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Cinco Años Después: El 11-S en EL PAIS (Continuación)

Por Sin Pancarta - 11 de Septiembre, 2006, 21:00, Categoría: 11-S de 2006

Seguimos con el diario de cabecera de PRISA. Podemos leer reflexiones muy personales y subjetivas sobre Afganistán e Irak que si me lo permiten no es el mejor día para comentar. En cualquier caso no creo que nadie se sorprenda.


“Este terror no busca excusas” por Antonio Elorza

    

El islamismo más radical incorpora necesariamente la violencia contra el disidente

Los terroristas de Al Qaeda deben sentirse incomprendidos. A pesar de todos sus esfuerzos a partir de 1998 para explicar a la comunidad de los creyentes y a todo el mundo cuáles son los fundamentos de su acción, qué objetivos buscan y por qué medios, un amplio sector de los medios occidentales, incluidos representantes de sus víctimas, sigue empeñado en buscar todo tipo de coartadas para no mirar de frente al fondo ideológico de su estrategia.

Con gran frecuencia, el problema es abordado únicamente desde una óptica determinista, como si el factor económico -la explotación del Tercer Mundo en la globalización-, el sociológico -la marginación de los jóvenes en los suburbios de Occidente-, el político -la proyección imperialista de Estados Unidos sobre Oriente Próximo- o el doctrinal -la incomprensión, o la aversión, ante el islam en Occidente- dieran como precipitado el actual fenómeno yihadista. Nadie puede negar, por supuesto, que esa pluralidad de factores, a la que se suman datos coyunturales, tales como la catastrófica política de Bush en la zona, desempeñan un papel importante, como lo hizo en el pasado el ensayo de occidentalización por vía colonial, pero dominación económica existe en otras regiones del planeta, y las alternativas, por ejemplo el resurgido indigenismo en Latinoamérica o las variantes del populismo caudillista, nada tienen que ver con la práctica del terror.

Los ciclos de violencia juvenil forman ya un componente de la vida social en nuestras sociedades, pero sus manifestaciones no consisten en la formación de grupos de afinidad integristas que acaban preparando la voladura de aviones. Frente a Israel y su apoyo norteamericano, una cosa era la acción nacionalista de Al Fatah, y otra, la vertiente yihadista de Hamás o de Hezbolá. Y, cosa olvidada, la suerte de las minorías judías y cristianas en los países musulmanes no es muy ventajosa, más allá de los tópicos sobre la tolerancia y "la protección" prestada a las gentes del libro (pensemos en Sudán). Y nadie responde con el terror.

Exclusión estéril

En una palabra, resulta fácil, pero intelectualmente estéril, fundir en la línea de Edward Said la justa denuncia de la visión orientalista en Occidente con la exclusión de toda posibilidad de ejercer la crítica sobre el mundo árabe en general, y sobre las formas violentas del islam en particular.

Para entender cuanto sucede en la órbita de Al Qaeda, cuya proyección tiene lugar hoy como organización y como inspirador doctrinal, y también la variante iraní, del terror de los ayatolás a Hezbolá, hay que acudir a los procesos endógenos de formación del yihadismo, desde que en la segunda mitad del siglo XX tiene lugar la radicalización del islamismo versión Hermanos Musulmanes, reforzada luego con otra radicalización, la del wahabismo saudí. La citada variante shií sigue una senda propia, no sólo por su original sustrato ideológico, sino por la excepcionalidad de contar con los medios económicos de un Estado. Es así como Hezbolá ha podido ir más allá de su condición inicial de simple grupo terrorista, inventor de los vehículos suicidas, y convertirse en una organización político-social que gracias al dinero de Irán desempeña una importante labor asistencial en medios shiíes libaneses, con vocación hegemónica tanto en el orden político como en el militar. El terrorismo de Estado de la era Jomeini, con el bueno de Salman Rushdie como más visible chivo expiatorio, y con víctimas tan entrañables como el ex primer ministro Shapur Bakhtiar, ha pasado a ser la base de una política expansiva, propia de una potencia regional, con un objetivo concreto: la eliminación de Israel. La lógica de esa estrategia no debe ser pasada por alto: todos los medios son válidos para eliminar a quien se oponga, o se haya opuesto, al poder religioso y a sus dogmas.

Al mismo tiempo que eran ajustadas las piezas de la construcción doctrinal, el contexto político interno y regional favoreció el paso a la violencia desde la década de 1970. La importancia del primer aspecto, casi siempre desdeñada, resulta fundamental, ya que, si bien en la fase de acción militar y elaboración religiosa como "profeta armado", a partir de 622, podían encontrarse suficientes recursos, simbólicos y ejemplares, para legitimar una yihad con terror, había que adaptar algunos elementos de ese escenario al presente. En el orden técnico no habrá dificultades, ya que vencer al adversario podía hacerse por la espada en el siglo VII y hoy por los explosivos o con el Kaláshnikov, como muestra la portada del folleto sobre la necesidad de la yihad, pagado con dinero saudí, que podía comprarse en cualquier librería cercana a las mezquitas de Londres hasta julio del año pasado. Pero había que mostrar, como hizo el paquistaní Maududi, tan bien retratado en el filme El silencio del agua, o como puso en práctica el sudanés Al Turabi, que con la ley coránica en la mano, aplicando estrictamente la sharía, la destrucción de la satánica libertad occidental era realizable, instaurando un orden social enjaulado en las reglas dictadas por el Corán y los hadices, leídos desde una óptica ultraconservadora. Ya el fundador de los Hermanos Musulmanes, Hassan al Banna, presentado por su nieto Tariq Ramadan bajo los rasgos de un reformador progresista, dejó claro qué tipo de sociedad cerrada aspiraba a implantar en todos los aspectos, desde la imposibilidad de una política laica hasta el fin de la libre expresión. Conviene recordarlo cuando con demasiada facilidad se ignora que la instauración del islamismo, propuesto en su versión moderada con suaves palabras, incorpora necesariamente la violencia contra el disidente. Por algo el juramento de entrada en los Hermanos Musulmanes se hacía sobre el Corán, con un revólver a su lado.

Para que resultase eficaz la actuación de esos "caballeros bajo el estandarte del Profeta", como designó Al Zawahiri a los terroristas de su grupo en el 11-S, era necesario montar un tinglado de analogías, de manera que los aspectos más agresivos del Corán encontrasen aplicación a la realidad del siglo XX. Es así como el gobernante infiel es designado una y otra vez, de acuerdo con la ramplona caracterización coránica, como faraón: todo faraón, ejemplo Sadat, ha de ser eliminado. Otro tanto le sucede al tirano, o taghut, término con el que Jomeini se dirigía al Sha. Y sobre todo el estado de ignorancia primordial que caracterizara a los adversarios mequíes de Mahoma, la yahiliyya, es al parecer del todo aplicable a las sociedades, intelectuales y Gobiernos occidentales del día, según sugirió Maududi y divulgó con éxito hasta hoy el egipcio Sayyid Qutb. Sólo falta la articulación de las distintas piezas por la codificación que desde el año 1300 proporcionó "el jeque del islam" (palabra de Bin Laden), Ibn Taymiyya, para que funcione el mecanismo de adhesión a la verdad religiosa, en el marco del sujeto de la acción, la umma o comunidad de los creyentes, y de rechazo radical del otro, con la consiguiente voluntad de destrucción. Ese momento de codificación es también el de las cruzadas, cuando la yihad elimina a los invasores cristianos. Nueva analogía, Israel, Estados Unidos, los occidentales en general, son los nuevos cruzados a los que los creyentes eliminarán con la ayuda de Alá. En la versión ofrecida por los dirigentes de Al Qaeda, el islamismo radical se convierte en yihadismo en la medida en que todos los elementos religiosos, utilizados con una sincera voluntad de ortodoxia, pasan a girar en torno a la guerra contra el infiel (gentes del libro incluidas). El yihadismo es un salafismo, porque se legitima por el regreso a la edad de oro de los "piadosos antepasados", el tiempo del Profeta. Pero también aquí introduce la simplificación de centrar todo en la voluntad de aniquilamiento del adversario.

Terror sin límites

De ahí la apología de un terror que, dada la disparidad de fuerzas existente, "lleve el miedo hasta los fetos en los vientres de sus madres". Ese terror es explícitamente alabado, lo mismo que el mártir, que sigue el patrón definido en los libros sagrados y recibe la correspondiente recompensa. Una vez fijados estos principios, que en países como Inglaterra fueron hasta hace un año objeto de una divulgación sin trabas en mezquitas, casetes, vídeos y folletos, los problemas tácticos adquieren una decisiva importancia. En su extensa enciclopedia de la yihad, el hoy desaparecido Mustafá Setmarian proporciona datos que contribuyen a explicar cómo ya no se trata de una pirámide articulada, propia del tiempo que existía la plataforma afgana, sino de un centro que difunde posiciones y elabora consignas, con células aisladas y combatientes individuales, encargados de protagonizar las acciones terroristas. Sin la eficacia inicial. Lo cual no significa la eliminación de un riesgo persistente de imperio del terror, dado el impacto cada vez mayor de las doctrinas que propugnan el enfrentamiento a Occidente y la cohesión de tipo religioso que va adquiriendo la umma, gracias a los trágicos errores del tipo de "guerra antiterrorista" puesta en práctica por Washington. Con su estrategia en Palestina e Irak, Bush ha sido el principal colaborador del proyecto político yihadista.

Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.

    

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“¿Dónde está Bin Laden?” por Ángeles Espinosa

    

Su popularidad y los equilibrios de poder en Pakistán han permitido al terrorista eludir el cerco

Desde el aire, las cumbres nevadas del Hindu Kush apenas dejan intuir el laberinto montañoso que se esconde a sus pies. Esa región del norte de Pakistán queda aislada del resto del país durante los casi cinco meses que dura el invierno. Allí, en alguna recóndita aldea del valle de Chitral se esconde desde hace cuatro años y medio Osama Bin Laden, el hombre al que tras el bombardeo de Afganistán, George W. Bush dijo que quería "vivo o muerto", como en los carteles de las películas del Oeste. Sin embargo, las dificultades de acceso no bastan para explicar que el país más poderoso del mundo no haya apresado a su enemigo número uno.

