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Cinco Años Después: El 11-S en EL MUNDO

Por Sin Pancarta - 11 de Septiembre, 2006, 21:45, Categoría: 11-S de 2006

EL MUNDO tampoco destaca por la defensa de la respuesta americana a lo que sin duda ha sido el mayor ataque que se recuerda desde Pearl Harbor. El antiamericanismo es una de las características del pueblo español (tanto de izquierdas como de derechas) y aún más acentuado en la Prensa Española. Nunca lo he entendido pero la realidad lo demuestra. Por ejemplo encontramos a Felipe Sahagun que lleva décadas en televisión española como supuesto experto en política internacional, es profesor de Relaciones Internacionales en la Complutense, miembro del Consejo de Redacción de EL MUNDO desde su fundación y como mérito sólo se me ocurre el más espantoso de los ridículos en forma continuada. Recuerdo sus interminables programas en las noches durante la Primera Guerra del Golfo, con el tal Piris largando discursos sin sentido sobre la imposibilidad de la guerra, de la invasión terrestre, los cientos de miles de muertes que habría en el bando occidental, etc… Recuerdo la última noche electoral en Estados Unidos cuando este experto estaba explicando las razones por las que Kerry ganaría en el Estado Florida justo en el momento en que su compañero Sacaluga le interrumpía para anunciar que el Partido Demócrata había aceptado la derrota en Florida. De otro lado también podemos conocer la opinión de Estados Unidos a través de su embajador en España. Algo es algo.


"EEUU no está ganando la guerra" (Editorial de EL MUNDO)

   

Cinco años después de los atentados del 11-S, ni los neoconservadores que en el primer mandato de Bush diseñaron la estrategia de respuesta se atreven a calificar de éxito los resultados. Afganistán, supuestamente la primera victoria sobre Al Qaeda, sigue en tablas y empeorando, con más de 1.000 muertos y 40 atentados suicidas desde enero a causa de la complacencia de Pakistán, el dinero del opio y la escasa ayuda recibida para reconstruir el país.

Irak, la segunda batalla de la «larga guerra contra el terrorismo» declarada por Bush a las pocas horas del 11-S, es un desastre que ha reforzado la influencia de Irán en Oriente Medio y ha sustituido a Afganistán como caldo de cultivo, formación y reclutamiento de yihadistas, dispuestos a alimentar la hostilidad hacia Occidente. EEUU no ha sufrido un nuevo ataque en su territorio, pero los atentados y el número de víctimas se han multiplicado en Europa y Asia, y nadie duda de que un nuevo 11-S, igual o más destructivo que el de 2001, es sólo cuestión de tiempo. El liderazgo de Al Qaeda tal vez haya sido diezmado, pero sus principales dirigentes siguen en libertad, preparando nuevos atentados.

Aparte de la invasión de Irak, otros errores cometidos por la Administración Bush desde el 11-S han sido confundir un método violento y cruel -el terrorismo- con el enemigo a batir, dar prioridad a la fuerza militar en una lucha que sólo se puede ganar en el terreno de la inteligencia, y despreciar e ignorar la legalidad estadounidense e internacional. Con los gastos militares dedicados a esta misión, multiplicados por dos en cinco años, se podrían reconstruir varias veces Afganistán e Irak.

El Supremo estadounidense puso en junio a la Casa Blanca en su sitio declarando ilegal el centro de detención de Guantánamo, pero la semana pasada, tras reconocer la existencia de las cárceles secretas, Bush pidió al Congreso autorización para crear tribunales militares con el fin de juzgar a los detenidos en esos centros.

Lo mejor en la lucha contra el terrorismo islamista ha sido el reforzamiento de las fuerzas de seguridad y de la cooperación entre las policías y los servicios secretos de los aliados, pero queda mucho por hacer. La Comisión parlamentaria del 11-S, en su primera revisión, suspendió a Bush. Cien expertos en política exterior, preguntados por la revista Foreign Policy, concluyen que «no estamos ganando la guerra». La descoordinación, ineficacia e incompetencia de Gobiernos y servicios de seguridad que la Comisión y los expertos encontraron en EEUU se repiten en las investigaciones del 11-M en España y del 7-J en el Reino Unido, aunque los europeos tendemos a ver mejor la paja en el ojo estadounidense que la viga en el propio.

   

Editorial publicado en el diario EL MUNDO el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"La 'rentabilidad' de los ataques de Al Qaeda" por Pablo Pardo

   

WASHINGTON.- Una bendición del cielo. Eso supuso el 11-S para las economías de Nueva York y, sobre todo, de Washington. Ambas han ganado población, aumentado su atractivo para las empresas y, en el caso de la capital de EEUU, vivido el mayor boom económico del último medio siglo.

Las causas de la expansión son diferentes, aunque las dos se han beneficiado de ser lo que la socióloga danesa Saskia Sassen denominó en 1991 «ciudades globales». Eso significa que ambas están bien comunicadas y concentran a población altamente cualificada, es decir, algo que el politólogo Richard Florida -quien, precisamente, vive en Washington- denomina la «clase creativa».

Aunque cada una tiene sus peculiaridades. En Washington el 27% de la población tiene el mismo empleador: la Administración federal. Por ello, la ciudad se ha visto enormemente favorecida por la política económica de George W. Bush, que encontró en los atentados de Al Qaeda la excusa perfecta para gastar dinero a mansalva.

Desde que el actual inquilino de la Casa Blanca llegó al cargo, en 2001, el gasto público ha crecido en términos reales, es decir, descontada la inflación, un 42%, lo que sitúa a Bush más cerca de un socialista francés -a pesar de que la comparación horroriza al presidente- que de un liberal.

Nueva York, por su parte, vive una era dorada no gracias al 11-S, sino a pesar de los atentados. Los 2.626 muertos de las Torres Gemelas no han frenado la que puede ser la mayor expansión económica de la ciudad desde la década de los 60.

Por el motivo que sea, lo cierto es que el PIB de Washington y Nueva York ha crecido respectivamente un 13% y un 12,5% más que la media de EEUU desde los atentados. Más espectacular es el aumento de población de la capital -un 5,3% más que en 2000, la mayor subida desde los años 50-. Aunque, a cambio, el precio de la vivienda se ha disparado un 110% en estos años.

Nueva York también tiene burbuja -sólo el año pasado los precios de la vivienda subieron el 30%-, aunque su aumento de población -apenas del 1,2%- tiene más mérito porque la ciudad está en un estado que pierde habitantes. Pero la clave del resurgimiento son las 44 empresas allí establecidas incluidas en el ránking de las 500 primeras del país, según la revista Fortune. En 2002 eran sólo 40, lo que insinúa que la ciudad ha acabado con la decadencia iniciada hace tres décadas, marcada por la huida masiva de empresas a otros estados con costes laborales e inmobiliarios menores.

