, no habrá ninguna duda: sí. Entonces, ¿puede el mundo haberse convertido, al mismo tiempo, en un lugar más y menos peligroso que antes de 2001?

"Las Torres Gemelas se desplomaron ante nuestros ojos y en ese momento quedó claro que entrábamos en un nuevo mundo, y en una peligrosa nueva guerra", dijo el pasado miércoles George W. Bush, que se declaró en 2004 un "presidente de guerra" y que con esa lógica ganó la reelección. ¿Podrá su partido, el republicano, repetir la jugada en las elecciones legislativas del 7 de noviembre y mantener el control de las dos cámaras? Cada vez parece más improbable: dependerá, en buena medida, de si la Casa Blanca tiene la habilidad suficiente para que los votantes no vayan a las urnas con la guerra de Irak en la cabeza, sino con la guerra contra el terrorismo. Y dependerá de que los demócratas, huérfanos de triunfos electorales desde hace diez años, logren traducir en votos el desencanto popular con Irak sin aparecer blandos sobre el terrorismo.

Mayor serenidad

La Casa Blanca cree -según la Estrategia Nacional de Seguridad aprobada en 2003 y revisada esta semana- que "aunque América es más segura, todavía no estamos a salvo". Y a pesar de que el quinto aniversario se conmemora con mayor serenidad y con la reaparición -desde la campaña electoral de 2004- de los enfrentamientos políticos sobre la seguridad y las decisiones del Gobierno, la población es consciente de que hay riesgos que ignoraba hace cinco años. ¿Es EE UU un país más seguro? "Creo que no puede haber ninguna duda de que es un país más seguro ahora que hace cinco años", afirma Lee Hamilton, el ex congresista demócrata que fue presidente de la comisión que investigó el 11-S. "Hemos adoptado muchas medidas, hemos gastado mucho dinero y estamos dedicando mucha gente a ese objetivo, al de reforzar la seguridad. Pero no podemos decir que tenemos seguridad total. Se mantiene el desafío terrorista; estamos luchando, pero es un esfuerzo a largo plazo. De forma que, para responder a su pregunta, estamos más seguros, pero no estamos seguros del todo".

Hamilton, que dirige el Centro Internacional Woodrow Wilson, acaba de publicar -junto al republicano Thomas Kean, el otro presidente de la comisión- el libro Sin precedentes, en el que ambos revelan las interioridades de los tres años de trabajos, y cree que no está dentro de sus atribuciones opinar sobre el resto del mundo, aunque su experiencia internacional es amplia después de 34 años en el Congreso, en donde fue presidente del Comité de Relaciones Internacionales. Pero Philip Gordon, de la Brookings Institution y que fue responsable de Europa en el Consejo Nacional de Seguridad, no tiene problemas para responder a la pregunta de si EE UU es un lugar más seguro en un mundo más inseguro: "Creo que EE UU es más seguro que hace cinco años: se han hecho muchas cosas para que sea así. Y probablemente también es verdad que el resto del mundo se siente menos seguro con las consecuencias de nuestra reacción después del 11-S. Buena parte de Oriente Próximo es menos segura, Europa es menos segura: no hay más que pensar en lo que pasó en Madrid o Londres. Obviamente, EE UU no quiso reforzar su seguridad a expensas de la de otros, pero probablemente es acertado decir que el mundo se siente menos seguro, y EE UU, más".

Gordon cree que la política exterior de EE UU dio un giro hacia el realismo después de la reelección de Bush, independientemente de la retórica que sostiene que América es un país en guerra y de que se mantenga oficialmente la Agenda de la Libertad, que predica "el apoyo a los movimientos e instituciones democráticas en todos los países y culturas" con el objetivo de "acabar con la tiranía en el mundo". "La política exterior revolucionaria del primer Bush se acabó", añade, por las realidades políticas, diplomáticas y presupuestarias determinadas por la guerra de Irak, que contribuyó decisivamente a disipar las simpatías causadas por el 11-S, a sembrar la división y el enfrentamiento con los aliados y a difuminar la guerra contra el terrorismo; una guerra que tiene harta a la opinión pública de EE UU, cuando hay ya más de 2.600 soldados muertos; frustrado y peligrosamente sobreocupado al Ejército y diezmado el erario: el proyecto de presupuesto de Defensa de 2007, 439.300 millones de dólares, es un 7% más elevado que el de 2006; a eso hay que añadir los gastos de las guerras en Irak y Afganistán, que han alcanzado, desde el 11-S, la suma de 437.000 millones en operaciones militares, reconstrucción, ayuda exterior y embajadas, según datos del Congreso, y más de 250.000 millones en seguridad dentro de EE UU.

El realismo y la diplomacia deberían reducir costes y riesgos, pero ¿y si hay cambios bruscos? "Es interesante, porque quizá estamos viendo un escenario así", señala Gordon. "Las tendencias básicas de la escena internacional empujan a EE UU hacia una política exterior realista. El que no haya habido un atentado en EE UU reduce la posibilidad de una política exterior agresiva; las cuestiones económicas, las dificultades militares y el fracaso de las doctrinas de Bush llevan hacia el realismo, pero el futuro sigue siendo incierto, porque puede ocurrir algo que nos vuelva a llevar en la otra dirección. La guerra entre Israel y Hezbolá y el rechazo iraní a los ofrecimientos en la negociación nuclear están empujando a EE UU hacia esa otra dirección. La crisis de Hezbolá y el papel que ha jugado Irán han sido un recordatorio para los norteamericanos de los peligros que aún existen, y ha aumentado el temor al espectro del enemigo islamista. Hace un par de meses, las cosas estaban más relajadas, pero ahora crece de nuevo la imagen de un Irán que quiere ser nuclear y que apoya a un grupo terrorista que ataca a nuestros aliados o a nosotros mismos".

¿En qué situación se encuentra la guerra contra el terrorismo? ¿Qué ha logrado y en qué ha fracasado en estos cinco años? El Consejo de Terrorismo Global -una iniciativa patrocinada por David Bradley, presidente del grupo de medios Atlantic-, que reúne a autoridades internacionales en materia de seguridad y terrorismo, acaba de presentar en Washington su primer informe con motivo del quinto aniversario del 11-S. El español Fernando Reinares, que fue asesor de política antiterrorista del ministro del Interior entre 2004 y 2006 y que ahora trabaja en el Real Instituto Elcano, pertenece al Consejo: "Cinco años después podemos hablar, a corto plazo, de una contención de la amenaza terrorista: se han incrementado los niveles de seguridad y los sistemas de protección, especialmente en el mundo occidental. Al mismo tiempo, buena parte de las iniciativas que EE UU ha adoptado en materia de lucha contra el terrorismo han resultado extraordinariamente contraproducentes".

El hecho de que la situación de seguridad sea razonablemente óptima a corto plazo, añade Reinares, no es incompatible con augurar que a corto y medio plazo todo puede complicarse. Por tanto, ¿tiene sentido decir que el mundo pos-11-S es a la vez más y menos peligroso? "Tiene perfecto sentido porque, por un lado, se ha incrementado la seguridad, y eso ha permitido desbaratar atentados terroristas que se encontraban en un estado muy avanzado de planificación y detener a muchos individuos relacionados con redes de terrorismo yihadista, ha permitido privar a Al Qaeda de un santuario y anular parte de su núcleo central... Pero, al tiempo, hay un incremento en la radicalización violenta de buena parte del mundo musulmán, tanto en países africanos y asiáticos en los que la población musulmana es mayoritaria como dentro de las sociedades occidentales, lo cual hace presagiar que, a medio y largo plazo, las ganancias tácticas de los últimos cinco años no van a repercutir de manera positiva".