La última vez que el Ejército estadounidense tuvo plenamente localizado a Bin Laden fue en diciembre de 2001, en las montañas de Tora Bora, al este de Afganistán. Entonces, el terrorista logró escapar al cerco. En declaraciones a la prensa norteamericana, ex agentes de la CIA que participaron en la operación han atribuido aquel fracaso a la falta de suficientes hombres sobre el terreno. Curiosamente, el único acceso practicable durante todo el año a Hindu Kush, donde las agencias de espionaje sitúan hoy al saudí, es una ruta que sale de Yalalabad, en las proximidades de Tora Bora.

En dos sitios a la vez

En los primeros meses tras su huida, los avistamientos de Bin Laden se convirtieron en una especie de moda capaz de colocarle en dos lugares geográficamente distantes prácticamente al mismo tiempo. En 2003, la guerra contra Sadam Husein trasladó los focos a Irak, y las imágenes del excéntrico millonario fueron sustituidas por las del dictador iraquí. Fue durante ese año cuando los analistas de la CIA y de la inteligencia militar de EE UU llegaron a la conclusión de que el hombre que buscaban se hallaba en el distrito de Chitral.

Así lo ha revelado Peter Bergen en un reciente documental de la CNN, Tras los pasos de Bin Laden. Este experto en terrorismo, que entrevistó al saudí en 1997, asegura que quienes se encargaban de su seguimiento dedujeron que se escondía allí tras estudiar un vídeo en el que se le veía caminando por una zona montañosa. Los árboles que aparecían son particulares de esa región. Además, según sus fuentes, el tiempo que tardan sus grabaciones en llegar a la cadena de televisión Al Yazira tras un nuevo atentado resulta consistente con esa hipótesis.

Bin Laden, que, de acuerdo con la misma versión, muy probablemente no vive en una cueva, sino en una casa, con su familia y no más de dos guardaespaldas, utiliza para entregar sus vídeos una cadena humana de confianza. Ese sistema de correos es el responsable de la escasa información convencional que las agencias de espionaje occidentales han sido capaces de recabar sobre el terreno. El saudí ha evitado desde el principio el uso de teléfonos o de Internet, lo que priva a los analistas de sus habituales fuentes de datos.

Más allá de esas deducciones, y tal vez otros pormenores que no se han dado a conocer, la mayoría de los observadores sobre el terreno, tanto diplomáticos como periodistas, coinciden en señalar que se trata de una conclusión de mero sentido común. "Todos los dirigentes de Al Qaeda capturados desde el 11-S se hallaban en Pakistán", indica una fuente. Además, la organización tiene fuertes raíces en ese país, donde Bin Laden la creó en 1988.

Bin Laden conoce bien Pakistán, es popular entre la población pastún de las provincias de Baluchistán y de la frontera noroccidental. Ni siquiera los 27 millones de dólares que EE UU ofrece por el hombre que encabeza su lista de los más buscados (25 millones del Gobierno y otros 2 millones de la Asociación de Pilotos) han servido de acicate para que alguien le traicione. Además, las tropas desplegadas por Estados Unidos en Afganistán bajo el paraguas de la Operación Libertad Duradera no pueden cruzar la frontera.

El año pasado, el director de la CIA, Porter Goss, reconoció a la revista estadounidense Time lo que ya era un secreto a voces. Preguntado sobre si tenía una idea aproximada de dónde se encontraba Bin Laden, Goss respondió: "Tengo una excelente idea de dónde se encuentra. ¿Cuál es la siguiente pregunta?". El responsable norteamericano no mencionó en ningún momento la palabra Pakistán, pero este nombre estaba en el ambiente y hacía pocos días que Zalmay Khalilzad, entonces embajador de EE UU en Kabul, había acusado a aquel país por enésima vez.

Blanco y en botella

Si está tan claro, ¿por qué no se actúa contra él? El propio Goss lo explicaba en la citada entrevista. "Cuando se aborda el difícil asunto de los santuarios en Estados soberanos, se topa con el problema de nuestro sentido del deber internacional, el juego limpio", declaraba el director de la CIA. "Tenemos que encontrar una forma de trabajar en un mundo convencional con medios no convencionales que resulten aceptables para la comunidad internacional". Blanco y en botella.

Pakistán es, al menos sobre el papel, un aliado de Estados Unidos en la lucha contra el terrorismo y ha desplegado a 80.000 soldados en las regiones fronterizas para dar captura a la cúpula de Al Qaeda. Al mismo tiempo, su presidente, el general Pervez Musharraf, que llegó al poder en un golpe de Estado en 1999, carece de la legitimidad necesaria para llevar esos propósitos hasta el final, lo que en parte explica los modestos resultados de su campaña, que no obstante ha costado varias decenas de bajas paquistaníes.

Musharraf, que el año próximo espera revalidar su mandato, no quiere alienar al único grupo de la sociedad paquistaní en el que encuentra apoyos. Actuar contra las comunidades tribales que protegen a Bin Laden le enfrentaría a amplios sectores del Ejército y de sus servicios de seguridad, que impulsaron la creación del movimiento talibán. Sabe también que el terrorista resulta más popular en su país que cualquiera de los políticos locales, incluido él mismo. Sólo hay que darse un paseo por las calles de Peshawar, Rawalpindi e incluso Lahore para percibir la admiración del paquistaní de a pie por el hombre que ha sido capaz de plantar cara a la gran superpotencia.

Son esas simpatías las que hacen imposible que Musharraf pueda permitir una actuación similar a la que las fuerzas estadounidenses llevan a cabo en el vecino Afganistán. Pondría en peligro su régimen y, con él, la estabilidad de un país que tiene armas nucleares. Washington ha entendido los límites del juego y hace tiempo que parece contentarse con que los paquistaníes mantengan al terrorista arrinconado, aunque les moleste su periódica reaparición en las pantallas de Al Yazira.

Presencia inaceptable

Una anécdota da idea de la sensibilidad popular al respecto. El pasado mayo, un norteamericano llegó a Chitral con dos furgonetas llenas de muebles para instalarse en una casa que la Embajada de EE UU había alquilado el otoño anterior. La conservadora ciudad se llenó de rumores sobre su probable pertenencia a la CIA o el FBI. De inmediato, uno de los representantes locales en el Parlamento nacional, Abdul Akbar Chitrali, advirtió al extranjero, y a un amigo paquistaní que le acompañaba, de que debían irse o se produciría un levantamiento popular.

"No podemos consentir que EE UU haga esto en nuestra zona", declaró el diputado a la agencia iraní de noticias, Irna. "Creo que Osama está muerto y los americanos le mantienen vivo por sus propias razones", señaló. El visitante indeseado, que The New York Times identificó como Paul Aurdic, del consulado norteamericano en Peshawar, abandonó la ciudad la víspera de la anunciada manifestación.

El último avistamiento del elusivo terrorista le sitúa alejándose del valle de Chitral, cerca de Darkot, una pequeña localidad de la Cachemira controlada por Pakistán muy próxima a la frontera con el corredor de Wakhan, el dedo de tierra afgana que se acerca hasta China. La información, aparecida en el Hindustan Times, se basaba en un informe del Gobierno indio, enfrentado al paquistaní por Cachemira. Apenas un mes antes, el diario árabe Al Hayat contó que Islamabad había evacuado a los extranjeros de una zona contigua tras tener noticias de la posible presencia del fugitivo.

Decir que Bin Laden se esconde en la zona montañosa fronteriza entre Afganistán y Pakistán es ya un lugar común. Escondido está. Pero eso no le ha impedido seguir divulgando mensajes de audio y vídeo después de cada atentado espectacular. Con o sin relaciones orgánicas, su violenta ideología política, que algunos analistas ya han bautizado como binladismo, sigue inspirando a los yihadistas en todo el mundo. Se ha convertido en un símbolo.

Aunque tiene numerosas acusaciones pendientes en Estados Unidos, Bin Laden no está procesado por los atentados del 11-S. Y, cinco años después de que se le responsabilizara de ellos, su capacidad para eludir la operación de caza y captura internacional lanzada contra él sigue despertando tanta admiración como incredulidad. Con el invierno a las puertas del Hindu Kush, las recientes palabras de Bush asegurando que su detención "es cuestión de tiempo" quedarán pendientes como poco hasta la próxima primavera.

    

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Osama, de cerca, Retrato del líder de Al Qaeda a través de sus declaraciones” por Peter L. Bergen

    

Peter L. Bergen ha informado a través de CNN del fenómeno de Al Qaeda durante una década y ha entrevistado a Bin Laden. En el libro 'Osama, de cerca', que publicará la editorial Debate en marzo, recoge las declaraciones que el terrorista ha hecho a diversos periodistas. Aquí se recogen algunos fragmentos.

Osama Bin Laden, en conversación con Jamal Ismail, corresponsal de la televisión Al Yazira, durante una entrevista emitida en 1999.

Dios todopoderoso me concedió la gracia de nacer de padres musulmanes en la península Arábiga, en el barrio de Al Malazz, en Riad, el 10 de marzo de 1957. Después, Dios fue misericordioso con nosotros, que fuimos a la sagrada Medina seis meses después de que naciera. El resto de mi vida estuve en Hejaz , entre La Meca, Yedda y Medina.

Como todo el mundo sabe, mi padre, el jeque Muhammad Bin Auad Bin Laden, nació en Hadramaut. Fue a trabajar a Hejaz muy temprano, hace más de 70 años. Entonces, Dios le bendijo y le concedió un honor que no ha conocido ningún otro contratista. Construyó la sagrada mezquita de La Meca y, al mismo tiempo -gracias a contar con la bendición de Dios-, construyó la mezquita santa de Medina. Entonces se enteró de que el Gobierno de Jordania había anunciado una puja para restaurar la mezquita de la Cúpula de la Roca en Jerusalén, reunió a los ingenieros y les dijo: "Calculad sólo el precio del proyecto". Así lo hicieron, y les sorprendió que, Dios tenga piedad de él, redujera el coste para garantizar que las mezquitas de Dios estuvieran en buen estado. Le dieron el proyecto a él.

Gracias a la misericordia de Dios, hubo veces en las que rezaba en las tres mezquitas

[La Meca, Medina y Jerusalén] en un mismo día. Que Dios tenga piedad de su alma. No es ningún secreto que fue uno de los fundadores de la infraestructura del reino de Arabia Saudí.