Nueva York y Washington pueden presumir de haber sobrevivido sin problemas a la carnicería: cinco años después del 11-S es el estancamiento del precio de la vivienda, y no Al Qaeda, lo que amenaza el futuro económico de las dos urbes.

   

Publicado en el diario EL MUNDO el sábado 9 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"Usted y el mundo después del 11-S" por Javier Marias

    

Usted, señor empleado de banco, pasó ayer mala noche y se hubiera quedado una hora más en la cama, tras conseguir dormirse por fin cuando ya amanecía, pero no puede poner en riesgo su puesto por tonterías, así que se ha levantado y está, atendiendo a clientes con mucho cansancio.

Usted, señor fontanero, se ha presentado temprano para la primera reparación del día. Le esperan cuatro más por lo menos, si no le llegan imprevistos o urgencias. Qué lejos le queda la hora de volver a casa.

Usted, señora de la limpieza, madrugó demasiado como cada mañana. Siempre se pregunta si no sería mejor pasarse al turno de noche y hacer su tarea cuando las oficinas han concluido sus actividades, pero le parece más deprimente afanarse con oscuridad y con luz eléctrica. Ahora sabe al menos que dentro de un rato llegarán los demás y le darán los buenos días, y asiste al fresco inicio de la jornada, no a su melancólica clausura.

Usted, señora empresaria, pone todavía ilusión en sus despertares. Al fin y al cabo está en pleno esfuerzo por asentarse en el mercado, y por vez primera en su vida es su propia jefa y puede tratar bien a sus empleados. No en balde fue una asalariada más hasta hace tan sólo un año, así que no le cuesta tanto darse sus madrugones para preparar a los niños y llevarlos hasta el colegio antes de abrir el despacho. Le gusta estar allí antes que sus trabajadores.

Usted, señor camarero, está en esta cafetería de paso, aunque ya lleve aquí dos años, y prefiere empezar temprano para poder asistir por la tarde a las clases de actuación. Sabe que en acarrear bandejas lo han precedido muchos de los más insignes y famosos actores, y que también le llegara su oportunidad un día.

Usted, señora guionista de series de televisión, ha descubierto que el desempeño de este oficio que la entusiasmaba tanto tiene poco de romántico y aún menos de bohemio, una vez que ha entrado en la industria, ya que debe cumplir horarios y entregar a diario un número invariable de páginas, aunque muchas no valgan. Pero pese a todo llega de buen humor a los estudios siempre, hace lo que le gusta y a veces ve sus diálogos en las pantallas, y oye que la gente los disfruta.

Usted, señor jubilado, ha pasado una agradable semana en la ciudad en que vive su hija casada, y ahora ha cogido el avión de vuelta en compañía de su nieto, al que se lleva unos días para que la madre y el padre, su hija y su yerno, viajen a Londres, París y Roma, porque no habían podido ausentarse durante el verano.

Y usted, señora telefonista, salió anoche con un joven recién conocido y que parece encantador, terminó la velada demasiado tarde para un día laborable y está que se cae de sueño, pero la ensoñación lo combate y se pasará las horas esperando a ver si él la llama, así que el día se le presenta lleno, más que otros, porque nada los llena tanto como la espera de algo, y al despedirse se besaron.

Pero ustedes no saben -ninguno podría saberlo- que un avión comercial va a estrellarse contra el edificio que todos comparten, ese avión en que viaja usted con su nieto, señor jubilado. Ni que una hora más tarde se hundirá el rascacielos como si fuera arena, con todos ustedes dentro.

Ya no madrugarán, no se harán ilusiones ni lanzarán más maldiciones. Cada vida individual cesará.

Hoy, cinco años después del desplome de las torres, ustedes son nosotros. Los recientes arrestos de terroristas en Inglaterra y Pakistán -por otro ataque planeado de terror en el aire- lo hacen evidente nuevamente. Y es que todos somos vulnerables a ataques como los que han sacudido a Bagdad, Bali, Beirut, Madrid, Londres, Mumbai e innumerables otros lugares desgarrados por la guerra y el terrorismo. Todos nosotros vivimos bajo esa sombra.

¿Qué tienen que ver ustedes con unos árabes fanatizados? Y sin embargo, ellos se matan con tal de matarlos a ustedes y a millares más como ustedes, que no les han hecho nada ni han sabido de su existencia, que pone fin a la suya.

Para ellos no hay vidas individuales, y así no dudan en acabar con todas, una, dos, tres, cuatro... Cuánto tardaremos en contar hasta cinco mil o 10.000, quizá 20.000 o más.

A estos hombres sólo les lleva un segundo, porque todas les son abstractas y equivalen a un número, y mejor cuanto más alto.

Es sintomático de nuestros tiempos: una línea en un artículo noticioso acerca de la vida en Bagdad, y cómo un hombre llama a su esposa repetidamente a lo largo del día para que ambos puedan asegurarse de que los dos están vivos.

Aquí en Madrid, más de dos años después de los ataques ferroviarios, no sentimos como si estuviéramos en guerra. Las calles, los restaurantes, los bares y los trenes subterráneos están tan repletos como siempre. Para la mayoría de nosotros, sin embargo, no pasa un día sin que recordemos a las víctimas de los ataques, con dolor y la aguda conciencia de que el azar, el destino y la suerte siguen siendo tan importantes hoy como siempre lo han sido en la vida humana.

Uno vive y acepta los momios. No hay justificación, ni razón por la que las víctimas no vivieron para ver el final de esta jornada o la segura llegada del amanecer. Y ninguna razón para que usted -y yo, y todos aquellos que están viviendo- nunca tengan posibilidad alguna de ser felices, o que pierdan la esperanza.

   

Publicado en el diario EL MUNDO el sábado 9 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"Los enigmas del día que se tambaleó América" por Carlos Fresneda

   

¿Por qué nunca aparecieron las cajas negras de los dos aviones que se estrellaron contra el World Trade Center? ¿Por qué se informó que el cuarto avión había aterrizado en Cleveland? Un lustro después de los ataques contra Nueva York y Washington, éstas y otras cuestiones obsesionan a casi la mitad de los estadounidenses, que recelan de la 'verdad oficial' de la Administración Bush y le exigen que no oculte evidencias

NUEVA YORK.- Como si fuera un rosario, William Rodríguez se cuelga al cuello su llave milagrosa: «Aquí donde la ves, sirvió para salvar 11 vidas el 11 de Septiembre. Los bomberos estaban perdidos intentando salir de la Torre Norte: con esta llave maestra logramos abrir puertas y más puertas hasta escapar a tiempo del infierno».