Paul Pillar, un ex alto dirigente de la CIA -y actual profesor en Georgetown- muy crítico de la utilización que hizo el Gobierno de Bush de los datos de inteligencia para justificar la guerra, cree que, "de alguna manera, estamos en una situación menos segura, y cuando digo esto estoy pensando más bien en EE UU. Es difícil hablar del conjunto del mundo, pero creo que también aplicaría esta opinión a Occidente, sobre todo a Europa y EE UU". Si la situación es menos segura, ¿por qué no ha habido un atentado en EE UU en estos cinco años? Muy sencillo, responde Pillar: porque aún no ha pasado tiempo suficiente como para cantar victoria: "Cinco años no es nada en la mente de millones de personas que se tienen por protagonistas de una batalla épica, es un suspiro de tiempo incluso en términos occidentales". Y hay que tener en cuenta los intentos desbaratados: "Aunque la atención pública, obviamente, no lo registra igual, es muy tenue la línea que separa un acto terrorista realizado de un acto terrorista bloqueado o frustrado".

Muchos cataclismos posibles

Walter Reich, profesor de relaciones internacionales, ética y comportamiento humano, y miembro del Consejo, comparte con Reinares la idea de que el mundo es, a la vez, más y menos peligroso: "Antes del 11-S no entendíamos hasta qué punto estábamos viviendo en un mundo inseguro, pero realmente lo era, y mucho, aunque sólo se demostró drásticamente el 11-S. En perspectiva histórica, teníamos inseguridad, pero no éramos muy conscientes; ahora entendemos mucho mejor la amenaza, y ése es un paso importante: ya sabemos que hay un cataclismo o muchos cataclismos que son posibles. Pero estamos más inseguros; hay una mayor movilización de los activistas de la yihad de la que había antes, en parte debido al éxito del 11-S y a atentados como el de Madrid o el de Londres, en parte debido a realidades como Irak".

La percepción pública en Estados Unidos es de un notable recuerdo de lo que ocurrió el 11 de septiembre de 2001 y de una desigual sensación de inseguridad. Cinco años después de los atentados, la mitad de la población "piensa frecuentemente" en lo que ocurrió aquel día, según un sondeo de Ipsos. La proporción de los que mantienen viva la memoria de aquella jornada y la recuerdan con frecuencia se eleva al 60% en el caso de Nueva York. Más de la mitad de los neoyorquinos y de los habitantes de Washington están preocupados por la posibilidad de sufrir nuevos atentados. "Lo que es diferente en EE UU", dice Philip Gordon, "es la sensación de inseguridad y vulnerabilidad que sufrimos desde el 11-S, tras una década en la que no habíamos sentido nada de eso. La semana anterior al 11-S, la única noticia era la de Chandra Levy, aquella pobre mujer que desapareció y fue asesinada; estaba todos los días en los titulares porque era el tipo de asunto en el que nos fijábamos... No pensábamos en que el mundo era peligroso. Ahora, todo el mundo lo piensa".

Todo el mundo, pero depende de dónde viva: en las ciudades de EE UU es más agudo el sentido de vulnerabilidad, y un tercio de sus habitantes, según un sondeo de The New York Times y CBS, se sienten "muy preocupados" ante la posibilidad de otro atentado; en Peoria y en la América que vive entre las dos costas, la proporción es del 13%. Pero el 81% en todo el país acepta que tendrá que vivir siempre con la amenaza terrorista. Más datos: otro sondeo señala que sólo el 43% cree que EE UU es ahora más seguro que antes del 11-S; un 32% piensa que la seguridad es similar, y el 25% dice que es inferior. Para el 54% es muy o bastante probable que haya un atentado en los próximos meses; el 55% cree que la guerra de Irak puede incrementar el riesgo de atentado terrorista en EE UU, y el 59% afirma que la guerra ha hecho menos seguro el mundo ante la amenaza terrorista. Para el 25% se está ganando la guerra en Irak; el 62% cree que aún no se puede hablar de vencedores, y el 12% piensa que la que va ganando es la insurgencia. Por último, el 46% cree ahora que Osama Bin Laden será atrapado, en contraste con el 67% que lo afirmaba en 2003.

Cosas que van mal

¿Se está ganando la guerra contra el terrorismo? La propia Casa Blanca aceptó el jueves que, a pesar de todos los avances y golpes contra Al Qaeda y similares, hay muchas cosas que van mal:

- Las células terroristas están más dispersas y menos centralizadas.

- Se han evitado atentados, pero no todos; los terroristas han tenido éxitos.

- Se ha mejorado la seguridad, pero es imposible garantizar que no va a haber un atentado en EE UU.

- Los terroristas siguen tratando de conseguir armas de destrucción masiva.

- Países como Siria e Irán albergan terroristas y patrocinan sus actividades.

- La guerra en Irak es manipulada y aprovechada por la propaganda terrorista.

- El empleo de Internet y los medios permite al enemigo comunicarse, reclutar, entrenarse y hacer proselitismo y propaganda sin correr riesgos.

Por su parte, el Consejo de Terrorismo Global ha calificado diferentes categorías y capítulos, y sus conclusiones son relativamente pesimistas. En la lucha contra el extremismo islamista hay éxitos -los atentados frustrados, las detenciones de buena parte de la dirección de Al Qaeda-, pero una autoridad en la materia como Bruce Hoffman, profesor en Georgetown y autor de Inside terrorism, cree que sería erróneo exagerar la debilidad del núcleo duro del grupo de Bin Laden. "Es verdad que se han dado golpes fuertes, pero su centro de mando no ha desaparecido, y la desarticulación, hace un mes, del atentado en Londres lo prueba. Ese centro es menos activo, menos poderoso, pero sigue existiendo". EE UU, añade Hoffman, "contempla el conflicto desde una perspectiva occidental y asume que se está ganando la guerra, pero la situación, vista por el adversario, es diferente". Al Qaeda, añade, no establece sus tiempos en función de un mandato presidencial o un ciclo electoral: "Lo que hace es mantener una larga guerra de desgaste con la esperanza de consumir nuestra determinación y hacernos caer en una complacencia como la que teníamos antes del 11-S".

El hecho de que no haya habido atentados en EE UU desde 2001 y los costes humanos y materiales de Irak hacen que la visión de esta guerra -y el cansancio- predominen sobre el combate contra el terrorismo. Para Lee Hamilton, "el mayor riesgo que corre a partir de ahora EE UU es el de la complacencia, el de subestimar la amenaza terrorista. Por eso, creo que tenemos que desarrollar un sentido de urgencia, si me permite llamarlo así, sobre esta amenaza". Hoffman insiste: "Al Qaeda ha sobrevivido a nuestras ofensivas más fuertes, lo que le ha dado un enorme impulso a la convicción que tiene sobre la inevitabilidad histórica y la rectitud de su causa".

Fernando Reinares pronostica todavía una veintena de años de actividad terrorista intensa: "Estamos ante una amenaza que es real, inmediata, que está ahí y a la que hay que enfrentarse sin dilación, pero que no va a remitir en breve. Es muy difícil pensar que vaya a entrar en decadencia antes de dos décadas, y esto, en todo caso, no querrá decir que desaparezca, sino que la actual oleada podrá remitir. Hay factores que pueden hacer que el ciclo de terrorismo global se alargue más en el tiempo o se reduzca, y desgraciadamente, estos últimos cinco años invitan a pensar que con situaciones como la de Irak hemos extendido el ciclo vital del terrorismo global".