Después estudié en Hejaz. Estudié Económicas en la Universidad de Yedda, la llamada Universidad Rey Abdul Aziz. De niño trabajé en carreteras para la empresa de mi padre, Dios tenga piedad de su alma. Mi padre murió cuando yo tenía 10 años. Éste es un breve relato de la vida de Osama Bin Laden.

LA GUERRA DE AFGANISTÁN

La invasión soviética de Afganistán, en diciembre de 1979, fue un suceso que conmocionó profundamente a Bin Laden, como a otros miles de jóvenes devotos musulmanes de todo el mundo, que acudieron a la yihad afgana durante los años ochenta.

Osama Bin Laden, en declaraciones a la CNN en 1997.

Las emisoras de radio difundieron la noticia de que la Unión Soviética había invadido un país musulmán; fue motivo suficiente para empujarme a ayudar a nuestros hermanos en Afganistán. A pesar del poder soviético, Dios nos permitió transportar maquinaria pesada desde el país de los dos Santos Lugares [desde Arabia Saudí hasta Afganistán], cientos de toneladas en total, que incluía bulldozers, cargadoras, volquetes y material para cavar trincheras. Cuando vimos la brutalidad de los rusos que bombardeaban las posiciones de los muyahidines, con ayuda de Dios, excavamos un buen número de túneles enormes y, dentro de ellos, huecos para almacenaje.

DE NUEVO AFGANISTÁN

La primera vez que Osama Bin Laden declaró que estaba en guerra con Estados Unidos fue el 23 de agosto de 1996, tres meses después de su regreso a Afganistán.

No se os debe ocultar que el pueblo del islam ha sufrido las agresiones, iniquidades e injusticias que les han impuesto la alianza de sionistas y cruzados y sus colaboradores, hasta el punto de que la sangre de los musulmanes es el botín más barato en manos de sus enemigos. Una sangre que se derramó en Palestina e Irak. Las espantosas imágenes de la matanza de Qana en Líbano

[cuando las fuerzas israelíes atacaron un complejo de la ONU el 18 de abril de 1996 y mataron a un centenar de personas] están aún frescas en nuestra memoria. Las matanzas en Tayikistán, Birmania, Cachemira, Filipinas, Somalia, Eritrea y Chechenia, además de Bosnia-Herzegovina, estremecen nuestro cuerpo y sacuden nuestra conciencia.

La presencia de fuerzas militares estadounidenses de tierra, mar y aire en los Estados del Golfo Islámico es el peor peligro que amenaza a la mayor reserva de petróleo del mundo.

Más de 600.000 niños iraquíes han muerto debido a la falta de alimentos y medicinas y como consecuencia de las injustificables impuestas [durante los años noventa] a Irak y su nación. Los hijos de Irak son nuestros hijos. Tú, Estados Unidos, eres responsable de que se derrame la sangre de esos niños inocentes.

Los muros de opresión y humillación no pueden derribarse sino con una lluvia de balas.

El hombre libre no se deja dirigir por infieles y pecadores.

Hermanos musulmanes del mundo: vuestros hermanos en Palestina y en la tierra de los dos Santos Lugares os piden vuestra ayuda y os piden que toméis parte en la lucha contra el enemigo -su enemigo y el vuestro-, los americanos y los israelíes.

Conocí a Osama Bin Laden en 1997

Peter Arnett era corresponsal de CNN y yo trabajé como productor de la que acabó siendo la primera entrevista de Bin Laden en televisión.

Viajamos a Pakistán y pasamos a Afganistán a través de las montañas de Hindu Kush. En aquella época, los talibanes acababan de prohibir las filmaciones, lo cual suponía un obstáculo evidente para nuestro proyecto, que era una entrevista televisiva con Bin Laden. Decidimos no anunciar a los talibanes que estábamos entrando en el país, no solicitamos visados y nos limitamos a cruzar la frontera. Llegamos a Jalalabad y aguardamos varios días, durante los que recibimos una o dos visitas de la gente de Bin Laden.

Hablaba en voz muy baja. Recuerdo que bebía té sin cesar. De no saber lo que decía, habría podido parecer que estaba hablando del tiempo; pero, al leer las transcripciones de sus palabras, se notaba la rabia y la furia contra Estados Unidos.

La entrevista de Bin Laden con la CNN fue la primera ocasión en la que reveló a periodistas occidentales que había declarado la guerra contra Estados Unidos.

Declaramos la yihad contra el Gobierno de Estados Unidos porque el Gobierno de Estados Unidos es injusto, criminal y tiránico. Ha cometido actos enormemente injustos, horribles y criminales, bien de forma directa, bien mediante el apoyo a la ocupación de la Tierra del Viaje Nocturno del Profeta por parte de Israel. Y creemos que Estados Unidos es directamente responsable de las muertes en Palestina, Líbano e Irak. Su subordinación a los judíos ha hecho que la arrogancia y la soberbia del régimen estadounidense hayan llegado al extremo de ocupar la qibla de los musulmanes (Arabia Saudí), que suman una población de más de mil millones hoy en el mundo.

En cuanto a su pregunta sobre si la yihad está dirigida contra los soldados estadounidenses, los civiles en la tierra de los dos Santos Lugares

o los civiles en América, hemos centrado nuestra declaración en atacar a los soldados presentes en el país de los dos Santos Lugares. En nuestra religión, el país de los dos Santos Lugares tiene una característica peculiar respecto a los demás países musulmanes. En nuestra religión no está permitido que ningún no musulmán resida en nuestro país. Por consiguiente, aunque los civiles americanos no son el objetivo de nuestro plan, deben marcharse. No garantizamos su seguridad.

Peter Arnett: ¿Cuáles son sus planes para el futuro?

Bin Laden: Los verá y oirá hablar de ellos en los medios, Dios mediante.

Hamid Mir, biógrafo paquistaní de Bin Laden

Volví a entrevistarle el 16 de mayo de 1998 cerca de Kandahar. Pasé allí dos días, y estuvo presente en la reunión Ayman al Zauahiri. Me di cuenta de que Osama Bin Laden no hablaba ya sólo de la presencia de tropas estadounidenses en Arabia Saudí. Tenía un gran programa. Hablaba del robo del petróleo de Oriente Próximo. Hablaba del problema de Israel y Palestina. Hablaba del problema de Cachemira e India. Hablaba de los chechenos. Y trataba de convertirse en un líder internacional de los musulmanes. Los dos hijos del jeque Omar Abdel Rahman [el clérigo egipcio ciego encarcelado en Estados Unidos] estaban también allí.

La mayor parte de las veces yo le hacía una pregunta: "¿Cómo puede demostrar, a la luz de las enseñanzas islámicas, que debemos matar a los americanos? Por favor, convénzame". Y se esforzaba por demostrármelo enseñándome un libro o una fatua. Yo no soy un hombre religioso. No domino la ley islámica, pero he leído el Corán, así que le dije una cosa muy sencilla: "El Corán dice que la sangre de un no musulmán inocente es igual que la de un musulmán. Si mata a un cristiano inocente que sea ciudadano americano, si mata a un judío inocente, estará violando las enseñanzas del Corán. ¿Cómo puede probar que su fatua es correcta?". Y él acabó respondiendo: "En realidad, la fatua no es mía. En realidad, la fatua la han proclamado varios estudiosos islámicos muy importantes. Yo no hago más que seguirla".

Cuando hablaba de política, lo hacía muy bien. Pero cuando hablaba de religión, no resultaba muy convincente. Yo presencié uno de los discursos que dirigió a sus combatientes. Asistían más de 300 combatientes y había un tablero enorme. Bin Laden colocó un mapa de Oriente Próximo e intentó explicar: "¿Por qué hay americanos en Kuwait? ¿Por qué hay americanos en Yemen? ¿Por qué los hay en Arabia Saudí? ¿Qué hacen en Bahrein? Porque quieren robarnos nuestro petróleo". Y los combatientes empezaron a gritar eslóganes: "¡Allahu Akbar! ¡Allahu Akbar! ¡Dios es grande!".

Cuando empezó a citar la sharia islámica, los libros islámicos, el Corán, que el Corán ordena luchar contra los no musulmanes en favor de la supremacía de la ley islámica, no hubo ningún entusiasmo. Porque lo cierto es que no puede demostrar con el Corán que matar a americanos sea islámico, que matar a todos los infieles sea islámico. No puede probarlo.

Durante la entrevista, uno de sus colegas me dijo: "Señor Mir, ¿le gustaría escribir un libro sobre el jeque?". El jeque es Osama Bin Laden. Respondí: "Sí, pero el libro será un libro. No será propaganda". De modo que, a la mañana siguiente, intercambiamos opiniones sobre el proyecto, escribí una sinopsis y dije que iba a escribir mis observaciones, que podían ser negativas o podían ser positivas, pero que no podría objetar. Él dijo: "De acuerdo, acepto su condición, pero yo exijo la condición de que no deforme los hechos: tengo tres esposas. No escriba que tengo cinco. Tengo 16 hijos. No escriba que tengo 56". Repliqué: "Muy bien, no tergiversaré los hechos". Entonces él todavía no era famoso, y pensé que podría completar el libro en un plazo de tres o cuatro meses.

Vi a Bin Laden cuando salía a cazar aves. También vi a las personas de su entorno jugando al fútbol, bastante bien, mientras él les observaba. Su hijo Mohamed era portero.

Conocí a sus tres hijos varones. Mohamed, Alí, Saad en Irán. Tenía 16 años. Yo le había hecho una foto sentado al lado de su padre, con un arma en el regazo, y le pregunté a Bin Laden: "Es un niño. ¿Por qué lleva un arma?". Contestó que lo había decidido él mismo. Así que le pregunté a Saad: "¿Quieres seguir los pasos de tu padre?", y me respondió con gran seguridad: "No, sigo los pasos de mi Profeta". "Vale", repliqué.