William Rodríguez, puertorriqueño, 45 años, 20 de ellos sacando brillo a las Torres Gemelas, vuelve ahora al lugar de autos con su viejo carné de empleado de la limpieza. Fue uno de los últimos en salir con vida de la Torre Norte, y uno de los primeros en hablar de la explosión. «Yo escuché una fuerte detonación en el sótano. Estoy seguro de que las Torres no se vinieron abajo por el impacto de los aviones. Posiblemente había explosivos dentro y por eso cayeron como cayeron. Esto lo dije en la Comisión del 11-S, pero borraron mi testimonio».

A Rodríguez le hicieron héroe, aunque él se fue desmarcando poco a poco del abrazo oficial. «Nos han mentido desde el principio. Estoy convencido de que el Gobierno auspició los ataques para justificar la guerra y consolidar su poder».

Las sospechas de Rodríguez son más o menos compartidas por el 42% de los americanos, que considera que la Administración Bush ha ocultado evidencias, ha intentado encubrir la verdad o se ha negado a investigar a fondo los atentados, según una encuesta de Zogby.

En la era de internet, las teorías conspiratorias circulan como la pólvora, al encuentro de la curiosidad insaciable y del recelo contra la verdad oficial. Sólo así se explica el éxito de Loose Change, la película casera sobre los misterios del 11-S, el bombazo más sonado de los últimos meses en la red.

«El 11-S es el JFK de nuestra generación», asegura el productor de 23 años Korey Rove, que sirvió como soldado en Afganistán e Irak y se pasó a las filas de su amigo Dylan Avery, el imberbe director. Con 6.000 dólares de su bolsillo y con la ayuda de un investigador de 26 años, Jason Bermas, Avery ha conseguido que más de 20 millones de compatriotas se hagan tantas preguntas como él:

¿Por qué nadie ha dado crédito a los testigos que aseguran haber escuchado explosiones? ¿Por qué nunca aparecieron las cajas negras de los dos aviones que se estrellaron contra el World Trade Center? ¿Por qué se ocultaron las imágenes del atentado contra el Pentágono? ¿Por qué se informó que el cuarto avión había aterrizado en Cleveland? ¿Por qué se transfirió al secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, la potestad para ordenar la destrucción de aviones secuestrados en junio de 2001? ¿Cómo pudo el Gobierno ignorar tantas señales?

Korey Rove, el productor de Loose Change, intervino ayer en el púlpito de la iglesia neoyorquina de St. Marks, convertida en algo así como la cripta de los conspiracionistas. Allí, bajo la bendición del cura Frank Morales, se reúnen todos los domingos un largo centenar de miembros de la asociación '9/11 Truth', creada hace un año para galvanizar un movimiento que se extiende ya por todo el país.

El líder neoyorquino del grupo es un programador informático, Les Jamieson, que está convencido de que los atentados fueron un «trabajo interno» y que ha convertido la verdad en su causa política. «No somos conspiracionistas, sino ciudadanos comprometidos que no pueden quedarse de brazos cruzados. No olvidemos que el presidente Bush se negó a la creación de la Comisión del 11-S, y cuando por fin cedió a las presiones nombró nada menos que a Henry Kissinger, y hasta el último momento obstaculizó la investigación».

La visibilidad del movimiento por la verdad del 11-S es tal que el Gobierno ha tenido que contraatacar utilizando las mismas armas en internet. La semana pasada, el Instituto Nacional de Criterios y Tecnologías (NIST) colgó en su web un cuestionario rebatiendo uno por uno los misterios del 11-S.

«La investigación que se llevó a cabo fue la más compleja nunca habida sobre el colapso de un edificio en la historia», alega el portavoz del NIST, Michael Newman. «Las conclusiones oficiales están respaldadas por los mejores ingenieros, por simulaciones de ordenador y por 236 piezas de acero recuperadas que nos permitieron reconstruir la caída como consecuencia del impacto de los aviones».

Después de la avalancha de libros conspiracionistas (El Nuevo Pearl Harbor, de David Ray Griffin; Guerra a la libertad, de Nafeez Mosaddeq Ahmed), le llega el turno a ediciones especiales para popularizar la versión oficial, como el cómic del Informe del 11-S de Sid Jacobson y Ernie Colón. El último tanto de los anticonspiracionistas se titula Desmontando los mitos del 11-S, una investigación de los periodistas de Popular Mechanics, espoleados en el preámbulo por el senador John McCain: «Las teorías conspiratorias son una distracción de las lecciones apropiadas del 11-S. Es imperativo afrontar lo que ocurrió, y los hechos demuestran que estas historias están basadas en malentendidos, distorsiones y mentiras descabelladas».

   

Publicado en el diario EL MUNDO el sábado 9 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"Las víctimas olvidadas del 11 de Septiembre" por Carlos Fresneda

   

Un total de 8.000 trabajadores con problemas de salud han demandado a las autoridades de EEUU por mentir sobre la nube tóxica del 11-S. Aseguran que nadie les advirtió de los riesgos reales que conllevaba estar en los alrededores de la 'zona cero' después del ataque a las Torres Gemelas. Según los expertos, el atentado fue «el equivalente a docenas de factorías de amianto, varias plantas incineradoras y un volcán»

NUEVA YORK.- La hermana Cindy Mahoney salió rauda del convento, se metió en una ambulancia y enfiló hacia las Torres Gemelas cuando aún estaban en pie. Ayudó a sacar a los últimos supervivientes y rescató cadáveres calcinados. Pasó la noche entre las ruinas humeantes y allí se quedó durante seis meses, irradiando energía y jovialidad entre los voluntarios de la Cruz Roja. Los medios la bautizaron como el ángel de la Zona Cero.

Cinco años después, a los 54, la hermana Cindy Mahoney agoniza en un hospicio de Carolina del Sur, afectada de asma, obstrucción pulmonar crónica y reflujo gastroesofágico. No puede hablar y sigue viva gracias a un respirador artificial. Los médicos aseguran que le quedan días o semanas. Su amigo, el Padre Scotty, le acaba de dar la extrema unción.

Pero la hermana Mahoney no quiere dejar este mundo en vano y ha elegido un albacea, David Worby, para que su autopsia pueda ser usada como prueba irrefutable: la nube tóxica del 11-S era letal.