Lo que mejor funciona, desde el punto de vista de contrarrestar la amenaza y siempre según las valoraciones de los expertos del Consejo, es la coordinación entre aliados, especialmente la cooperación entre Europa y EE UU -la cooperación de inteligencia y el trabajo conjunto de las fuerzas policiales-, el aumento en la seguridad aérea y los esfuerzos para controlar las armas nucleares en Rusia.

A la hora de analizar lo más peligroso de los próximos cinco años, el Consejo destaca estas tres posibilidades: que Irak "se convierta en una incubadora de terroristas, en un campo de entrenamiento, en un paraíso como lo fue Afganistán"; que "las redes de reclutamiento en Irak y Afganistán formen terroristas y los envíen a Occidente" y que continúe el incremento de operaciones suicidas "contra EE UU y sus aliados". Irak, en opinión de Pillar, "es extremadamente importante para Al Qaeda, no en el sentido estrictamente militar, sino como campo de entrenamiento y como fuente de propaganda". Por esa razón, añade Hoffman, independientemente de lo que se piense de la guerra, "serían desastrosas, desde el punto de vista de la expansión del terrorismo, las consecuencias de una salida precipitada de Irak por parte de EE UU". "Si fracasamos, Irak será un santuario para el terrorismo; si acertamos, Irak formará parte de la solución global a la amenaza", coincide Hamilton.

Suníes y chiíes

El informe llama la atención sobre lo poco que se está avanzado en la puesta en marcha de "iniciativas de política internacional que disminuyan la furia que se vive en el mundo musulmán" y sobre el agravamiento de las tensiones entre suníes y chiíes. En esta clave, Fernando Reinares lamenta que no se esté registrando el cambio principal que ha habido en la actividad terrorista desde 2004: "Hasta entonces, Al Qaeda y sus grupos se presentaban como actores de un conflicto entre el mundo occidental y el mundo islámico. Desde 2004, la gran mayoría de sus atentados ocurren en el mundo islámico y la inmensa mayoría de sus víctimas son musulmanes. En Occidente apenas ocurren un 2% de los atentados que estos grupos cometen cada año". ¿Por qué no se registra esto? "Porque hay una ideología del terrorismo global que es, a la vez, la percepción que las élites políticas occidentales tienen de ese fenómeno, y que se corresponde perfectamente con lo que los dirigentes de Al Qaeda dicen de sí mismos".

En opinión de Reinares, mientras no se explique el impacto real que el terrorismo está teniendo en el mundo musulmán, y este dato no incida en el modo con el que se establecen vínculos con ese mundo y con las comunidades musulmanas de nuestras propias sociedades, "estaremos abandonando un elemento crucial para avanzar frente a un fenómeno que claramente es una amenaza a nuestra seguridad y a la de los países musulmanes, con independencia de religiones y países. En los medios de comunicación, en las élites políticas e incluso en los círculos académicos se tiene aún una imagen del terrorismo global que no coincide con la realidad; el terrorismo global, en estos momentos, es más un conflicto entre musulmanes que un choque de civilizaciones. Y éste es un dato fundamental, porque la definición del fenómeno es crítica a la hora de establecer los parámetros con los que afrontarlo".

   

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"Blindar el cielo para llegar a tierra" por Antonio Jiménez Barca

 

El 11-S cambió la forma de viajar en avión y de proyectar determinados edificios altos

Al piloto Manuel Chamorro, hace un año, al llegar a EE UU, le preguntaron sobre cuál era la intención de su viaje. Chamorro contestó la verdad: "Voy a un curso de pilotos sobre accidentes aéreos". Al momento, la policía lo condujo a un cuarto aparte, le registró y le interrogó durante una hora hasta que se convenció de que lo que comentaba Chamorro era cierto y que no constituía ningún riesgo para la seguridad del país.

Desde que en la mañana del 11 de septiembre dos aviones se estamparon contra las Torres Gemelas, otro contra el Pentágono en Washington y otro contra un sembrado en Pensilvania, la manera de volar en avión ha cambiado en el mundo.

Y sobre todo en Estados Unidos: antes del atentado, en EE UU los pasajeros de vuelos interiores efectuaban casi los mismos y escasos controles que los que podían sufrir en un viaje en autobús de Chicago a Denver. Ahora es al contrario. Se ha pasado de un extremo al otro.

De cualquier forma, ya nada será igual: desde el 11 de septiembre, todas las compañías aéreas del mundo han modificado las puertas de acceso a la cabina. Antes se abrían con un simple patadón. Ahora son blindadas y sólo permiten el acceso mediante una clave numérica. "Antes no era extraño viajar con la puerta de la cabina abierta o entreabierta y dejar a veces que algún pasajero que lo solicitara entrara para que mirara; ahora, eso es impensable", comenta Chamorro, piloto comercial y miembro del Colegio Oficial de Pilotos.

El objetivo es evidente: que nadie pueda volver a hacerse con los mandos de un avión para convertirlo en un misil rebosante de gasóleo.

Desde el 11 de septiembre de 2001, absolutamente nadie sube al avión con tijeritas para las uñas, prendedores de ropa, sacacorchos o artículos punzantes de cualquier tipo en el bolso de mano. Desde el frustrado intento de atentado en Londres, ocurrido hace un mes, además, ningún viajero con destino a EE UU o el Reino Unido sube tampoco con envases con líquidos.

"Esto se está convirtiendo en algo ingobernable. A este paso acabaremos pidiendo a los pasajeros que suban desnudos a bordo", razona Chamorro. "Habría que primar otros métodos de seguridad, porque estas restricciones conducen al infinito", añade.

Controles en maletas

La normativa relativa a la seguridad se ha unificado en los últimos cinco años. Ahora, todas las maletas que van a parar a la bodega de carga de los aviones son inspeccionadas por el escáner. Antes sólo pasaban este control aleatoriamente. En el aeropuerto de Barajas, esta inspección al 100% de las maletas, bolsos o paquetes que suben al avión se lleva a cabo desde 2003, según fuentes de AENA.

Todos estos controles son aún más exhaustivos en los viajes con destino a Estados Unidos. Ahora, el bolso de mano de cualquier europeo que se desplace a este país pasa por dos monitores de rayos X.

Los datos de este pasajero, además, viajan a velocidad cibernética hasta los archivos norteamericanos mientras el viajero está en el aire.

¿Todo esto significa más tiempo de espera? ¿Todos estos controles equivalen a perder horas en las salas de embarque?

"Al principio sí", contesta un portavoz de Iberia. "Pero poco a poco los aeropuertos se fueron equipando con métodos que lograron igualar el tiempo de espera al que se empleaba antes del 11-S", añade. Sergio Patin, director general en España de Continental Air Lines, está de acuerdo: "Antes del 11-S se pedían dos horas de antelación para un vuelo transoceánico; después del 11-S llegamos a pedir tres y cuatro. Ahora, desde lo de Londres, volvemos a las tres horas. Pero regresaremos a las dos horas o dos horas y media".

La imagen de dos aviones estrellándose en directo contra las fachadas de las Torres Gemelas no sólo afectó a la manera de viajar. Todo el mundo se preguntó también si los rascacielos eran seguros o, cuando menos, convenientes. El arquitecto Javier Pioz, que ha diseñado una auténtica "ciudad vertical" para 100.000 personas en Shanghai que aún aguarda el permiso del Gobierno chino y que actualmente trabaja en otro rascacielos en Calcuta, asegura que el 11-S "cambió la manera de construir edificios altos". "El concepto caja de cristal elevada pasó a la historia. Ahora se pide que el macroedificio esté dividido, aunque sea en altura, por distritos independientes, y que un edificio sea autosuficiente, como un barco en alta mar", argumenta Pioz.