    

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Daño colateral: las libertades” por Andrés Ortega

    

El Tribunal Supremo de EE UU ha sido quien ha puesto freno a las leyes restrictivas de Bush

Estados Unidos ha estado a punto de perder su alma liberal y democrática en la llamada "guerra contra el terrorismo" por el recorte de libertades propugnado por la Administración de Bush prácticamente al día siguiente del 11-S. El 26 de octubre, el presidente firmaba una ley aprobada casi sin discusión y con conocimiento limitado por una abrumadora mayoría del Congreso en ambas cámaras, la llamada Ley Patriota (Patriot Act), que supuso el mayor recorte en las libertades, y los mayores poderes de vigilancia nacional e internacional en la historia de EE UU. No se llegó a tanto durante la guerra civil ni en las dos guerras mundiales (en la Segunda se internó a muchos americanos de origen japonés). No han sido la prensa ni movimientos populares durante tiempo anestesiados los que han puesto el mayor freno a estos recortes, sino, en primer lugar, el Tribunal Supremo, que se suponía bushista. En su sentencia de junio pasado sobre el caso del yemení Salim Hamdan, uno de los conductores de Bin Laden, encarcelado en Guantánamo, el Supremo le recortó las alas al Ejecutivo al recordarle que "está obligado a cumplir el imperio de la ley en vigor", lo que incluye el derecho internacional suscrito por EE UU.

Esa frase venía al final de una larga sentencia que rechazaba las comisiones especiales por las que los militares pretendían juzgar a los presos en Guantánamo, aunque no cuestionaba la existencia de este centro de internamiento en donde EE UU ha retenido a centenares de los que llamó "combatientes ilegales". Pero ha obligado a tratarles como prisioneros de guerra y a aplicarles los derechos de las convenciones de Ginebra.

El famoso memorándum

No era ésa la opinión que prevaleció en la Administración tras el 11-S y que ha quedado escrita en el famoso memorándum que redactó John Yoo, entonces asesor jurídico del ministro de Justicia, John Ashcroft, que, con su "pensamiento creativo", consideró que era perfectamente legal detener a sospechosos de actos de terrorismo, retenerlos sine die y torturarlos o hacerlos desaparecer por la CIA en cualquier parte del mundo con permiso del presidente, pues, como comandante en jefe, éste puede usar los "métodos y medios para confrontar al enemigo" que considere apropiados, desestimando el derecho interno e internacional que prohíbe la tortura y del que es parte Estados Unidos. "Nosotros no torturamos", afirmaría posteriormente el presidente Bush, que esta semana ha admitido, sin embargo, que la CIA había llevado a cabo en cárceles secretas interrogatorios con técnicas "duras". De hecho, las pocas condenas habidas hasta ahora por los casos de Abu Ghraib y otros se han limitado a los que han actuado directamente, no a la cadena de mando. Tampoco la Administración ha variado su rumbo tras descubrirse los vuelos secretos de la CIA o las escuchas ilegales (sin supervisión judicial) en masa a ciudadanos americanos.

La Administración se creyó con manos libres, con la autorización "para el uso de la fuerza militar" aprobada expeditivamente por el Congreso en los días posteriores al 11-S, y que se ratificó y perfeccionó con la Ley Patriota. Ésta le dio carta blanca al Ejecutivo y sus agencias, con una capacidad de injerencia general, socavando las garantías jurídicas de los ciudadanos, que dio acceso a la Administración a los historiales médicos, las declaraciones de impuestos, las transacciones financieras, o el seguimiento de ciudadanos sin advertirles. En 2006, cuando se renovó la Patriot Act, el Congreso limitó algo más los poderes del Ejecutivo y rehusó aprobar medidas sin poner un límite temporal a su vigencia.

Las detenciones fueron masivas, sobre todo al principio. Pero el Gobierno federal se ha encontrado con crecientes dificultades a la hora de procesar a sospechosos de terrorismo. Hubo 355 personas procesadas en 2002, pero sólo 46 en 2005, y 19 en lo que va de este año. Las condenas medias han pasado de 41 meses antes de aquella fecha a 28 días en los dos años posteriores. Sólo 14 de ellos han sido condenados a más de 20 años de reclusión. Según TRAC, una organización dedicada a utilizar la Ley de Secretos Oficiales para hacer pública información oficial sobre el FBI y otras agencias, los fiscales americanos han optado por no presentar acusaciones en dos de cada tres casos (748 de 1.391) de "terrorismo internacional" que les remitieron.

No fue sólo Estados Unidos el que perdió la cabeza tras el 11-S y se excedió en las medidas para perseguir al terrorismo internacional. En esta senda le siguió de cerca el Reino Unido de su fiel Tony Blair, mucho antes del ataque del 7 de julio de 2005 en Londres, y que ya tenía duras medidas antiterroristas desde los setenta para combatir al IRA. Introdujo la detención indefinida sin acusación de extranjeros (posteriormente reemplazada por un estricto régimen de control). O la extensión de 14 a 28 días de la detención sin cargos de británicos, además de nuevas limitaciones en la libertad de expresión. Muchos otros países europeos han reforzado su legislación antiterrorista, pero ninguno ha llegado a los niveles británicos.

En nombre de la lucha o guerra contra el terrorismo, EE UU, pero también varios países europeos y muchos otros en el mundo, han socavado los derechos humanos y las libertades, y ya no hay bloque comunista con el que compararse. La brecha entre la cultura occidental y su comportamiento se ha agrandado. Como en contraposición a la doctrina del mal menor de Michael Ignatieff, el filósofo esloveno Slavoj Zizek, refiriéndose al problema más amplio del fundamentalismo, considera: "Si los combatimos como algunos están haciendo, incluso con una victoria militar, el enemigo habría en cierto modo ganado porque perdemos lo que estamos defendiendo".

La cuestión, que plantea Ron Suskind en su magnífico libro The one percent doctrine (La doctrina del uno por ciento), que se refiere a la probabilidad suficiente de un evento, según el vicepresidente Cheney, para tener que actuar, es "si una nación puede librar una guerra en secreto y a la vez preservar los valores de una democracia". Su respuesta es que el choque de "derechos e intereses crea una tensión aguda, subterránea, profunda bajo el sistema de gobierno y sus tradiciones de consentimiento informado".

    

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Afganistán se hunde en la violencia y la corrupción” por Georgina Higueras

   

El fracaso de la reconstrucción sume al país en un círculo vicioso de droga e insurrección

Nunca, desde que Estados Unidos, al frente de una coalición internacional, derrocó al régimen talibán en noviembre de 2001, fueron tan fieros los combates que enfrentan a la insurgencia con las tropas extranjeras. Nunca hasta la pasada primavera se palpó tan fácilmente el cansancio de la población con la corrupción rampante y la ineficacia del Gobierno democráticamente electo y apoyado por Washington de Hamid Karzai. Nunca hasta este año se ha hecho tan evidente el fracaso de la comunidad internacional en la restauración de la vida civil en Afganistán, y nunca en la turbulenta historia del país se multiplicó con tanta rapidez el cultivo de las opiáceas.

George W. Bush decidió, nada más producirse los atentados del 11-S acabar con sus inspiradores: Bin Laden y Al Qaeda. En menos de un mes, los bombarderos norteamericanos atacaban su guarida en el sur de Afganistán y tres semanas más tarde ampliaban su ofensiva para derrocar al régimen talibán que les cobijaba.

Cinco años después de que los sufridos afganos recibieran como una bocanada de aire fresco el acuerdo entre Estados Unidos y la Alianza del Norte para echar de Kabul a uno de los regímenes más represivos del planeta, la sombra de Irak planea sobre Afganistán y rompe su confianza en el futuro.

Violencia, droga e ilegalidad

Como una película ya vista, el telón afgano se levanta lentamente sobre el escenario de caos, sangre, horror y muerte que se repite en Irak desde la invasión norteamericana. Con los ojos cerrados ante la repulsión que los atentados suicidas generan en los afganos, el país se hunde hora tras hora en el círculo vicioso de la violencia, la droga y la ilegalidad.

¿Dónde están las fábricas, las carreteras, las escuelas, la electricidad, el agua, el trabajo? ¿Dónde las promesas de una vida mejor?, se preguntan los civiles.

Mientras, en el sur, las operaciones militares se multiplican alentadas por el hostigamiento de los rebeldes. Estados Unidos, que hasta este año proseguía en solitario su campaña contra los restos de Al Qaeda y del régimen talibán, decidió pasar la patata caliente de la pacificación de Afganistán a la OTAN, que desde 2003 tiene el mando de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad en Afganistán (ISAF). Para ello, la Alianza Atlántica aumentó el número de sus efectivos desde los 6.000 que tenía a principios de 2006 a los 9.500 actuales, que para finales de año llegarán a 13.000 o incluso a 30.000 si se confirmara la unificación bajo bandera de la OTAN de las tropas que aún mantiene en pie de guerra Washington en el sureste de Afganistán. España también ha aumentado su contribución militar y ahora tiene unos 700 soldados.

Frente a ellos, la insurgencia nutre sus filas en el descontento y la falta de expectativas de los jóvenes, sobre todo pastunes, la etnia mayoritaria en Afganistán (40% de la población), castigada hasta ahora por ser cuna del régimen talibán (1996-2001). Washington se apoyó para invadir el país en las minorías tayika y uzbeka, que son las que se han hecho con buena parte de los puestos de la Administración. Los funcionarios no sólo tienen acceso a casi los únicos sueldos estables y legales que hay en el país, sino también a todo un abanico de influencias en una sociedad en la que las lealtades tribales tienen más importancia que las obligaciones legales.

Más de 2.000 soldados de la OTAN, en su mayoría canadienses, y del Ejército Nacional Afgano participan estos días en la llamada operación Medusa, la más sangrienta desde que se dio por acabada la guerra, a finales de 2001. La Alianza Atlántica lanzó esta ofensiva apenas un mes después de tomar el relevo del Pentágono en la provincia de Kandahar el 31 de julio. Con ella pretende limpiar de rebeldes el distrito de Panjwayi, unos 30 kilómetros al oeste de la ciudad de Kandahar, antiguo feudo del mulá Omar, la máxima autoridad talibán, quien, al igual que Bin Laden, es uno de los enemigos más buscados por EE UU.

Los portavoces de la OTAN informaron a mediados de esta semana de que en los combates han muerto una veintena de soldados de la Alianza y más de 250 talibanes. Además, alrededor de 200 rebeldes huyeron y otro centenar fue capturado. No hay ninguna confirmación independiente de estos hechos. Por el contrario, las autoridades locales han protestado por la muerte de civiles, y el mulá Dadulá, uno de los más poderosos comandantes talibanes, calificó estos datos de "falsos".