«La gente está muriendo por el aire envenenado de la Zona Cero», asegura David Worby, el abogado que representa a 8.000 trabajadores en el pleito legal colectivo contra las autoridades locales y federales. «Llevamos tres años diciéndolo, reclamando asistencia sanitaria y compensaciones para los 40.000 trabajadores que estuvieron expuestos a la nube tóxica y para los vecinos que volvieron antes de tiempo. Pero el Gobierno y el Ayuntamiento no han hecho otra cosa más que mentir y dar la espalda a los afectados».

A los tres días del 11-S, la Agencia de Protección Ambiental (EPA) estipuló que el aire del Bajo Manhattan era «seguro para respirar». Meses después, la inspectora general de la EPA, Nikki Tinsley, reconoció que no existían suficientes datos para certificar el regreso «seguro» a la Zona Cero.

Como en el caso del cambio climático, las recomendaciones de la EPA fueron retocadas por el Consejo de Calidad Ambiental de la Casa Blanca, acusado ahora de minimizar los riesgos de la nube tóxica para poder reabrir cuanto antes el distrito financiero.

Expertos como el doctor Thomas Cahill, de la Universidad de California, dicen que el polvo resultante de la caída de las Torres Gemelas fue una amenaza persistente para la salud en un radio de kilómetro y medio durante más de un mes tras los ataques. En palabras de la doctora Marjorie Clark, «el 11-S fue el equivalente a docenas de factorías de amianto, varias plantas incineradoras y un volcán».

El abogado David Worby asegura que puede documentar al menos 23 muertes de trabajadores por exposición directa al polvo del World Trade Center. Entre ellas, la del policía James Zadroga, 470 horas al pie de la Zona Cero, muerto a los 34 años por una enfermedad pulmonar, al igual que el bombero Félix Hernández, fallecido a los 31. Otro bombero, Timothy Keller, murió en junio a los 41 por una afección cardiovascular, agravada con un enfisema y una bronquitis crónica que le impedía subir las escaleras.

David Worby recuerda cuando la hermana Cindy Manhoney, el ángel de la Zona Cero, se desplomó en la puerta del Hospital Mount Sinaí, hace seis meses: «Ese día empezó su declive. Como tantos otros, estuvo arrastrando las dolencias hasta que no pudo más. Como tantos otros, trabajó durante meses sin apenas protección, porque nadie le había advertido de los riesgos reales».

Ahora, cinco años después, el Hospital Mount Sinaí certifica que el 70% de los trabajadores de la Zona Cero han desarrollado «nuevas enfermedades respiratorias». De los 16.000 examinados, el 59% está todavía en tratamiento y el 28% sufre graves problemas pulmonares. Las neumonías se han disparado y los casos de amianto y cáncer de pulmón irán a más en los próximos años.

«No tiene por qué haber ya más dudas sobre los efectos en la salud del World Trade Center», ha asegurado el doctor Robin Herbert, en el momento de presentar el alarmante estudio. «Nuestros pacientes han inhalado sustancias altamente tóxicas y pueden sufrir las consecuencias el resto de sus días».

John Sferazo, herrero de profesión, 51 años, alcanzó el micrófono para contar su caso: «Llegué a la Zona Cero el 12 de septiembre y estuve buscando supervivientes. Los perros de la policía llegaban desgarrados y medio muertos. Nosotros acabábamos la jornada en estado de devastación total. Primero sufrí estrés postraumático, ansiedad, depresión. Los problemas respiratorios vinieron después y, finalmente, la sinusitis crónica».

Sferazo toma 26 medicamentos que le cuestan casi la mitad de su pensión, de 1.400 dólares (1.100 euros): «Lo que me ocurre es perfectamente verificable. Somos las otras víctimas del 11-S y necesitamos ayuda. No sé qué más pruebas necesita la Administración Bush para admitir que estamos ante un gran problema sanitario».

Le tomó la palabra John Feal, 39 años, experto en demoliciones, que perdió medio pie cuando le cayó una viga encima y ha pasado por 32 operaciones en estos cinco año: «Antes del 11-S tenía la salud de un roble y el buen humor de un payaso. Ahora soy un tipo solitario, con estrés postraumático, hernia de hiato, reflujo esofágico y el pulmón derecho totalmente averiado. Me dejaron fuera del Fondo de Compensación de las Víctimas; necesito que alguien me ayude».

Las mismas súplicas en español y amplificadas por los altavoces («¡Luchamos por nuestra salud!») las escuchamos esta semana en la esquina de Liberty y Church Street, a los pies de la Zona Cero. Decenas de inmigrantes hispanos sin papeles, trabajadores de la limpieza y víctimas invisibles de la nube tóxica, dieron la cara ese día para «demandar reparaciones».

«Nosotros somos los que hicimos el trabajo sucio y así nos lo agradecen», dice el ecuatoriano Iván Tablada, 34 años, afectado de bronquitis. «Como en Nueva Orleáns, acudimos los primeros y trabajamos en condiciones infames, siete días a la semana.Nuestros contratistas se esfumaron y nos dejaron sin seguro y sin protección».

Illiana Sánchez, colombiana de 38 años, exhibía la foto que certificaba las condiciones precarias en las que estuvo trabajando en un sótano junto a la Zona Cero: «Acá estuve cinco meses, sin más protección que un mono que nos daban y una mascarilla de papel, de ésas de a dólar que vendían en las esquinas y que no servían de nada. Ahora tengo problemas en los tiroides, jaquecas, alergias, insomnio... Estoy en un programa en el Hospital Bellevue, pero en diciembre se nos acaba la ayuda y no tenemos seguro médico».

Alberto Mela, de 47 años, también colombiano, muestra las erupciones en sus brazos y asegura tener síntomas de neumonía: «Todo empezó con la tos de la Zona Cero, a los 10 días de trabajar aquí. Al principio no le dimos importancia, porque decían que el aire era seguro. Pero en el polvo había amianto, plomo y fibras de vidrio».

Las víctimas olvidadas del 11-S son cada vez más visibles, gracias a la labor de asociaciones como Beyond Ground Zero (Más Allá de la Zona Cero) o la Organización Ambiental del World Trade Center, defendiendo los derechos de los habitantes del Bajo Manhattan.

Los vecinos tomaron la iniciativa y fueron los primeros en denunciar a la Agencia de Medio Ambiente en una demanda colectiva en marzo de 2004. Los denunciantes acusaron a la entonces directora de la EPA, Christine Todd Whitman, por su «indiferencia deliberada hacia la salud humana».

«Como resultado de las mentiras de la EPA, el Bajo Manhattan se reabrió antes de tiempo como una demostración de fuerza ante los terroristas», asegura Jenna Orkin, una de las fundadoras de la Organización Ambiental del World Trade Center. «Cuando los vecinos entramos en nuestras casas, aquello parecía Pompeya.Nosotros mismos tuvimos que remover toneladas de basura tóxica, sin que nadie nos advirtiera del riesgo», añade.