Ricardo Aroca, decano del Colegio de Arquitectos, recuerda que el 11-S "paralizó la construcción de rascacielos". "Pero luego se reemprendió y ahora, por ejemplo, se construye uno en Dubai de 700 metros". Y concluye: "No creo que se haya cambiado mucho. Las medidas de seguridad ya eran elevadas. Y técnicamente, que un avión se estrelle es algo imposible de resolver. No se puede vivir pensando que se va a estampar un avión contra tu edificio".

El avance del terrorismo suicida

El 23 de octubre de 1983, Estados Unidos sufrió en el Líbano un ataque suicida mucho más letal que los padecidos por sus buques de guerra en el Pacífico durante la II Guerra Mundial a manos de los pilotos kamikazes japoneses. Murieron 241 militares en el ataque de un camión-bomba conducido por un piloto suicida contra el cuartel general de la Infantería de Marina norteamericana desplegada en Beirut. Poco después, los marines se retiraban de Líbano. Aquel atentado fue el comienzo de un terrorismo suicida, predicado por los nuevos imanes de la yihad, que se extendería en pocos años por todo el mundo y que alcanzó su mayor impacto simbólico el 11 de septiembre de 2001. El ataque kamikaze contra las Torres Gemelas y el Pentágono -la Casa Blanca era el tercer objetivo, frustrado por los pasajeros del vuelo United 93- ha sido el atentado simbólico que abrió un conflicto sangriento que ha derivado en dos guerras, la de Afganistán y la de Irak, y cuyo fin no se vislumbra.

   

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"Me basta un olor para recordar ese día" por Sandro Pozzi

   

Supervivientes y familiares cuentan cómo han conseguido sobreponerse a la tragedia

Los ataques suicidas contra las Torres Gemelas mostraron el daño que pueden llegar a hacer los terroristas. Nueva York, cinco años después del fatídico 11-S, es una ciudad con vida frenética, aunque con algunas cicatrices. Por eso, los familiares de las víctimas del World Trade Center y los supervivientes del cataclismo quieren que este quinto aniversario sirva para recordar que ese día fue algo más que un trágico evento que quedó marcado en el calendario, y que las vulnerabilidades y el dolor siguen latentes. Por eso piden al público que no olvide, para que no vuelva a suceder lo mismo.

El 11-S es símbolo de destrucción, pero también de la superación; de cómo una ciudad y sus gentes son capaces de vencer la adversidad y recomponer su vida. Los ataques suicidas de Al Qaeda unieron a los neoyorquinos y todo el mundo empezó a mirar la ciudad con otros ojos. Los turistas inundan hoy las calles de la Gran Manzana, y la zona cero es un icono más, como el Empire State Building o Wall Street. Nueva York ha crecido en identidad, y en los últimos cinco años se han alzado nuevos rascacielos desafiando al mal, como la Torre Siete o el nuevo complejo de Time Warner.

Sin embargo, las heridas persisten. Edie Lutnick trabaja como voluntaria en la fundación creada por Cantor Fitzgerald para ayudar a los familiares de las víctimas. Fue la compañía que perdió a más empleados en las torres, 658 personas de los casi 3.000 muertos. Entre ellas estaba el hermano de Edie. El fondo está considerado como un modelo para atender a los afectados de otras catástrofes. Pero Lutnick lamenta la falta de apoyo financiero y emocional que están recibiendo. "Cada vez es más difícil comprometer al público, convencerles de que nuestras familias siguen sufriendo y que necesitan ayuda a todos los niveles".

Problemas de adaptación

John Leinung, de September 11th Families for Peaceful Tomorrows, reconoce que el 11-S sigue despertando pasiones entre la gente en EE UU, que califica de "casi esquizofrénica". Pero a la vez, dice, el público se ha acostumbrado a vivir con la tragedia. "Esto hace la captación de fondos más complicada", remacha. Hamilton Peterson, de Families of Flight 93, el avión que se estrelló en Pensilvania, observa además que otras catástrofes atraen atención. Pero la mayoría de las familias y supervivientes siguen lidiando con problemas de adaptación, como advierte Jonathan Barnett, de la organización Tuesday's Children.

Barnett perdió a un hermano y a varios amigos el 11-S. Esta falta de atención del público en general, explica, "obliga a aumentar la dedicación para que las familias sigan teniendo cubiertas sus necesidades".

Su fundación empezó ayudando a 5.500 niños que perdieron a uno de sus padres en los atentados. Entonces tenían una media de ocho años de edad. "Alguien debe enseñarles que los sueños son posibles, que se pueden alcanzar y cómo llegar. A veces hacemos de padres", dice.

Anthony Gardner comenta que no sabía que su hijo estaba en el edificio hasta que llamaron sus compañeros. "Nos llevamos un mes esperando, rezando para que estuviera bien", recuerda. Cinco años después, afirma, hace falta muy poco para que aflore el dolor. "Se dice que el tiempo cura las heridas. Pero cuando pierdes a alguien que quieres, no es como una gripe, es como una amputación". Y es que el 11-S es una fecha marcada. "Me basta un olor para recordar ese día", añade Mary Fetchet, de Voices of September 11.

El hijo de Fetchet murió en la misma torre de la que Tom Canavan logró escapar con vida, antes de que se derrumbara. Canavan se encontraba en el piso 47º cuando impactó el avión. Hoy cuenta que cada vez que pasa cerca de una obra o siente la vibración del tren, le recuerda lo peor. En un coloquio organizado por New York Magazine con ocho de los que sobrevivieron, este superviviente de los 18.000 que se calcula estaban en las Torres Gemelas explicó que el 11-S es para él una adicción. "Es como si tuviera un proyector en mi cabeza repitiendo la misma película continuamente".

Earlyne Johnson, sin embargo, dice sentirse una persona nueva. Perdió el ascensor que subía a la planta 65º en el momento del impacto. "Antes del 11-S solía irritarme con facilidad, pero ahora me dejo llevar", comenta. Y explica la razón por la que no murió ese día: "Dios no quiso acabar conmigo en ese momento". Pero hoy hay familias que no tienen nada a lo que rendir tributo, porque los restos de sus seres queridos desaparecieron entre los escombros en un vertedero de Staten Island, como denuncia Sally Regenhard.

Misión específica

Y aunque cada una de estas personas y fundaciones tiene una misión muy específica a la hora de hacer frente a las consecuencias de los atentados, los familiares de las víctimas y supervivientes intentan ayudarse colectivamente, sobre todo en tiempos de estrés como los que viven estos días, con los cines y las televisiones llenos de películas y documentales relatando hasta el último detalle de los atentados. "Podemos aprender mucho los unos de los otros y ayudarnos", insiste Mary Fetchet, "Oklahoma City ayudó al 11-S. Y el 11-S puede ayudar a Madrid, y Madrid, a Londres. Intentamos mirar hacia delante. No celebramos nada".

Pero en esa rutina hay obstáculos imprevistos, no deseados, como explica Carrie Lemack. "Desde marzo, miro qué tráiler ponen en el cine, y la programación; no quiero volver a ver a mi madre muriendo otra vez", dice. Su progenitora viajaba en el primer avión que impactó contra los rascacielos. Desde entonces trabaja para Families of September 11, una fundación que vela por la aplicación de las recomendaciones de la comisión que investigó los atentados. "Queremos asegurarnos de que lo que pasó a nuestros seres queridos no vuelve a repetirse", explica, a la vez que lamenta que películas como World Trade Center se limiten a despertar un sentimiento de pena ante la tragedia, en lugar de comprometer al público.