La ofensiva rebelde de este año se inició tan pronto como el deshielo facilitó los movimientos de los insurgentes. Los aviones de EE UU y de la OTAN se han empeñado a fondo en bombardear caminos, supuestas grutas de los talibanes y aldeas, pero cuanto más duro han golpeado las fuerzas de la coalición internacional, más fuerte, decidida y arriesgada se ha hecho la resistencia, que encuentra en el vecino Pakistán abrigo y cobijo.

Las relaciones entre los dos vecinos, tradicionalmente privilegiadas, atraviesan por uno de sus momentos más bajos. Esta semana, el presidente paquistaní, Pervez Musharraf, viajó a Kabul, no sólo para tratar de frenar el deterioro de las relaciones, sino, sobre todo, para explicar a su anfitrión, Hamid Karzai, el acuerdo firmado el martes con las milicias protalibanes del distrito fronterizo de Waziristán Norte. Musharraf pretende que Karzai comprenda que necesita paz en esa zona para hacer frente a los independentistas del Ejército de Liberación de Baluchistán (suroeste del Pakistán).

La violencia que azota los dos países debilita a Karzai y Musharraf, que, como grandes aliados de EE UU en su lucha contra el terror, se han colocado en el punto de mira de los muchos radicales que habitan en sus respectivos países. Karzai especialmente teme que las operaciones militares tiren por la borda los magros esfuerzos de reconstrucción emprendidos por la comunidad internacional y sus débiles intentos de reformar y modernizar Afganistán.

El 92% de la producción de opio del mundo

EL OPIO ES, con enorme diferencia, la principal fuente de recursos de Afganistán y la droga que envenena el futuro del país. El informe anual del Organismo de Naciones Unidas para la Lucha contra la Droga y las Mafias (UNODC), hecho público el 2 de septiembre, señala que en 2006 Afganistán producirá el 92% del opio mundial. El informe destaca que este año ha crecido un 49% la producción de amapolas opiáceas y la superficie dedicada a este cultivo ha aumentado en un 59%. Todo esto pese a que la comunidad internacional ha gastado más de 2.000 millones de dólares en la lucha contra la adormidera, de la que también se saca la heroína, consumida principalmente en Occidente.

Antonio María Costa, director del UNODC, dejó clara la frustración de este organimo al declarar que en las provincias del sur de Afganistán, y sobre todo en la de Helmand, "la situación está fuera de control". En Helmand, donde se han desplegado esta primavera 3.000 soldados británicos para luchar contra la poderosa alianza de rebeldes y narcotraficantes, las tierras dedicadas a cultivar opio aumentaron en un 162%.

Los especialistas señalan que los rebeldes han encontrado en el opio su fuente de financiación, y en el narcotráfico, las vías de aprovisionamiento de armas y municiones. La cosecha de amapolas de 2006 asciende a 6.100 toneladas, frente al máximo de 4.565 toneladas que se recogieron en 1999, año en que los talibanes emprendieron una efectiva lucha contra los opiáceos.

     

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“El volcán de la violencia desangra Irak” por Ángeles Espinosa

   

Una galopante espiral de asesinatos y atentados pulveriza las pocas esperanzas de los iraquíes

Diseñar una nueva bandera parece una nimiedad cuando la violencia deja 3.000 víctimas al mes. Sin embargo, la última tormenta política en Irak gira en torno a la enseña nacional. Tres años después del derrocamiento de Sadam, ese símbolo que debería ser de unidad representa hoy las fracturas que la ocupación del país ha exacerbado. El propio Pentágono acaba de reconocer el riesgo de que estalle un conflicto civil. El empeño de Estados Unidos en hacer de Irak el centro de su guerra contra el terrorismo ha terminado convirtiéndose en una trampa para ambos países y constituido un costoso desvío en esa lucha.

Las discrepancias respecto a la bandera reflejan los enormes desacuerdos no sólo políticos, sino vitales, de las comunidades. Mientras que para los kurdos se trata de un símbolo de la opresión bajo Sadam, los árabes suníes la defienden. Los árabes chiíes se han mantenido de momento al margen, pero el primer ministro, Nuri al Maliki (chií), ya ha dicho que el diseño de una nueva enseña -y su aprobación por el Parlamento- constituye una prioridad.

'Alá Akbar'

Así, los diputados pueden verse pronto proponiendo colores y símbolos con los que sustituir las tres bandas horizontales roja, blanca y negra con tres estrellas y la inscripción Alá Akbar (Dios es el más grande) con la caligrafía de Sadam. El debate se produce justo cuando el Legislativo acaba de reanudar sus sesiones para discutir el proyecto federal que apuntaba la Constitución y que también enfrenta a las comunidades. Pero por muy grandes que sean esas diferencias, la cuestión de la bandera no pasaría de ser anecdótica si detrás no existieran los crecientes ataques intercomunitarios.

El derramamiento de sangre entre chiíes y suníes ha llevado la violencia a su nivel más alto desde la ocupación del país en abril de 2003. Las ejecuciones extrajudiciales, los secuestros y otro tipo de ataques contra civiles de la otra comunidad han aumentado entre mediados de mayo y mediados de agosto, según el último informe trimestral del Pentágono. En ese periodo, el número de víctimas se ha incrementado en un 51%. Más de 3.000 iraquíes han muerto o sido heridos cada mes, y en julio, 2.000 eran el resultado de incidentes sectarios.

"La continua violencia etnosectaria es la principal amenaza a la seguridad y la estabilidad en Irak", afirma el texto. "Se dan las condiciones que pueden llevar a una guerra civil", admite por primera vez el Pentágono. Sus redactores aseguran, no obstante, que todavía se está a tiempo de evitarla.

De momento, las cifras no dejan mucho espacio para la esperanza. El número de ataques semanales se ha duplicado hasta rondar los 800, el nivel más elevado desde que los militares empezaron a recoger estadísticas en abril de 2004 y, según los expertos, desde la invasión, un año antes. Y en un detalle que pone los pelos de punta, el director del depósito de cadáveres de Bagdad declara que el 90% de los cerca de 3.500 cuerpos que recibió entre junio y julio tenían signos de haber sido ejecutados de forma sumaria.

A la vista del deterioro, el Ejército estadounidense lanzó en agosto una gigantesca operación de seguridad en Bagdad con la colaboración de las fuerzas iraquíes. Aunque se han logrado reducir las víctimas en la capital, los insurgentes han intensificado sus acciones en las vecinas provincias de Diyala, Babilonia y Tamim. La intimidación, el crimen y el fanatismo siguen acechando a los iraquíes.

De acuerdo con el mismo informe, esa violencia no puede atribuirse a una insurgencia organizada y unificada, sino que es "el resultado de una compleja interacción entre terroristas internacionales, insurgentes locales, escuadrones de la muerte sectarios, milicias organizadas y bandas criminales". Este análisis desmiente la versión a la que hasta ahora se aferraba el Gobierno estadounidense de que los ataques eran obra de un pequeño número de baazistas irredentos y yihadistas extranjeros.

Negar que la insurgencia tiene una fuerte base local y está básicamente motivada por el rechazo a la ocupación sólo ha servido para retrasar las posibles soluciones. Mientras tanto, las condiciones de vida de los iraquíes han sufrido retrocesos enormes en seguridad y servicios básicos.

El malestar de la población empieza a traducirse en desesperanza. Después de tres años de manifestar en todas las encuestas que confiaban en un futuro mejor, muchos iraquíes empiezan a expresar dudas. Todavía el pasado abril, un sondeo realizado por el International Republican Institute mostraba que casi el 80% de los iraquíes consideraban que su situación general mejoraría en el plazo de un año. Dos meses después, menos de la mitad mostraban optimismo sobre su futuro.

"La continua lucha por la libertad en Irak ha sido manipulada por la propaganda terrorista como un grito de protesta", admite el informe, que olvida que fue precisamente la propaganda de EE UU la que primero asoció la intervención con su campaña contra el terrorismo.

Error estratégico

Pero las graves consecuencias de ese error estratégico no se circunscriben a Irak. Al vincular este país con la guerra contra el terrorismo lanzada tras el 11-S y equiparar el éxito allí con el triunfo sobre la ideología que impulsó aquellos atentados, el presidente Bush y sus asesores se han metido en una trampa. Si, inicialmente, ligar todas las amenazas como si se tratara de un mismo complot llenaba de contenido su "guerra global contra el terror", ahora los convierte en rehenes de su fracaso. La opinión pública empieza a asociar la mala gestión en Irak con el mediocre resultado antiterrorista.

El último informe del Pentágono parece un paso en la buena dirección (reconocer la gravedad de la situación). También, la llegada como embajador de EE UU de Zalmay Khalilzad, quien ha buscado incluir a todos a través del diálogo. Sin embargo, existen otros signos preocupantes. Según algunos observadores, las estrategias que propone el texto parecen más orientadas a la nueva camada de pequeños grupos terroristas surgidos por todo el mundo que al desbloqueo de la situación en Irak.

Algunos responsables militares han empezado a hablar del próximo repliegue a media docena de superbases, desde donde el apoyo de los soldados norteamericanos a las débiles y poco disciplinadas fuerzas de seguridad iraquíes resultará sin duda mucho más complicado. (La retirada del contingente británico del sur del país ya ha sido anunciada por el presidente iraquí para 2007).

Fuera de Irak, las voces que piden un repliegue escalonado y cuidadoso alcanzan incluso a quienes se opusieron a la invasión en primer lugar. Dos errores no suman un acierto, recuerdan, temerosos de la fragilidad del país y de las tensiones regionales que ha revelado su desestabilización. Los vecinos suníes (Arabia Saudí, Jordania, Turquía) observan recelosos la influyente sombra que el chií Irán proyecta desde el este.

Con dicho panorama, las posibilidades de que el Parlamento iraquí apruebe una nueva bandera que obtenga el respeto de todos los iraquíes son escasas.

      

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“El terrorismo es una forma de teatro” por Joseph S. Nye

   

Irak fue el regalo de Bush a Bin Laden

La invasión de Irak desperdició el atractivo de Estados Unidos en países musulmanes

El 11 de septiembre de 2001 es una de esas fechas que señalan una transformación en la política mundial. Al igual que la caída del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989, significó el final de la guerra fría, el ataque de Al Qaeda contra Estados Unidos inauguró una nueva época. Ese día, un grupo no gubernamental asesinó a más estadounidenses que el Gobierno de Japón con su ataque por sorpresa en otra fecha transformadora: el 7 de diciembre de 1941. Aunque el movimiento terrorista de la yihad había estado creciendo durante una década, el 11-S supuso el punto de inflexión. Transcurridos cinco años de esta nueva era, ¿cómo deberíamos definirla?