Como tantos otros vecinos de la Zona Cero, Jenna Orkin se pasó al activismo político: «¿Sabía Bush cuál era la calidad del aire en el Bajo Manhattan? Y si no lo sabía, es responsable por su política de no preguntar y no saber».

El hijo de Jenna Orkin estudiaba en el celebérrimo Stuyvesant High School. Según Orkin, la reapertura prematura del instituto, sin haber limpiado siquiera el sistema de ventilación, trajo el resultado que muchos se temían: el 60% del personal sufrió trastornos respiratorios. Los padres, entre tanto, denunciaron un alarmante aumento de los casos de asma, alergias, sinusitis y «bronquitis químicas».

Los padres de las escuelas del Bajo Manhattan han librado un pulso, en los últimos años, con el Departamento de Educación, para hacer un estudio de la población infantil y evaluar los riesgos a medio plazo. Pero el Ayuntamiento de Nueva York, acuciado por las prioridades económicas, ha relegado a segundo plano el impacto en la salud de vecinos.

El alcalde Michael Bloomberg reaccionó esta misma semana al estudio del Mount Sinaí con una frase para la posteridad: «No creo que se pueda decir específicamente que un problema particular es atribuible a este suceso particular». Aun así, anunció la creación de un Centro de Salud Ambiental del World Trade Center en el Hospital Bellevue, financiado con dinero público y con capacidad para atender a 6.000 pacientes.

Entre tanto, la senadora Hillary Clinton, que presionó para que el Gobierno destinara 52 millones de dólares (41 millones de euros) al tratamiento médico de los trabajadores de la Zona Cero, ha sacado partido a la polémica: «El aire después del 11-S era tan denso que no se podía casi ni ver, y no digamos respirar.Una vez más nuestro Gobierno no nos ha dicho la verdad».

    

Publicado en el diario EL MUNDO el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"Colors, un restaurante nacido de las cenizas" por Julio Valdeon Blanco

    

NUEVA YORK.- Windows of the World no fue el mejor restaurante del planeta. Tampoco impuso modas. Sin embargo ocupaba una de las plantas superiores del World Trade Center. Fue el restaurante situado a mayor altura de Estados Unidos. Facturaba 37 millones de dólares anuales. Empleaba a 500 trabajadores. Los ojos de los comensales iban del foie al precipicio. Ejercía como metáfora de la ciudad. Fue barrido el 11-S. Murieron 2.749 personas, 76 empleados del restaurante. Los supervivientes terminaron sin empleo. Los más audaces montaron una cooperativa. Tras recurrir a Restaurant Opportunity Center (organización fundada a raíz del atentado que busca garantizar los derechos del trabajador), reunieron dos millones de dólares. Abrieron un nuevo local: Colors.

«Los compañeros del Windows que trabajaron aquel día murieron, muchos de los que libraban están con nosotros» susurra el mejicano Oscar Galindo. «Yo trabajaba cinco bloques más al sur. Nuestra jefa entró en la cocina gritando. Al principio no la creímos. Cuando salí a la calle y vi aquellos dos gigantes ardiendo sentí pavor. Poco después una nube de cenizas nos tragó». Pinche de cocina en Colors, muestra un restaurante que emplea a gente de 21 naciones distintas. Aportaron recetas de sus países. Leyendo su carta cruzas el mundo: rollitos de primavera filipinos, picadillo de cerdo y arroz de Colombia, risotto de Italia, pollo con papaya de Tailandia, ensalada de carey de Haití, etcétera.

Asistir a la debacle ha concienciado a estos hombres. El sueldo medio dobla lo habitual. La cocina fue diseñada según los consejos de un experto en ergonomía. Las mesas donde cortar los alimentos, por ejemplo, quedan a una altura superior a la habitual para prevenir lumbalgias. Ningún detalle improvisado. Cada cortina o escalón han sido votados de forma democrática. Galindo comenta que ha trabajado «en muchas cocinas desde que llegué aquí. Los jefes nos robaban las propinas, algunos incluso te golpeaban. En Colors todo es distinto. Por eso debería triunfar. Más que un negocio, hablamos de una causa justa». El día del aniversario «recordaremos a nuestros muertos, que fueron muchos. Y lo haremos con la cabeza alta. Con Colors honramos su memoria».

   

Publicado en el diario EL MUNDO el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"La búsqueda de Osama bin Laden" por Christopher Hitchens

   

En la novela de Ralph Ellison El hombre invisible, el narrador habla de un profesor abrumador y autoritario, respecto del cual dice: «Podía gustarnos o no, pero nunca estaba alejado de nuestras mentes. Ése era el secreto de su liderazgo».

Durante los últimos cinco años, he estado pensando casi como un niño en edad escolar -o incluso como una niña- sobre un hombre que realmente se las arregló para convertirse en alguien invisible. Como un enamorado he tratado de leer la mente y el humor de Osama bin Laden.

He mirado innumerables fotografías de sus largos y delgados dedos y de sus ojos implorantes. Me he preguntado qué es lo que quiere, incluso qué es lo que necesita. Me he preocupado por su salud -hasta llegué a creer en un momento que podría morir- y he examinado los rumores sobre su diálisis de riñón (probablemente sin fundamentos) y de su posible síndrome de Marfan, una afección de la aorta que compartiría con Abraham Lincoln.

Conservo una camiseta donde están impresos sus rasgos. La compré en un desagradable y hostil bazar en la frontera entre Pakistán y Afganistán, mientras una flotilla de aviones de guerra estadounidenses estaba sobrevolando Tora Bora.

La pureza del odio puede ser más fuerte que la del amor. Cuando la gente habla sobre «el otro», me desagrada esa expresión, aunque conozco el significado. Para mí, Osama bin Laden es el otro. Él es el enemigo de todo lo que amo y el emblema de todo lo que odio. No puedo soportar la idea de que, cuando él muera en agonía y humillación y derrota, yo no estaré presente para vigilar el cambio de sus expresiones y verlo vaciar la amarga taza completa de la vergüenza.

Estoy bromeando. Es una desgracia que una nación crecida, civilizada y poderosa como la nuestra, pueda entrar en espasmos de pánico frente al espectro de un ser tan morboso. Osama bin Laden es el villano narcisista más sobreestimado de todos los tiempos. Ni siquiera posee la fascinación de un Charles Manson. Sus balbuceos coránicos son los desvaríos de un payaso.