"La gente se queja por las colas en los aeropuertos. ¿Pero alguien sabe cuáles son los planes de emergencia de los colegios a los que van sus hijos?", se pregunta. Fetchet se declara frustrada al ver que los fallos que llevaron al 11-S siguen ahí. "Corremos el riesgo de otro ataque terrorista. Es imprescindible que estas reformas se lleven a cabo", insiste. Hamilton Peterson recuerda que los pasajeros del vuelo 93 tuvieron "el lujo del tiempo y de saber lo que pasaba; una oportunidad para actuar y evitar el ataque". Por eso dice que el quinto aniversario debe servir para recordar "que esto no debe pasar otra vez". "Buscar faltas no resuelve el problema de fondo, es una pérdida de esfuerzo y de tiempo", remacha.

A partir de estas reflexiones, el mensaje de los familiares y supervivientes es común: "La muerte de los nuestros debe ser suficiente para todo el país, no sólo para las familias que perdieron a un ser querido ese día". "No queremos que ninguna madre pase por lo que hemos pasado", insiste la mujer de John Leinung. Y aunque cada uno de ellos tiene una perspectiva única de los atentados, el punto que les une es que el 11-S es algo con lo que tienen que vivir todos los días. "Es inevitable, y mucha gente no se da cuenta de que sigue levantando emociones", concluye Gardner.

   

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"España apestaba a 'yihad'" por José María Irujo

   

Antes del 11-S, las células salafistas ya planeaban aquí hacer la 'guerra santa'

En España se olía a yihad (guerra santa) antes de que el egipcio Mohamed Atta, de 33 años, y los otros suicidas aprendieran a pilotar los aviones con los que se iban a estrellar en el corazón del país más poderoso del planeta. "Huelo que la yihad está muy cerca", le confesó a Mohamed Achraf uno de los acólitos a los que este argelino detenido en 1999 por robar tarjetas de crédito había captado con sus discursos radicales en el patio de la prisión de Topas (Salamanca). Achraf se había convertido en el emir de un activo grupo salafista y en marzo de 2001, seis meses antes del 11-S, escribió a uno de sus "hermanos" una misiva elocuente: "Tengo buenas noticias. Hemos formado un grupo de buenos hermanos que están dispuestos a morir en cualquier momento por la causa de Dios. Sólo hace falta que salgan y nosotros también. Hombres tenemos, armas también y tú estarás con nosotros". Achraf soñaba, entonces, con lanzarse con un camión bomba contra la Audiencia Nacional en Madrid, la sede desde la que el juez Baltasar Garzón y el fiscal Pedro Rubira perseguían con escasos medios a células salafistas dirigidas por iluminados como Achraf, por aspirantes a yihadistas que ya no hablaban sólo de recolectar dinero o captar muyahidin para enviarlos a los campos de entrenamiento en Bosnia, Chechenia, Cahemira o Afganistán.

Desde finales de los años noventa se habían acumulado en los archivos de la Unidad Central de Información Exterior (UCIE) de la policía una docena de cartas, notas o conversaciones telefónicas con mensajes similares a los de este argelino, soflamas y planes que apestaban a una yihad. Los 60 agentes de este servicio estaban dedicados a múltiples tareas, carecían de traductores y de medios de vigilancia para conocer el alcance de aquellas amenazas. En el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), con sólo 30 dedicados al terrorismo internacional, y en la Unidad Central Especial 2 de la Guardia Civil también se recibieron confidencias que apuntaban en la misma dirección: un posible ataque. Pero en ninguno de estos tres servicios el terrorismo islamista era una prioridad.

España no era en 2001 el objetivo único de los islamistas en Europa. La obsesión de Bin Laden y de sus grupos asociados por extender la yihad a otros continentes ayudó a que células similares a la de Achraf intentaran ataques en Francia, el Reino Unido, Italia y Alemania. Sus dirigentes, todos salafistas conectados con los "hermanos" españoles, fueron detenidos y fracasaron planes tan ambiciosos como volar el Parlamento Europeo en Estrasburgo, envenenar el metro de Londres o las aguas de Roma. Entonces casi nadie creyó que aquellas amenazas eran reales. "Atentados tan complejos parecían, entonces, imposibles de ejecutar en Europa. Éramos conscientes de la amenaza, pero creíamos que los podíamos parar", asegura un jefe de Europol.

El 11 de septiembre de 2001, cuando Atta estrelló su avión contra la torre norte del World Trade Center, Sharhane Ben Albelmajid, El Tunecino, un joven economista establecido en Madrid, y otros radicales islamistas celebraron el dramático espectáculo televisivo en un bar de Lavapiés (Madrid). "¡Que Alá les bendiga!", gritaban. Había admiración y hasta una cierta envidia por ver lo que otros hermanos habían sido capaces de hacer. "Las celebraciones y plegarias por Atta y sus hombres duraron varios días", confiesa Mohamed, un joven marroquí que entonces frecuentó el entorno de Sarhane, Amer el Azizi, un traductor marroquí, y otros ex muyahidin formados en Afganistán. Unos tipos que en aquellas fechas ya se habían enfrentado con Moneir, el imán egipcio del Centro Islámico de Madrid donde se levanta la mayor mezquita de España. Las críticas de Moneir a Othman Omar Mahmood, Abu Qutada, un imán palestino refugiado en Londres y referente espiritual de Bin Laden en Europa, le convirtieron en enemigo y traidor ante este grupo de radicales. "No se puede rezar detrás de este imán corrupto", decían Sarhane y Amer a los que les escuchaban.

Qutada, entonces redactor jefe de la revista del Grupo Islámico Armado (GIA) argelino El Ansar e imán de una mezquita londinense, había trabajado en la capital británica a las órdenes de Mustafá Setmarian, un sirio casado con una madrileña y fundador en los noventa de una de las células islamistas más activas, del tronco del que se generó y alimentó la obsesión por una yihad en España, según coinciden distintos servicios de inteligencia. En 2001, Setmarian, después de dirigir campos de entrenamiento en Afganistán, ya pertenecía a la dirección de Al Qaeda y daba clases en Kabul a muyahidin en las que explicaba cómo secuestrar un avión y lanzarlo contra un objetivo. Amigo del mulá Omar, trabajó para el Gobierno talibán. Mientras él formaba combatientes para la yihad, su esposa, Elena, daba a luz en Islamabad.

El grupo creado por este sirio pelirrojo, antiguo vendedor de objetos árabes en los rastros de Madrid y Granada, lo dirigía entonces Imad Eddin Barakat, Abu Dahdad, otro sirio nacionalizado español, y entre sus miembros estaban Sarhane, Amer y los otros radicales que celebraron el 11-S. En su mayoría eran miembros de los Hermanos Musulmanes que huyeron de Siria. Casi todos estaban casados con españolas convertidas al islam.

Los informes reservados de los servicios de inteligencia europeos ya alertaron antes de 2001 de que Bin Laden había extendido su red y la de sus asociados por Europa. La BKA, policía criminal alemana, desarticuló dos de sus células con armas y explosivos. Tres años antes, en 1998, Al Qaeda y sus asociados se reunieron en Peshawar (Pakistán) y crearon el Frente Islámico Mundial para la Yihad contra los Judíos y los Cruzados. Un ejército de iluminados que agrupó a terroristas de Egipto, Pakistán y Bangladesh. Un monstruo al que la habilidad de Bin Laden al ceder sus campos y dinero a sirios como Setmarian o marroquíes como Azizi logró que se unieran grupos salafistas del norte de África como el GIA argelino, el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate o el Grupo Islámico Combatiente Marroquí.