Algunos creen que el 11-S fue el preludio de un "choque de civilizaciones" entre el islam y Occidente. De hecho, eso es probablemente lo que Osama Bin Laden se proponía. El terrorismo es una forma de teatro. Los extremistas asesinan a gente inocente para dramatizar su mensaje de modo que conmocione y horrorice al público al que va dirigido. También recurren a lo que Clark McCauley y otros han denominado política jujitsu, en la que un combatiente más pequeño utiliza la fuerza de un rival mayor para derrotar al otro. En este sentido, Bin Laden esperaba hacer caer a Estados Unidos en una guerra sangrienta en Afganistán, similar a la intervención soviética de dos décadas antes, que había creado un terreno de reclutamiento muy fértil para los yihadistas. Pero los estadounidenses emplearon una fuerza moderada para derrocar al Gobierno talibán, evitaron unas bajas civiles desproporcionadas y pudieron crear un marco político indígena.

Un colosal error

Aunque lejos de ser perfecta, la primera ronda del combate fue para EE UU. Al Qaeda perdió los santuarios desde los que planificaba sus ataques, muchos de sus líderes murieron o fueron capturados, y sus comunicaciones centrales se vieron gravemente afectadas. Más tarde, la Administración de George W. Bush sucumbió al orgullo desmedido y cometió el colosal error de invadir Irak sin un apoyo internacional generalizado. Irak proporcionó los símbolos, las bajas civiles y el terreno de reclutamiento que los extremistas yihadistas habían buscado en Afganistán. Irak fue el regalo de George Bush a Osama Bin Laden. Al Qaeda perdió su capacidad organizativa central, pero se convirtió en un símbolo y un foco alrededor del cual podían congregarse imitadores afines. Con la ayuda de Internet, sus símbolos y materiales de entrenamiento eran fáciles de conseguir en todo el mundo. El hecho de si Al Qaeda desempeñó un papel directo en los atentados de Madrid y Londres o la reciente trama para hacer estallar aviones sobre el Atlántico no es tan importante como el modo en que se ha transformado en una poderosa "marca". La segunda ronda la ganaron los extremistas.

El resultado de futuras rondas en la lucha contra el terrorismo yihadista dependerá de nuestra capacidad para evitar la trampa de la política jujitsu. Ello exigirá un mayor uso del poder blando de atracción en lugar de depender tanto del poder militar duro, como ha hecho la Administración de George W. Bush. Y es que la lucha no es un choque entre el islam y Occidente, sino una guerra civil en el seno del islam entre una minoría de terroristas y una corriente dominante mayor de creyentes no violentos. No se puede derrotar al extremismo yihadista a menos que la mayoría venza. Debe utilizarse la fuerza militar, el espionaje y la cooperación policial contra los terroristas fanáticos afiliados a Al Qaeda o inspirados por ella, pero el poder blando es esencial para atraer a la corriente dominante y eliminar el apoyo a los extremistas.

El secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, dijo en una ocasión que el grado de éxito de esta guerra dependerá de si el número de terroristas que estamos matando y disuadiendo es mayor que el número de terroristas que están siendo reclutados. Según este baremo, lo estamos haciendo mal. En noviembre de 2003, la cifra oficial de insurrectos terroristas en Irak era de 5.000. Este año se ha dicho que ascendían a 20.000. Como afirmaba el general de brigada Robert Caslen, subdirector del Pentágono para la guerra contra el terrorismo, "no los estamos matando más rápido de lo que están siendo creados". También estamos fracasando en la aplicación del poder blando. Según Caslen, "los miembros del Pentágono vamos a la zaga de nuestros adversarios en el uso de la comunicación, ya sea para reclutar o para entrenar".

El modo en que utilizamos el poder militar también afecta a la proporción de Rumsfeld. En el periodo posterior al 11-S, en todo el mundo había mucha simpatía y comprensión hacia la respuesta militar de Estados Unidos contra los talibanes. La invasión estadounidense de Irak, un país que no estaba vinculado con los atentados del 11-S, desperdició esa buena voluntad, y el atractivo de EE UU en países musulmanes como Indonesia se desplomó, con una aprobación que pasó del 75% en 2000 a menos de la mitad en la actualidad. De hecho, el ocupar una nación dividida es complicado, y está abocado a que ocurran episodios como los de Abu Ghraib y Haditha, que minaron el atractivo de Estados Unidos no sólo en Irak, sino en todo el mundo.

El poder duro y el poder blando

La capacidad para combinar poder duro y blando es un poder inteligente. Cuando la Unión Soviética invadió Hungría y Checoslovaquia durante la guerra fría, socavó el poder blando del que había gozado Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Cuando Israel lanzó una prolongada campaña de bombardeos contra Líbano el mes pasado, provocó tantas bajas civiles que las primeras críticas a Hezbolá en Egipto, Jordania y Arabia Saudí se volvieron insostenibles en la política árabe. Cuando los excesos terroristas acabaron con la vida de civiles musulmanes inocentes, como hizo la yihad islámica egipcia en 1993 o Abu Musab al Zarqawi en Ammán en 2005, debilitaron su propio poder blando y perdieron apoyo.

La lección más importante cinco años después del 11-S es que el no combinar eficazmente poder duro y blando en la lucha contra el terrorismo yihadista nos hará caer en la trampa tendida por quienes desean un choque de civilizaciones. Los musulmanes, incluidos los islamistas, tienen diversos puntos de vista, así que debemos ser precavidos con las estrategias que ayuden a nuestros enemigos al unir fuerzas dispares bajo una misma bandera. Tenemos una causa justa y muchos posibles aliados, pero el no combinar poder duro y blando en una estrategia inteligente podría ser nefasto.

Joseph S. Nye es catedrático de Harvard y autor de Soft power: the means to success in world politics.

     

Publicado en el diario EL PAIS el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


Bush vuelve a la 'zona cero' por José Manuel Calvo

  

El aniversario del 11-S, escenario de un fuerte enfrentamiento político en Estados Unidos

Washington - La arrolladora maquinaria de la Casa Blanca está de nuevo en campaña electoral, y el quinto aniversario del 11-S es la rampa de lanzamiento de las legislativas del 7 de noviembre. En esta batalla, en la que los atentados terroristas en los que murieron casi 3.000 personas entran de lleno y sin pudor en la pelea política, hay dos novedades: primera, que el presidente es más vulnerable que nunca; segunda, que los demócratas le acosan, también como nunca, para lograr que las elecciones se conviertan en un referéndum sobre él. "Es el hombre que nos metió en Irak", dicen; "es el presidente que sabe cómo luchar contra el terrorismo", contraataca la Casa Blanca.

Bush no se presenta en noviembre, pero se juega tanto como si lo hiciera. Si los republicanos, que lograron el control del Congreso en la barrida de 1994, pierden una o las dos Cámaras, la oposición tendrá en sus manos los instrumentos para lanzar comisiones de investigación sobre las razones de la invasión, los programas secretos de escuchas y todas las herramientas de la guerra contra el terrorismo. Es improbable que todo eso desemboque en un proceso de destitución, pero el ruido estaría garantizado, y el vuelco serviría para abrir una larga y apasionante campaña para las presidenciales de 2008.

El acoso demócrata tiene cuatro letras: Irak. "La guerra ha sido un foco de atracción para los yihadistas en todo el mundo musulmán, y ahora hay más terroristas que hace cinco años", dijo ayer en la cadena ABC el demócrata Richard Ben-Veniste, que estuvo en la Comisión del 11-S. El senador Jay Rockefeller fue aún más lejos y dijo en la CBS: "EE UU estaría hoy mejor si Sadam Husein siguiera en el poder". El 58% de los norteamericanos, según un sondeo de la CNN, se opone a la guerra.

Pero una mayoría -el 55%, según la encuesta de Newsweek- respalda la forma en la que Bush se enfrenta al terrorismo, 11 puntos más que en mayo (el apoyo al presidente también ha subido hasta el 40%). Y el 44%, frente al 39%, prefiere que los republicanos lleven esas riendas; el Pew Center confirma esta fotografía y señala que el 74% cree que el Gobierno ha actuado bien o muy bien en la reducción de la amenaza terrorista (en todo lo demás, desde Irak hasta la economía, los estadounidenses confían más en los demócratas; y el 53% preferiría que controlasen el Congreso, según Newsweek).

Con estos datos, la ofensiva republicana se basa en una palabra: seguridad. La estrategia, trazada milimétricamente por Karl Rove y el núcleo duro de la Casa Blanca, es evidente: usar su única ventaja y envolver la guerra de Irak en la lucha contra el terrorismo. ¿Cómo? Con frases como ésta de Bush: "Si abandonamos el combate en las calles de Bagdad, nos enfrentaremos a los terroristas en las calles de nuestras ciudades".

Después de cuatro discursos preparatorios, el presidente está en la recta final de la rampa de lanzamiento: ayer depositó una corona de flores en la zona cero; esta mañana está con los bomberos y policías de Nueva York; a mediodía pondrá flores en el lugar de Pensilvania en el que se estrelló el vuelo 93 de United; después hará lo mismo en el Pentágono. Es la primera vez, desde 2002, que recorre los tres escenarios. Por la noche, a la hora de máxima audiencia, lanzará un mensaje a la nación desde el Despacho Oval.

¿Funcionará? Faltan ocho semanas, y son legislativas: los factores locales y personales cuentan. Precisamente por eso, y para contrarrestar el objetivo demócrata del referéndum sobre Bush, los republicanos -según The Washington Post- van a personalizar las campañas locales investigando el historial de sus adversarios e invirtiendo fuertes cantidades de dinero en publicidad negativa: "La investigación es clave para definir a los adversarios", dice al diario Thomas Reynolds, presidente de los republicanos en el Congreso. Los demócratas tienen poderosas armas -Irak, Katrina, el hartazgo con un congreso inútil, la impopularidad de Bush-, pero deben evitar que su oposición a la guerra sea calificada de derrotista -defeatocrats, según el término del portavoz de la Casa Blanca- y resolver las dudas sobre su ausencia de una alternativa única y coherente.