Cuando apareció en una verdadera batalla, se quitó la corona del martirio y huyó. Él es el niño malcriado, o posiblemente abandonado, de una dinastía vulgarmente rica, y se hizo un nombre como el operador de una deshonesta corporación multinacional que ahora se presenta con el jactancioso nombre de Al Qaeda. Él es el hipócrita jefe de una familia de delincuentes de tercera clase y, como tal, le gusta ordenar asesinatos desde una distancia segura. Es una pústula rancia en el extremo posterior de regímenes sórdidos -desde Arabia Saudí hasta Sudán y Afganistán-, con quienes ha disfrutado nada más que una relación de parasitismo. Llamarlo un guerrillero o un insurgente es un insulto a la bravura de héroes populares del pasado. La mayoría de sus víctimas han sido sus propios compañeros musulmanes, y sus peroratas contra todos los cristianos, todos los judíos, todos los hindués y todos los secularistas lo condenan a una eventual irrelevancia y derrota, como también a la desgracia.

Nosotros le estamos haciendo un favor a Bin Laden al especular de manera febril sobre su paradero. Su mística tiene que ser disminuida, no mejorada, por el hecho de que se ha transformado en un fugitivo. Es mortificante darse cuenta de que él se incubó adentro, no afuera, del perímetro de nuestras supuestas alianzas, y que probablemente todavía disfruta de un cierto grado de protección por parte de los altos círculos de Arabia Saudí y Pakistán. Pero la confrontación con los guerreros santos era inevitable con él o sin él. Si él fuera a ser capturado ahora por la fuerzas estadounidenses, y si no fuera por la necesidad de hacer justicia a todas las víctimas del 11 de septiembre de 2001 -y las de las instalaciones de Naciones Unidas en Bagdad, y a los visitantes australianos de Bali, y a los españoles en Madrid-, yo preferiría verlo confinado de por vida en un pequeño pueblo en Alaska o Montana o en el norte de Nueva York, o en algún sector rural de Virginia, con una radio de onda corta en la cual pueda continuar entregando sus sermones. Rápidamente aprenderíamos -como lo hicimos con el patético Zacarias Moussaoui- a superar los asfixiantes miedos que causan esos monstruos.

Algunas veces me he permitido una inquietante reflexión adicional: ¿y si el 11 de septiembre de 2001 Bin Laden nos hizo a todos un favor? El pensamiento es obsceno pero hay que enfrentarlo.

Hasta esa fecha, la connivencia entre los talibán y las autoridades paquistaníes no era ni siquiera furtiva, sino cálida y sin problemas. Había incluso simpatizantes de Al Qaeda en el programa nuclear paquistaní. En otras partes del mundo, las fuerzas islámicas estaban haciendo furtivos avances desde Holanda hasta Indonesia.

Pero hace cinco años el complot «voló por los aires» y las máscaras cayeron. Y así se comenzaron a crear los anticuerpos en nuestros sistemas.

Sea donde sea que Bin Laden esté ahora merodeando y grabando sus estrambóticos mensajes, no puede ser donde soñaba estar cuando se reía tontamente frente a la vista de seres humanos saltando hacia la muerte, con sus ropas y cabellos incendiados. Y sea donde sea que esté, él continúa viviendo en el séptimo siglo. No descuidemos esta ventaja.

Mucho depende de nuestra habilidad para negar una ideología que abiertamente celebra la muerte por encima de la vida. Éste es un proyecto cultural como también militar. E impone una alta obligación. Ninguna acción cruel o precipitada debe realizarse en el costado de la vida contra la muerte. No debemos comportarnos como si estuviéramos asustados por este depravado personaje, porque el miedo es la madre del pánico y de las «medidas extremas».

Nuestros crímenes y errores son desfiguraciones, mientras que los de él son sus firmas. Pero, a diferencia de él, nosotros no estamos apurados, porque un retorno al séptimo siglo es imposible, y la derrota de sus ilusiones es segura.

Christopher Hitchens es columnista de Vanity Fair. Su libro más reciente es Thomas Jefferson: Author of America

    

Publicado en el diario EL MUNDO el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"En el vacío lunar de las Torres Gemelas" por Julio Valdeon Blanco

     

«Todo sigue igual. Lo que pasa es que estuvieron demasiado ocupados repartiéndose el botín», se queja un neoyorquino. La primera piedra de la Torre de la Libertad, colocada con fanfarria hace dos años, tuvo que ser retirada. Cambiaron tanto el diseño original de Libeskind que ya no encajaba

«Anthony Edward Gallagher, 41 años, broker, vecino de Nueva York; Daniel James Gallagher, 23 años, abogado, que amaba la música y era fan de David Matthews; John Patrick Gallagher, 31 años, electricista ». Los nombres de los muertos durante el 11-S son recitados uno a uno. Thomas Lyions, actor, ha tomado, junto a dos compañeras, el espacio del World Trade Center: «No lo hacemos por dinero. La idea fue de un amigo. Durante cinco días nos turnamos y leemos sus nombres. Llegué hace tres horas. Apenas si hemos arrancado por la g».

Lyions carraspea. Con su camisa larga, sus ojos verde requemado, pide disculpas. Regresa junto a sus pares, que visten de negro. Ejercen de ángeles custodios. Los turistas escuchan la larga cantata. Miran más allá de la verja. Mientras el cielo acuna a la ciudad con un sarcófago de nubes, los grandes reflectores que iluminan la zona cero abren sus ojos.

Han pasado cinco años. Un lustro desde que los colosos fueron derribados. Aquel día la gente saltaba por las ventanas. Caía como una estampida de mariposas ciegas. Las torres crujieron entre relinchos. Los políticos tomaron el lugar de los deudos.Desde entonces, todo son mentiras, rabia apostólica, espectáculo pirotécnico, contratas fantasmas, sobres subterráneos, demagogia.

El alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, ha pintado un futuro tan esférico y puro que sólo con la mejor voluntad puedes ignorar sus solapadas francachelas. El downtown, digan lo que digan, agoniza. Muchos negocios cerraron. Muchos trabajadores perdieron sus trabajos.

«Lo más incomprensible, al menos para mí, es que el Empire State Building fue construido en 16 meses. Piense que eso sucedió en los años 30, durante la Gran Depresión, con unos medios técnicos lamentables. Sin embargo, aquí han pasado cinco años y todo sigue igual. Hablan de 2012 como fecha definitiva. Por favor, ¡más de una década! Lo que pasa es que estuvieron demasiado ocupados repartiéndose el botín». John Helms cabecea mientras se aleja, dejando al cronista meditabundo, sopesando la hiperestésica lentitud de unos trabajos eternos.