Los santos lugares "perdidos"

Los muyahidin formados en los campos de entrenamiento de Afganistán regresaron a Europa con la misión de atacar y la red de redes se extendió lenta y silenciosamente. Qutada y otros imanes radicales propagaron el mismo mensaje: la liberación de Afganistán era sólo la primera victoria. La nueva tarea era una yihad planetaria para liberar los santos lugares "perdidos", como Andalucía, Palestina, Líbano, Somalia, Chad, Eritrea, Birmania, Filipinas o Yemen.

Los libros y revistas del imán Qutada, el hombre de Bin Laden en Europa, se financiaban entonces con dinero recolectado en bares y comercios musulmanes de Lavapiés. Abu Dahdah, el jefe de la célula española, Azizi y otros islamistas de la red española le visitaban en su casa de Londres. Todos estaban siendo investigados por el juez Garzón en una larga instrucción judicial iniciada en 1995 tras los pasos del pelirrojo Setmarian, con decenas de teléfonos intervenidos y vigilancias intermitentes por parte de agentes de la UCIE que dirigía el comisario Mariano Rayón. Un grupo cuyas reiteradas peticiones de refuerzo nunca fueron atendidas. Sólo había 15 hombres en el servicio de vigilancia para controlar a más de 200 sospechosos. "A veces no sabíamos nada de ellos durante semanas", dice uno de ellos.

La UCIE no tenía especialistas en las comisarias de provincias y muchos de sus policías atendían a tareas burocráticas. "Salvo al juez y al fiscal, muy interesados en la investigación, a nadie le importaba nuestro trabajo. Jamás se celebró en el Ministerio del Interior una reunión sobre la amenaza islamista. Ni antes ni después del 11-S", critica un antiguo jefe de la unidad.

Cuando la BKA alemana descubrió que Atta y los otros protagonistas del 11-S habían organizado el ataque desde el apartamento en el que residían, en el 54 de la calle Marienstrasse, en un barrio de Hamburgo de clase media, los servicios policiales europeos descubrieron que la infiltración de los islamistas en Europa era mayor de lo que creían.

España era en 2001 uno de los países más penetrados por las células durmientes, la fiscalía de Milán lo acababa de definir en un informe como "el anillo final" del salafismo, y prueba de ello es que el egipcio Atta y el yemení Ramzi Binalshibh, coordinador del 11-S, eligieron Tarragona para reunirse en secreto semanas antes del atentado. Atta permaneció en la costa española desde el 8 hasta el 19 de julio y allí comunicó a Binalshibh los detalles finales del ataque y los objetivos, según ha confesado este último. Dejaron su rastro en hoteles, bancos y agencias de viaje de Salou, Cambrils y Tarragona, pero todavía es un misterio el lugar donde se reunieron y quiénes les dieron apoyo.

Binalshibh, que utilizaba un pasaporte robado en Barcelona para recibir dinero desde Emiratos Árabes Unidos, volvió a Madrid el 5 de septiembre y se alojó en un hotel de la calle de Carretas. El día 7 voló hacia Atenas con destino a Pakistán, adonde llegó poco antes del 11-S. El único hombre en Europa que conocía todos los detalles del atentado contra las Torres Gemelas se paseó por el centro de Madrid horas antes y obtuvo un carné de estudiante para conseguir una rebaja en su billete. ¿Quién prestó ayuda a este joven de rostro inocente y aspecto desaliñado? Al Qaeda utilizó su base más segura en Europa para rematar el 11-S, un plan diseñado por el kuwaití Khalid Sheikh Mohamed a finales de los noventa y expuesto a Bin Laden en Afganistán.

En el apartamento de Hamburgo, los agentes alemanes descubrieron tras el 11-S el nombre, la dirección y el teléfono en Madrid de Abu Dahdah, el jefe de la célula española que investigaba Garzón. El sirio y los suicidas del 11-S tenían amigos comunes, pero no se ha demostrado que les prestara ayuda. Este y otros datos inquietantes provocaron la reacción de la policía española, que en noviembre de 2001 detuvo a casi todos los miembros de su célula. El traductor y ex muyahidin Azizi huyó, pero Sarhane, El Tunecino, y otros muchos que no fueron detenidos por falta de pruebas recompusieron la célula y establecieron enlaces en Francia, Bélgica e Italia. Crearon un grupo cada vez más resentido y determinado hacia la yihad. Casi todos eran miembros de la secta Takfir Wal Hijra, los islamistas más duros y clandestinos.

La cumbre de Atta en España no fue un hecho aislado. El 11 de abril de 2002, siete meses después del 11-S, un suicida al volante de un camión cargado de explosivos se lanzó contra una sinagoga en Yerba (Túnez) y asesinó a 21 turistas alemanes y franceses. El vehículo se compró con dinero adelantado supuestamente por Enrique Cerdá, un empresario valenciano al que su socio paquistaní le pidió que entregara 5.720 euros a Walid, el hermano del suicida. El cerebro de este ataque fue el kuwaití Khalid, el mismo del 11-S. De nuevo la red española se puso al servicio de Al Qaeda.

La transformación de Al Qaeda

En el otoño de 2001, tras la invasión norteamericana en Afganistán, Al Qaeda quedó rota y debilitada. Khalid, Binalshibh y otros de sus dirigentes fueron detenidos en Pakistán, y acabaron en Guantánamo (Cuba), y a partir de entonces se produjo la transformación de Al Qaeda: de organización militar a ideológica. Una ideología en la que se inspiraron células locales de todo el mundo. Como la creada por Sarhane, El Tunecino, que, fascinado por el 11-S y alimentado por el odio a España a causa del apoyo del Gobierno Aznar a la invasión de Irak, alentó a los suyos hacia la yihad, según señala el auto del juez Juan del Olmo. Una palabra que desde junio de 2002 pronunciaba a sus íntimos Allekema Lamari, de 39 años, un salafista argelino del GIA excarcelado en esa fecha por error. "Los españoles pagarán muy cara mi detención. Ves eso, pues se puede hacer eso y mucho más", confesó a un amigo cuando veían en televisión el atentado contra una discoteca en Bali. Los descarrilamientos a trenes y los incendios eran su obsesión, según notas confidenciales que el CNI elaboró sobre este argelino, virgen, introvertido y solitario, meses antes del 11-M.

Desde el inicio de la guerra de Irak, y sobre todo tras el atentado de Casablanca, en la primavera de 2003, el CNI, la policía y la Guardia Civil enviaron al Gobierno numerosas evaluaciones de amenaza en las que se anunciaba que España podía ser objeto de un atentado. "Nadie nos podrá echar en cara que no avisamos", espeta un cargo policial. Se olía tanto a yihad que, en enero 2004, el CNI incluyó la amenaza islamista en sus prioridades de trabajo. Pero ya era tarde y la raquítica estructura policial, menos de 150 agentes, no se enteró de que el 11-M se gestaba ante sus narices.