    

Publicado en el diario EL PAIS el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


Entrevista con supervivientes del ataque al pentágono: "Hay que ceder algo de libertad para luchar contra el terrorismo" 

  

Washington - Betty Maxfield, demógrafa, conmemora este quinto aniversario de los atentados con la voluntad de no quedar apresada en los recuerdos. "Ahora no me preocupo tanto por lo que pasó en Nueva York y Washington, no me detengo a analizar lo que ocurrió ni cómo, sino que me dedico a ver qué hay que hacer hoy y dónde quiero llegar en el futuro". La preocupación de buena parte de los estadounidenses tiene que ver con la posibilidad de que, tarde o temprano, haya otro 11-S. "Creo que hay que mantener una seguridad elevada en vuelos internacionales, seguir con ciertos niveles de alerta, pero no pienso que vaya a ocurrir otro ataque como el de 2001. Que no lo crea no quiere decir que no sea posible; desgraciadamente, hay algunas sociedades que siempre odiarán a EE UU, por las oportunidades y la libertad que gozamos".

Maxfield no está inquieta, como muchos de sus compatriotas, por las consecuencias de la cesión de libertades a cambio de mayor seguridad. "A mí me parece que hay que confiar en el Gobierno, ceder algo de libertad para luchar contra el terrorismo. Soy de los que piensan que, aunque no sea deseable, es necesario que la Administración juzgue dónde hay que establecer el equilibrio entre libertades y seguridad. Creo que muchas de las amenazas e intentos de atentado no llegan a conocerse o a realizarse gracias a la seguridad de la que gozamos".

"No debes dejar que te posea el odio porque puede destrozarte" 

   

Washington - Qawiy Sabree sabe que debería estar muerto. A las 9.38 del 11-S estaba sentado junto a varios compañeros en una oficina entre los pasillos 4 y 5 del flanco del Pentágono contra el que chocó el avión de American Airlines. "Estábamos todos reunidos viendo los atentados de Nueva York por la televisión. En ese momento yo me fui porque tenía que comentarle algunas cosas a uno de mis jefes. Cuando estaba al otro lado del pasillo, el avión atravesó la pared y todo ardió. Ese día no lo olvidaré jamás. La gente con la que había trabajado durante tanto tiempo... todas esas vidas fueron simplemente arrebatadas. Vi a muchos en llamas".

Los 80.000 litros de combustible del avión y la explosión del impacto mataron a 189 personas: 125 dentro del Pentágono y las 64 que iban a bordo del avión. Sabree, que cree que lo que ocurrió hace cinco años fue "una llamada para despertar y darnos cuenta de la magnitud del peligro", está aún obsesionado por la batalla del rescate entre llamas y escombros y por el año que pasó sumido en la labor de reconocimiento de los cadáveres destrozados. "He procurado alejarme del despecho, de la rabia, del odio, de la desesperanza. Todo eso puede consumirte. No debes dejar que te posea el odio, porque puede destrozarte. Tú puedes ser una víctima viva del 11 de septiembre y ni tan siquiera saberlo. Puedes haber fallecido ese día y no ser consciente".

  

Una entrevista de H. Cebrián publicada en el diario EL PAIS el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Las víctimas se dan cita en Nueva Cork” por Sandro Pozzi

   

Afectados por conflictos de todo el mundo buscan ideas en Manhattan para frenar la violencia

Nueva York - La capilla de San Pablo, situada al lado del vacío que dejaron las Torres Gemelas, fue durante meses el lugar al que acudieron los equipos de rescate y los familiares buscando un rayo de esperanza. Cinco años después, en ese mismo lugar, una treintena de víctimas llegadas de los cinco continentes se reunieron el pasado fin de semana con un objetivo común: canalizar la energía que genera el dolor por la pérdida de un ser querido hacia ideas para combatir el terrorismo de una forma constructiva.

Entre los participantes del encuentro -organizado por el grupo Peaceful Tomorrows, nominado en dos ocasiones para el Nobel de la Paz- hubo víctimas del conflicto entre Israel y Palestina, de la masacre en la escuela de Beslán, del genocidio en Ruanda, de la represión en Suráfrica, del terrorismo en Indonesia o en Irlanda del Norte y de las guerras en Irak o Afganistán. La voz española la puso Jesús Abril, que perdió a su hijo en los atentados del 11 de marzo. "Todos los 11 tienen el mismo sentido para las víctimas de los atentados de Nueva York y de Madrid", dice Abril. "Por eso estos días nos sentimos tan próximos a ellos".

Michael Lapsley explica que "cuando pierdes a alguien que quieres, el dolor se siente todos los días". En su caso, lo que perdió fueron sus dos manos por la explosión de una carta bomba en los años del apartheid en Suráfrica. Los aniversarios, dice, "son muy duros". Pero no tarda ni un minuto en decir que no está dispuesto a "ser prisionero del dolor, de la rabia o de la pena". "Nosotros optamos por una alternativa superior, que busca convertir a los enemigos en amigos". Y como ejemplo pone a su país, que ha pasado a ser un gran promotor de la paz.

Jody Williams, ganadora del Nobel por la campaña internacional por la prohibición de las minas, insiste en que escapar del victimismo es una elección más positiva que la de "esconderse en casa y llorar". "Se trata de transformar ese dolor y amargura que provoca la pérdida de seres queridos en acciones positivas", precisa Beatriz Abril, que acompañó a su padre Jesús en esta reunión de la que ha nacido la primera red internacional dedicada a apoyar iniciativas para el combate del terrorismo, la guerra y la violencia. "Se trata de hablar, en lugar de pelear", añade Lapsley, "la guerra es el fracaso de todas las opciones".

Robi Damelin, de origen israelí, perdió a su hijo en el conflicto que se libra en Oriente Próximo. Su mensaje es claro: "Debe entablarse un proceso de conciliación y de enseñanza para romper con esta espiral de violencia". Y destaca también el apoyo colectivo que se dan las víctimas, con independencia de su origen nacional, religioso o racial. Nadwa Sarandah, palestina, compartió atril con Damelin para decir que la "venganza causa más dolor y pena" y que los civiles, como su hermana, son los que pagan el precio más alto por esta espiral de rencor y odio. "Debemos aprender a entendernos y aceptarnos", remacha.

Para David Potorti, miembro de Peaceful Tomorrows, "la agenda política no puede ser más importante que la vida de seres humanos inocentes". Potorti pide que se aproveche este aniversario para introducir una nueva dinámica que permita abordar "las causas reales de la violencia y aportar soluciones a los conflictos".

Para ello, esta red internacional pretende entrar en contacto con académicos y universitarios, para difundir sus iniciativas. "Se trata de exponer nuestra experiencia e ideas sobre cómo creemos que se debe responder al terrorismo y la violencia", añade John Leinung, mientras recuerda que en el 11-S perdieron la vida personas de 91 países diferentes. "Nadie vive en una isla".

   

Publicado en el diario EL PAIS el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


Entrevista: Brian M. Jenkins Experto en terrorismo de la RAND Corporation: "Nuestros valores son el arsenal contra el terrorismo" 

  

Washington - Desde su autoridad nacional e internacional, Brian M. Jenkins, uno de los principales analistas de la veterana RAND Corporation (Research and Development), sugiere nuevos enfoques sobre antiterrorismo, aparte de la lucha policial y militar, y propone evitar, como dice en su libro Nación inconquistable, "reacciones exageradas", porque "lo más eficaz contra el terrorismo" es "defender las libertades y proteger nuestros valores".

Pregunta. En el quinto aniversario del 11-S, hay ansiedad por saber cómo va la guerra contra el terrorismo...

Respuesta. Somos una nación de pragmáticos impacientes y queremos ver esta guerra como las anteriores, con un comienzo y un final claros. Queremos saber cómo va nuestra inversión, qué progresos se han hecho y qué beneficios hay. Pero esto no se puede comparar con la II Guerra Mundial. Incluso grupos como la Fracción del Ejército Rojo o las Brigadas Rojas en Alemania e Italia durante los años setenta duraron más de una década, para no hablar del IRA o de ETA. Son contextos mucho más largos.

P. ¿En qué ha cambiado más el terrorismo reciente?

R. En varias cosas, algunas previas al 11-S. Una es la escalada en la violencia, especialmente la de la yihad; otra, las comunicaciones. Hace años escribí que los terroristas querían que mucha gente viera lo que hacían, no que muriera mucha gente. Ya sabían hacer bombas hace 40 años. ¿Por qué, en general, no las ponían en lugares públicos? No por limitaciones tecnológicas, sino por una contención voluntaria: querían matar, pero selectivamente; les preocupaba su cohesión interna, y no todos tenían estómago para los asesinatos. Esto, que no era ni universal ni inmutable, cambió. Hoy, los terroristas quieren que haya muchos muertos: el 11-S y la treintena de atentados posterior -Bali, Londres, Madrid- son acciones calculadas para matar la mayor cantidad de gente posible.

P. El segundo cambio era el de las comunicaciones.

R. Es, tecnológicamente, lo más significativo. Primero, el desarrollo de televisiones y satélites: la violencia terrorista está calculada para crear una atmosfera de miedo, y eso da audiencias globales. Luego, Internet les permite comunicarse con su audiencia sin filtros; pocos explotan esto tan eficazmente como la yihad. Al Qaeda está más en el ciberespacio que nosotros: hace cinco años tenían un puñado de páginas web; hoy hay cientos, y son claves para inspirar, radicalizar y reclutar a gente joven.

P. ¿Cómo se lucha mejor contra este terrorismo?

R. Hay que mantener y aumentar la coordinación policial, que funciona, porque se han desarticulado muchos intentos. Pero no es suficiente; hay que formular una estrategia más amplia, basada en el conocimiento del enemigo. Para ellos, no se trata sólo de un enfrentamiento militar: necesitan las acciones terroristas. ¿Qué sería de Bin Laden y de Al Qaeda sin sus operaciones? Nada. Con ellas atraen atención y recursos, galvanizan a su comunidad... No las ven como una competición militar, sino como una actividad misionera para radicalizar y reclutar a una parte del mundo musulmán. Por tanto, tenemos que ver la amenaza en clave del ciclo de la yihad: la radicalización, la persuasión y el reclutamiento, el planeamiento y la ejecución de las operaciones. Y luego, si no mueren, el ciclo sigue donde están detenidos. Nuestra estrategia no tiene en cuenta este ciclo, y tampoco sabemos tratar a los detenidos. Para contener y reducir este terrorismo, hay que ser más eficaz en los nuevos campos de batalla.