La primera piedra de la Torre de la Libertad, colocada con gran fanfarria hace dos años, tuvo que ser retirada. Cambiaron tanto el diseño original de David Libeskind que ya no encajaba.

Las aportaciones sucesivas de David Childs fueron combinadas con los consejos de expertos antiterroristas, ideas de oscuras comisiones, planos sucesivos y concursos varios. Al cabo, la Torre de la Libertad volará sobre los edificios como una flecha mastodóntica. Se alzará sobre un retablo de edificios dibujados por Frank Ghery, Norman Foster y Calatrava.

Nadie sabe a ciencia cierta si el cúmulo de genios derivará en melancólico espacio o lío de egos.

Exposición

Si la muerte acecha siempre, en el vacío lunar de las Torres Gemelas su ausencia pule la mirada, amenaza con devorar al turista, cancela sonrisas.

Una exposición de Johnatan Hyman cuelga de las verjas. Bomberos, policías, monjes tibetanos, niños llorando, un anciano que blande un papel rotulado a mano: «Ofrezco habitación gratis a persona desplazada», osos de peluche amontonados por las calles, etcétera.

Las instantáneas recogen el fogonazo de solidaridad y espanto que sacudió al mundo. Son respetuosas. Frente a ellas, hombres enormes enmudecen. Las parejas dejan de besarse. Sobre los escombros, una cruz fabricada con vigas semifundidas tras el ataque recuerda que el 11 de Septiembre de 2001 casi 3.000 personas fueron desintegradas sin recibir sepultura. Es la suya una estampa no contaminada por afanes vengativos, pese a estar anegada de sangre.

Janis Breckenriage ha llegado desde Ohio. Experta en literatura hispana, hizo su tesis doctoral sobre el papel que ocupan los desaparecidos en la literatura argentina.

«Me interesaba comparar. En Argentina hay un gran debate. Tenemos en común el hecho de que queremos levantarnos, y en realidad las cosas han cambiado mucho en Estados Unidos desde los atentados.Ya no detectas el sentimiento de rabia. La gente cuestiona las decisiones del Gobierno. Recordar, sí, pero que no nos mientan, que no nos cuenten que la Guerra de Irak tiene algo que ver con esto», relata la joven Breckenriage.

Janis toma notas en un cuaderno escolar. Su letra gorda canta sobre cada una de las hojas. Empapada de indulgencia escribe datos que luego analizará proyectando muertos sobre los muertos, estudiantes de Buenos Aires, abogados de Manhattan, desaparecidos todos.

A su izquierda, el perfil metálico de la Torre Siete, única construida hasta el momento, salta sobre los rascacielos. En sus bajos, una exposición. Otra recuerda el espanto. A la esquina sur regresaron los bomberos. Es un destacamento seminuevo. La mayoría de sus integrantes perecieron bajando a hombros a las víctimas.

Un japonés clónico de Bob Dylan rasga una guitarra. En la misma semana que el genio mercurial ocupa el número uno de las listas los versos de A hard rain's A-gonna fall ponen cirios fosforescentes en la baja tarde neoyorquina.

  

Publicado en el diario EL MUNDO el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"Cinco años de miedo, 'libertad' y seguridad" por Carlos Fresneda

   

Un lustro después de los ataques terroristas en Nueva York y Washington, el estado de excepción que se decretó tras el 11-S se ha prolongado hasta hoy día, más o menos sigilosamente. Los tentáculos del 'Homeland Security', el Ministerio del Interior estadounidense, han dado lugar a una todopoderosa 'industria de la vigilancia', con capacidad para comprar y vender las vidas privadas en aras de la seguridad nacional

NUEVA YORK.- Vuelven a tomar posiciones los soldados de la Guardia Nacional. Sale de las penumbras Dick Cheney para recordar que estamos en guerra perpetua. Sigue adelante el Pentágono con su programa de escuchas telefónicas. La CIA espía las transacciones bancarias, el FBI se infiltra en los grupos pacifistas. Las papeleras de Manhattan nos increpan en inglés y español: «Si ves algo, di algo».

La sociedad orwelliana está cada vez más cerca. El estado de excepción que se decretó tras el 11-S se ha prolongado más o menos sigilosamente. La ley antiterrorista de emergencia (Patriot Act), aprobada a toda prisa tras las atentados y sin que la mayoría de los congresistas llegara a leerla, se ha convertido ya en un arma imprescindible de la Administración Bush.

El presidente justificó la semana pasada la existencia de las prisiones secretas de la CIA. Dijo que nunca autorizó la tortura, pero las imágenes de Abu Graib penden como un lacerante aguafuerte sobre sus palabras. Los tribunales le obligaron a reconocer los derechos de la Convención de Ginebra para los más de 500 presos que siguen en el gulag de Guantánamo. Y ahora, con la venia del Congreso, asegura que serán por fin juzgados en tribunales militares.

El Congreso republicano de la era Bush figura ya como uno de los más inefectivos e impopulares de la Historia. Los demócratas, complacientes, tampoco se han cubierto de gloria: los ciudadanos les consideran parcialmente culpables de los abusos de poder de estos años.

Y el miedo que no cesa, alentado por alarmas más o menos falsas como aquella del ántrax de la que nunca más se supo. O por planes de espectaculares atentados, luego desacreditados por tener su origen en «inteligencia fallida». El semáforo del terrorismo, entre tanto, parpadea entre el amarillo y el naranja inquietante. Esto es lo que Cheney bautizó como la «nueva realidad».

Antes del 11-S, en EEUU no existía siquiera la noción del Ministerio del Interior. Cinco años después, los tentáculos del Homeland Security van mucho más allá de sus 100.000 funcionarios y han dado lugar a una todopoderosa industria de la vigilancia, con capacidad para comprar y vender las vidas privadas en aras de la seguridad nacional. Los dos intentos más orwellianos de crear gigantescas bases de datos para tener fichados a millones de ciudadanos -el Matrix y el Total Information Awareness (TIA)- fracasaron antes de tiempo, pero el espectro del Gran Hermano sigue agazapado a la vuelta del semáforo, que cuenta seguramente con una cámara de vigilancia.

«La Administración Bush ha sentado las bases para crear un estado policial», asegura el abogado Ben Wizner, portavoz de la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU), cinco años librando una batalla constante en los tribunales norteamericanos. «Yo creo que aún no hemos llegado a este extremo, y confío en los resortes de nuestro sistema democrático para llegar a impedirlo. Ahora bien, ¿qué ocurriría si tenemos un nuevo atentado de la magnitud del 11-S?».