     

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"Al Yazira, el mensajero" por Javier Valenzuela

  

La cadena catarí cuenta los sufrimientos de los pueblos árabes

La globalización ya no implica americanización. O al menos, no en materia de contenidos para Internet, cine y televisión. "Cada vez menos gente en el mundo está comprando la narrativa norteamericana", señalaron alarmados el periodista Nathan Gardels y el cineasta Mike Medavoy, ambos estadounidenses, en un artículo conjunto del pasado junio. Lo atribuían a la galopante pérdida de prestigio político y moral -el soft power o poder blando teorizado por Joseph Nye- de Estados Unidos en Europa, América Latina, Asia y el mundo árabe y musulmán. Una caída derivada de la reacción torpe y belicista de Bush al 11-S.

Bollywood -la industria cinematográfica india- y Al Yazira -la cadena árabe de información por satélite- son dos ejemplos paradigmáticos del nuevo fenómeno de globalización mediática no estadounidense. Nacida en 1996, Al Yazira, que emite en la lengua del Corán desde el emirato de Qatar, se dio a conocer internacionalmente en 2001 al difundir los vídeos de Bin Laden y convertirse en la única televisión que también cubrió la guerra de Afganistán desde el territorio de los talibanes. Desde entonces, su propietario -el emir de Qatar- y el equipo profesional de la cadena -periodistas formados en el servicio árabe de la BBC- han resistido a las presiones de EE UU para que se autocensuren.

La guerra de Irak de 2003 corroboró que CNN ya no tiene el monopolio televisivo de la información internacional en vivo y en directo del que disfrutó en la guerra del Golfo de 1991. Al Yazira ha dado voz e imagen al complejo mundo árabe ante sí mismo y ante el resto del planeta. Aún más, está siendo clave en la formación de una opinión pública árabe unificada desde Casablanca hasta el Golfo. El paisaje de las ciudades árabes no se limita hoy a los minaretes de las mezquitas, sino que incluye las antenas parabólicas que florecen como hongos en casi todos los techos y balcones.

En 2003, en plena guerra de Irak, el corresponsal de Al Yazira en El Cairo me comentó: "¿Se imagina usted cómo se sentirían los españoles si vieran en la televisión cómo Bush bombardea La Habana para deshacerse de Fidel Castro? Pues así se sienten los árabes cuando ven las llamas alzarse hacia el cielo de Bagdad". Lo grave es que las cosas han ido a peor en los últimos tres años.

Estos días, los telediarios de Al Yazira suelen abrir con imágenes de soldados norteamericanos deteniendo a iraquíes y de soldados israelíes haciendo lo mismo con palestinos y libaneses. Con procedimientos semejantes: al detenido se le tumba en el suelo, se le vendan los ojos y se le atan las manos a la espalda, mientras un grupo de excitados soldados extranjeros mantiene a raya a sus familiares con fusiles de asalto. Y esto en el mejor de los casos, porque las aperturas con niños y mujeres iraquíes, palestinos y libaneses muertos en bombardeos son también el pan nuestro de cada día.

Terreno abonado, sin duda, para la narrativa de Al Qaeda acerca de una cruzada israelo-norteamericana contra el islam. Pero de esto no tiene la culpa el mensajero.

    

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


Gijs de Vries Coordinador Antiterrorista de la Unión Europea: "Las cárceles secretas no ayudan a ganar ni los corazones ni las mentes" 

   

Desde su cargo como coordinador antiterrorista de la Unión Europea, el holandés Gijs de Vries ha visto cómo Europa sufría tentados terroristas sin precedentes. Pero está convencido de que Occidente no ha caído en el pánico, aunque le preocupa la radicalización de jóvenes musulmanes europeos.

El holandés Gijs de Vries lleva algo más de dos años al frente de la política antiterrorista de la Unión Europea. En este tiempo, De Vries (Nueva York, 1956) ha visto cómo Europa sufría atentados terroristas sin precedentes. Cinco años después del 11-S, desde su despacho de Bruselas se muestra convencido de que la Europa democrática no se verá derrotada por el terrorismo.

Pregunta. ¿En qué ha cambiado Europa desde el 11-S?

Respuesta. Tenemos una imagen con luces y sombras. Por un lado está claro que los terroristas que siguen las ideas de Bin Laden o Al Zawahiri han fracasado en su objetivo de crear el pánico colectivo en Occidente. Los españoles y los británicos reaccionaron con una gran dignidad a los terribles ataques, y los Gobiernos, de forma mesurada, algo que no se lo esperaban los terroristas. También han fallado en su segundo objetivo, propiciar levantamientos islamistas desde Arabia Saudí hasta Pakistán. De hecho, en Indonesia, el país musulmán más poblado, ha sucedido lo contrario. Jemaah Islamiya pidió a los indonesios la creación de un Estado islámico y fue rechazado por los electores. Por otro lado, muchos ataques terroristas se han podido prevenir, en parte por los servicios secretos nacionales, pero también por la cooperación europea. Ha habido más de 3.000 extradiciones de terroristas en virtud de la euroorden.

P. Pero desde el 11-S se suceden los ataques terroristas.

R. Tenemos que tener fe en nuestros valores. Las democracias occidentales no se han arrodillado ante el terrorismo y no lo harán. Pero hay que tener los pies sobre la tierra. Nos enfrentamos a amenazas serias, pero no hay que sobreactuar. Hay que preservar la proporcionalidad y la mesura.

P. ¿En qué medida ha contribuido la guerra en Irak a la situación actual?

R. La guerra en Irak ha sido un regalo para los extremistas. Se ha dedicado un número muy elevado de vídeos y de páginas de Internet a la respuesta de los extremistas musulmanes a la invasión estadounidense de Irak. Los que reclutan a radicales han explotado los agravios. Extranjeros de todo el mundo han ido a Irak para servir en las filas de la insurgencia. Esto es un problema muy serio para la seguridad internacional. Otro, la detención sin juicio en la cárcel de Guantánamo porque ha mermado la autoridad moral de EE UU.

P. Bush acaba de reconocer la existencia de cárceles secretas. ¿Qué grado de conocimiento tiene Europa de las actividades de su aliado y hasta dónde está la UE dispuesta a llegar en nombre de la lucha contra el terrorismo?

R. La UE lucha contra el terrorismo para proteger las libertades fundamentales: de culto, de expresión, de poder moverse sin miedo. Nuestros medios deben ser compatibles con los valores que defendemos. Las cárceles secretas no sólo están mal desde un punto de vista moral, sino que son ilegales y contraproducentes como herramienta antiterrorista. No ayudan a ganar ni los corazones ni las mentes. Los ministros de Exteriores de la UE han pedido a Bush el cierre de Guantánamo.

P. Sí, pero desde el 11-S Europa se ha visto envuelta en los vuelos de la CIA, en el espionaje de las transacciones financieras a través de Swift, una empresa belga. ¿Dónde fija la UE sus límites?

R. El límite está en los tratados de derechos humanos. En estos textos queda claro que la tortura no está permitida bajo ninguna circunstancia. El caso de Swift todavía está siendo investigado. Y el de la CIA será muy importante para el Consejo de Ministros atender a las recomendaciones que emita el Parlamento Europeo este año. Pero hay otras cuestiones. En la lucha contra el terrorismo hay que mirar a países musulmanes donde no se respetan los derechos humanos, no hay opciones políticas, prevalece la tortura y hay falta de oportunidades económicas. A menudo hay correlación entre áreas en conflicto y facilidades para el reclutamiento, el entrenamiento o el escondite. Parte de la respuesta debe ser la acción preventiva. Por eso, la UE ha incrementado su participación a 12 misiones internacionales.

P. Eso en el plano exterior. En el interior, los Estados parecen menos dispuestos a cooperar entre ellos y a compartir la información de sus servicios de espionaje.