P. ¿Qué guerra es ésta entonces?

R. Es una guerra de mensajes, de ideas, no de tanques ni de artillería. La fuerza militar sirve mejor como amenaza que en la práctica con un enemigo con reglas muy diferentes. Es una guerra política, psicológica, y no me refiero a tratar de que EE UU sea popular; no lo vamos a ser, siempre nos van a echar la culpa de los problemas. Tampoco podemos seguir haciendo ciertas cosas: Abu Ghraib, Guantánamo, por ejemplo, no sólo por razones morales y legales, sino estratégicas, porque nada compensa el enorme retroceso sufrido al conocerse esos abusos, inmorales y contraproducentes. Tenemos que concentrarnos no sólo en las acciones terroristas, sino en la gente que va a ser reclutada, en los que ya lo están y en los detenidos; contrarrestar el mensaje que reciben, impedir el reclutamiento... y cambiar el enfoque en los interrogatorios. Sólo se les pregunta por operaciones: ¿con quién ibas a reunirte el martes para preparar un atentado el sábado? Hay que empezar a preguntarles: ¿cómo te viste metido en esto? ¿Cómo ayudaste a reclutar a otros? ¿Cómo decidís? Hay desilusionados: debemos saber por qué... Así podremos entenderles y conocer sus vulnerabilidades.

P. Abu Ghraib, Guantánamo. Hay algunos cambios significativos...

R. Estamos cambiando positivamente. En EE UU, por el miedo posterior al 11-S, hubo una peligrosa inclinación a hacer concesiones sobre nuestros valores. En recientes decisiones judiciales y en el debate en el Congreso hay un esfuerzo para enderezar la nave. Esto es extremadamente importante. Yo fui soldado; como tal, siempre soy muy cauto a la hora de emplear la fuerza militar, aunque creo que hay ocasiones en las que es útil. Pero, también como soldado, y como ciudadano, me preocupan mucho nuestros valores -la libertad, la justicia, los derechos humanos en cualquier circunstancia- porque no son cosas para tirar por la borda en medio de una tormenta, ni obligaciones que pueden romperse cuando las cosas se ponen feas. En ellos se basa nuestra fuerza. En esos momentos es cuando más los necesitamos. Si éste es un conflicto de ideas y de convicciones, los valores son parte de nuestro arsenal. Y si los abandonamos, nos desarmamos a nosotros mismos para el combate que tenemos que librar a largo plazo.

   

Una entrevista de José Manuel Calvo publicada en el diario EL PAIS el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“Los artistas empiezan a despertar” por Barbara Celis

   

David Byrne, ex líder de Talking Heads, cree que los artistas tardaron en reaccionar

Nueva York - La pintura, el cine, la literatura o el teatro se atreven a abordar temas de actualidad que la sociedad todavía no ha digerido por completo. Las artes incitan al cambio como catalizadores de la reflexión crítica. Pero el 11-S tuvo un efecto tan poderoso sobre los estadounidenses que incluso fue capaz de paralizar al mundo artístico. "Creo que hemos sido demasiado tímidos. La comunidad artística estadounidense ha tardado demasiado en reaccionar al 11-S y sus consecuencias. Pero también es cierto que era difícil hacerlo. Durante los primeros años, si hacías algún comentario crítico respecto a EE UU o la invasión de Irak, enseguida te calificaban de antipatriota". Ésta era una de las reflexiones que hacía ante este periódico, respecto al papel de la cultura tras el 11-S, el neoyorquino de adopción David Byrne, líder de los Talking Heads, uno de los grupos que revolucionaron la ciudad en los años setenta, e impulsor del sello de músicas del mundo Luaka Bop, además de fotógrafo y agitador cultural.

Él será uno de los protagonistas de un festival de cine, arte y música que se desarrollará en el sur de Nueva York esta semana y que bajo el título What comes after? Cities, art and recovery (¿Qué viene después? Ciudades, arte y recuperación) quiere darle la palabra a artistas de ciudades tan distantes como Sarajevo, Bombay o Beirut, pero que al igual que Nueva York, han sufrido un desgarro vital que las acerca entre ellas. "Antes de los atentados, Nueva York era un oasis, los artistas vivían en un mundo muy naïf que desapareció junto a las Torres. EE UU desconocía el terrorismo. Y los artistas quedaron en estado de shock. Quizá por eso también hemos sido lentos en abordar el 11-S y sus consecuencias. Es una pena que se tardara tanto en reaccionar", reconoce Byrne.

Tuvieron que llegar las elecciones de 2004 para que los artistas salieran de su catatonia. Firmaron manifiestos, escribieron canciones y ser crítico con el Gobierno se convirtió casi en una moda, aunque la sociedad aún no parece preparada para aceptarlo. El año pasado aún se producían episodios de censura artística. Las autoridades neoyorquinas cancelaban el proyecto para la zona cero del Museo de la Libertad, con el que se aspiraba a crear debate respecto al concepto y la esencia de una palabra, libertad, cuya omnipresencia en el debate político pos 11-S genera todo tipo de interpretaciones. Y también se rechazaba la sede del Museo del Dibujo porque entre sus antecedentes figuraba una exposición crítica con la invasión de Irak.

Hoy, cuando se celebra el quinto aniversario de los atentados, aún sigue habiendo en Nueva York muchas conmemoraciones artísticas de corte patriótico o nostálgico y pocas dedicadas a la reflexión. En los últimos días se han sucedido desde conciertos en parques para recordar a los muertos hasta las exposiciones que transforman en fetiche el polvo de la nube tóxica del 11-S.

El festival en el que participará Byrne es una de las escasas propuestas en las que se da voz a los creadores sin miedo a que expresen opiniones atrevidas como las que se recogerán en el libro de recetas para recuperar Manhattan More songs about buildings and food (Más canciones sobre edificios y comida), título de un disco de Byrne, quien afirma: "Hace tres años no se hubiera podido organizar este festival. Ahora la ciudad está más preparada para aceptar la autocrítica".

    

Publicado en el diario EL PAIS el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


“La hidra” por Andrés Ortega

   

Cinco años después del 11-S, Al Qaeda ha mutado. De base (el significado de su nombre) pasó a un sistema de franquicias o incluso a una metástasis de este terrorismo yihadista por el mundo entero, y especialmente en Europa. Para hacer daño, a lo que quede de centro en Al Qaeda no le hace falta siquiera organizar nada, aunque probablemente algo haga. Al Qaeda se ha convertido esencialmente en una ideología de odio, acrecentado por los excesos de la guerra contra el terrorismo de Bush, incluida la guerra de Irak que nada tuvo que ver en su origen con el 11-S pero que ha logrado hacer de ese país la mejor escuela mundial de terroristas. Y así su mortal hálito ha llegado a yihadistas locales, autofinanciados e incluso nacionales, como se vio en Casablanca, Bali, Madrid y Londres, entre otros lugares.

La forma en que se ha perseguido a Al Qaeda le ha llevado a cambiar de forma. Como la hidra a la que en cada cabeza cortada le crecían dos (habiendo una inmortal que fue la que acabó consiguiendo Heracles), Al Qaeda ha ido generando tentáculos; o mejor dicho, éstos se han autogenerado. Aunque Bin Laden siempre fue reticente a usar personalmente medios electrónicos para no delatar su posición (pero sí la televisión e Internet para difundir sus mensajes), su organización supo utilizar a fondo las oportunidades de los nuevos medios: móviles, la Red, correos electrónicos, y transferencias financieras. El seguimiento de estos rastros por los servicios de inteligencia de Estados Unidos y otros países permitió durante un tiempo tras el 11-S, éxitos notorios en la lucha antiterrorista. La inteligencia de señales y de finanzas dio resultados. Incluso la humana, con algún topo. Pero Al Qaeda y muchos de los otros grupos, o grupillos, yihadistas se percataron de ello, y al saberse vigilados volvieron a usar los contactos más personales y el envío de fondos físicamente o a través de la hawala, la red financiera informal musulmana, para trasladar dinero.

En su libro The one percent doctrine, un ensayo esencial para saber qué pasó en la Administración de Bush, Ron Suskind cita a un alto funcionario americano de inteligencia que se sorprendió de que los terroristas hubieran tardado tanto en reaccionar. Pero han reaccionado, han evolucionado y la lección a sacar es que "con un enemigo adaptable y paciente, una victoria a veces crea el siguiente conjunto de retos". En estos estamos.

Es una visión menos triunfalista que la que sugiere el reciente informe de la Casa Blanca sobre la Estrategia nacional para combatir el terrorismo (www.whitehouse.gov/nsc/nsct/2006/) que sólo menciona una vez a Bin Laden -para recordar que venía de una familia pudiente-, olvidando que cinco años después la cabeza central de la hidra sigue viva. La Casa Blanca rebaja la amenaza de Al Qaeda que considera que ha logrado degradar "capturando a sus jefes clave, suprimiendo santuarios e interrumpiendo sus líneas de apoyo", para concluir que "América está más segura, pero no estamos aún seguros". ¿Está el resto del mundo más seguro? No, justamente porque ha surgido ese "movimiento transnacional de organizaciones extremistas" que menciona el informe. Este terrorismo se ha movido hacia otros puntos, sea Irak, Afganistán, Atocha, o el metro de Londres, aunque las últimas alertas de este verano indican que la amenaza real o virtual contra EE UU sigue.

Al Qaeda, como centro, como organización, puede seguir siendo importante, según un estudio de Bruce Hoffman de la RAND. Podemos descubrirlo cuando sea demasiado tarde. Sigue funcionando como base al menos desde las montañas de Afganistán y Pakistán. Es gente que planea sus atentados sin prisa, aunque cada vez lo tengan más difícil. Las medidas de protección contra, y persecución de, este tipo de terrorismo son necesarias, pero no suficientes. La seguridad total no es posible. Y para acabar con esta hidra se necesitarán otras iniciativas globales y locales; y muchos Heracles.

   

Publicado en el diario EL PAIS el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


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