R. Creo que esto es algo del pasado. Ahora hay más intercambio de información entre los servicios secretos. El Sitcen aquí en Bruselas proporciona análisis e información estratégica para que los ministros entiendan las amenazas terroristas. Pero es verdad que hay aún un par de cosas pendientes. Por un lado, es demasiado difícil para los servicios nacionales obtener información de las bases de datos europeas como la del sistema de Schengen. Segundo, es todavía complicado acceder a la bases de datos de los DNI o de los vehículos robados en otro Estado miembro. El intercambio de información entre los Veinticinco debería ser tan sencillo como el de cada país. Aunque la seguridad en aeropuertos y puertos ha mejorado, así como en los pasaportes. Estamos por el control del blanqueo de dinero y además hay nuevas reglas para que la policía tenga acceso a la información sobre redes de telecomunicaciones. Como se comprobó en Madrid, si podemos rastrear llamadas telefónicas de los terroristas, se puede desmantelar una trama. Pero sí, hay una ralentización de iniciativas legislativas en la cooperación policial.

P. ¿Hasta qué punto Europa se enfrenta a la radicalización y el reclutamiento de terroristas en su territorio?

R. La inmensa mayoría de los musulmanes en Europa respetan las reglas de la democracia. Pero Bin Laden ha convencido a unos pocos y eso es una amenaza. Internet es cada vez más importante en la manera en que algunos jóvenes musulmanes se han autorradicalizado. Algunos construyen su propia interpretación del islam cortando y pegando textos de páginas web y crean su propia versión del islam, que a menudo es una parodia triste de su religión.

   

Una entrevista de Ana Carbajosa publicada en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


James Woolsey Ex Director de la CIA: "Nuestra seguridad nacional depende de la política energética" 

  

James Woolsey (Oklahoma, 1941) fue director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés) entre 1993 y 1995. Defensor de la guerra en Irak, Woolsey es un demócrata conservador que ha ocupado cargos importantes en Gobiernos republicanos y demócratas, con los presidentes Carter, Reagan, Bush (padre) y Clinton.

James Woolsey fue director de la CIA entre 1993 y 1995. El pasado 6 de septiembre concedió esta entrevista en la que analiza los logros y fracasos del Gobierno estadounidense en la lucha contra el terrorismo,

Pregunta. Hay quien piensa que éste es el inicio de la tercera guerra mundial contra el fascismo islámico y otros dicen que, tras desmantelar las bases de Al Qaeda en Afganistán, ya no es un asunto militar, sino una cuestión policial y de inteligencia. ¿Cuál es su opinión?

Respuesta. Es una dicotomía falsa. Es ambas cosas. Es tanto una lucha furiosa y longeva contra el fascismo islámico en la que nos tenemos que embarcar, pero la forma de esta lucha no es necesariamente militar como usted sugiere. Puede creer que es una guerra mundial, pero diferente, sin frentes de batalla, muy distinto al campo de batalla que existía en la Primera y la Segunda Guerra Mundial, o, de hecho, en la guerra fría. Amenazará nuestra existencia si obtienen un arma de destrucción masiva.

Buena parte de esta guerra se realiza con una labor policial y de inteligencia contra las redes terroristas, ya estén ligadas directamente a las operaciones de Al Qaeda o inspiradas por ella, o independientes. Para los que intentamos atajarlo, no importa mucho. Todos están motivados por un punto de vista intolerante del islam radical, que busca establecer un califato global atacando a Occidente.

Al Qaeda ha sufrido reveses por las eficaces operaciones de inteligencia estadounidenses -incluyendo los exitosos interrogatorios, desde el 11 de septiembre, de Khalid Sheikh Mohamed y los otros prisioneros especiales de la CIA que el presidente Bush mencionó esta semana-, así como por la guerra en Afganistán. Definitivamente se ha recortado su capacidad, aunque no están fuera de combate. Hace sólo unas semanas, si recuerda, fueron detenidos con las manos en la masa cuando intentaban poner bombas en aviones que saldrían del Reino Unido.

P. ¿Comparte la visión recurrente del presidente Bush de que Irak es la línea frontal de la guerra contra el terror?

R. Irak es uno de los frentes de batalla más importantes. Si la situación se vuelve insostenible, los terroristas se beneficiarán muchísimo. Les daría una base de operaciones y confianza, pues daría el mensaje de que Estados Unidos puede ser derrotado y que, por ende, deben persistir en su lucha, pues la historia está de su lado.

Si al final Irak puede ser gobernado de una forma similar a la del Kurdistán, entonces los terroristas sufrirán un revés.

P. Los Gobiernos suníes de Arabia Saudí, Egipto y Jordania se sienten amenazados por el crescendo chií, que ha tomado fuerza por la mayoría chií que ostenta el poder en Irak, un Irán belicoso y un Hezbolá fuertemente armado.

Los ataques terroristas en Occidente -en Madrid o Londres o Estados Unidos- han sido llevados a cabo por radicales suníes, no chiíes. Están peleando en sus propios territorios. ¿Cómo determina esto la estrategia a seguir?

R. Es cierto que los grupos chiíes no han atacado Nueva York, Londres o Madrid, pero es falso que peleen en sus territorios. La ayuda de Irán a Hezbolá fue obvia en Líbano. También tuvieron influencia sobre Muqtada al Sadr en Irak. Siria, que técnicamente es un Estado gobernado por los chiíes, aunque muchos cuestionarían si el clan gobernante Alawite es tal cosa, también suministró armas a Hezbolá en Líbano.

Los moderados saudíes, jordanos y egipcios hacen bien en preocuparse por el auge en el poder de los chiíes. Pero los saudíes podrían ayudar a reducir la posibilidad de caos en Irak conteniendo a los imanes que impulsan a jóvenes para que salgan de Arabia Saudí y se conviertan en asesinos suicidas en Irak o en cualquier otra parte. Han estado haciendo eso durante años.

P. ¿Cuál es el mayor fracaso de seguridad para Estados Unidos desde el 11 de septiembre?

R. Tener seguridad en el suministro de combustible y ser energéticamente independientes del Medio Oriente es, en buena medida, lo que no se ha hecho. Hoy día, la mayor parte de la capacidad de exportación de petróleo está en manos de autocracias y dictaduras que pueden usar su riqueza para desestabilizar el sistema internacional. Por ello, el futuro de nuestra seguridad económica y nacional está, hoy más que nunca, aparejado a nuestras políticas energéticas. La habilidad de las democracias para prevalecer en esta larga guerra contra el fascismo islámico estará comprometida mientras estos Estados controlen esa parte de la economía mundial.

Para que aumente la estabilidad global, EE UU debería comprometerse a diversificar su suministro de combustible y sustituirlo en el sector del transporte, que comprende el 97% de nuestra energía para automóviles y camiones, para que en vez del petróleo convencional utilice un sistema fiable basado en combustibles y vehículos de última generación.

Estados Unidos ya no es rico en petróleo fácilmente extraíble, pero tiene una riqueza de otras fuentes energéticas de las que se podría producir combustible para el transporte de forma segura, asequible y limpia. Entre ellos están las granjas, cientos de años de reservas de carbón y miles de millones de toneladas anuales de desechos. Cada uno de éstos puede producir combustible de alcohol -como el biodiésel, el etanol y el metanol- a un precio más barato que el que tiene la gasolina hoy día.

P. Usted maneja un auto híbrido, ¿correcto?

R. Tenemos dos en la familia, es nuestra pequeña contribución a la seguridad energética.

   

Una entrevista de Nathan Gardels publicada en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


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