Wizner destaca la labor vigilante de asociaciones como la ACLU y la independencia del poder judicial, «que ha sido capaz de frenar varias veces los abusos de poder». Lo más lamentable, en su opinión, ha sido «la claudicación del Congreso, la ausencia casi total de supervisión por parte del poder Legislativo».

Poco después del 11-S, la encuestas revelaban que el 70% de los norteamericanos estaban dispuestos a renunciar a una parte de su libertad por mayor seguridad. La proporción es ahora algo menor, pero los defensores de la «seguridad a toda costa» siguen siendo mayoría.

«Las encuestas hablan de libertad y de la seguridad en sentido abstracto», se justifica Wizner. «Mucha gente interpreta la seguridad como la vigilancia, las medidas en los aeropuertos... Los números serían distintos si a la gente le preguntaran. ¿Aprobaría usted que controlaran sus llamadas o su cuenta bancaria sin autorización judicial? ¿O que el FBI reclamara en su biblioteca los libros que usted ha leído este último año?».

A los pocos días del 11-S, el presidente Bush proclamó la «guerra contra la gente que odia la libertad». La primera víctima de los atentados fue, sin embargo, la sacrosanta libertad a la americana.

Antes incluso de la aprobación de la Acta Patriota -que confirió poderes extraordinarios al FBI y a la CIA para pinchar teléfonos, espiar electrónicamente y tener acceso a los antecedentes financieros y médicos de los norteamericanos-, comenzaron las redadas secretas de ciudadanos extranjeros, en su mayoría de origen árabe, confinados durante meses. Los detenidos llegaron a superar los 800; el Gobierno nunca dio sus nombres. Unos fueron deportados, otros fueron puestos en libertad sin cargos. Decenas de miles fueron «requeridos» por la policía para responder a interrogatorios y dejar sus huellas. Ningún terrorista fue detenido por esta medida «extraordinaria».

El fiscal general John Ashcroft dejó su cargo en medio de crecientes críticas contra su exceso de celo; su sucesor, Alberto Gonzales, se convirtió pronto en blanco fácil y tuvo que explicar en el Capitolio su papel en los «métodos de interrogatorio» por la CIA, en el limbo legal de los «enemigos combatientes» de Guantánamo o en el escándalo de las escuchas secretas de la Agencia Nacional de Seguridad.

Hubo que esperar hasta cuatro años después del 11-S para conocer, en el New York Times, la existencia del programa secreto del Pentágono para espiar las llamadas de los estadounidenses sin autorización judicial. Un tribunal falló que el programa era inconstitucional. La Casa Blanca ha recurrido alegando los poderes extraordinarios del presidente en tiempo de guerra.

El secretismo a ultranza de la Administración Bush quedó una vez más en evidencia cuando meses después trascendió la existencia de otro programa -esta vez ejecutado por la CIA- para espiar millones de transacciones bancarias entre EEUU y el extranjero.

Libertad de información

Lejos de enmendar la plana, Bush y Cheney han arremetido contra los medios de comunicación por hacer la cama al enemigo y revelar la existencia de armas «secretas» contra el terrorismo. La libertad de información ha sido otra víctima de la Administración Bush, con una tendencia al secretismo superior a la de la Administración Nixon.

«Más que el terrorismo en sí, es la respuesta al terrorismo lo que puede hacer daño a la democracia», advierte el ex director del Centro para los Derechos Humanos de Harvard, Michael Ignatieff, en su artículo La paradoja de la libertad, publicado en el Economist.

Para el quinto aniversario del 11-S, el lingüista de Berkeley George Lakoff se pregunta Whose freedom? (¿La libertad de quién?). Su respuesta: «Bush trabaja en contra de la libertad, desde el momento en que promueve un asedio mental y un estado permanente de emergencia, en vez de ofrecernos la auténtica libertad: la libertad del miedo».

   

Publicado en el diario EL MUNDO el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"El nuevo mapa geopolítico" por Felipe Sahagun

   

El 11-S y sus secuelas han sido el acelerador de los principales cambios internacionales que se iniciaron tras la Guerra Fría, como el rearme y el nacionalismo

Más que una ruptura del sistema internacional en formación de la Posguerra Fría desde la caída del Muro de Berlín, el 11-S y sus secuelas han sido un gran catalizador de los cambios principales iniciados al final de la Guerra Fría.

Las respuestas a los atentados han acelerado los movimientos tectónicos geopolíticos de finales del siglo XX y han reactivado tendencias, como el rearme o el nacionalismo, que habían empezado a debilitarse en algunas zonas del planeta.

Han acelerado la globalización y, a la vez, su cuestionamiento por parte de los perdedores o víctimas de ese proceso. Pocos lo han entendido mejor que Osama bin Laden. Basta ver dónde coloca su fusil durante las entrevistas, apuntando desde el Indico al bajo vientre del mapa mundi.

Han acelerado el surgimiento de China y de la India como nuevas superpotencias en ciernes. Mientras Occidente, dividido como siempre, derrocha dinero y esfuerzos en derrotar a un enemigo mal definido con una estrategia de eficacia dudosa, China asegura por todo el planeta las fuentes de materias primas indispensables para su consolidación como superpotencia.

Han acelerado la proliferación nuclear y de otras armas de destrucción masiva en los países que se sienten o han sido, de hecho, incluidos como graves amenazas internacionales en la estrategia de seguridad estadounidense.

Mientras Occidente pierde el tiempo en frenar el número de centrifugadoras en poder de Irán, Pakistán sigue adelante con la construcción de un reactor de plutonio de 1.000 megavatios en Jushab que, en pocos años, permitirá a los sucesores de Musharraf, tal vez extremistas islámicos, producir de 40 a 45 bombas atómicas cada año. Multiplicará así por 20 su capacidad nuclear actual.

Washington se lo está permitiendo porque le sigue necesitando en la persecución de Al Qaeda.

Han acelerado el distanciamiento entre Estados Unidos y muchos de sus aliados europeos que quedaron relegados o fueron ignorados en la intervención de EEUU, en una coalición ad hoc, contra el régimen talibán afgano.

Han acelerado la guerra civil entre musulmanes moderados y radicales, y entre el mundo chií, dirigido por la teocracia iraní, y el mundo suní, que ha encontrado en la invasión de Irak el regalo estratégico más importante que se podía hacer a Irán, adversario histórico de Arabia Saudí en el ámbito religioso y de Irak en la lucha por la hegemonía regional en el Golfo Pérsico, principal fuente mundial de petróleo al menos hasta mediados del siglo XXI.

Irán ha utilizado brillantemente el conflicto palestino-israelí para abanderar en el Líbano y en Gaza una de las pocas causas que unen a suníes y chiíes. Así diluye el temor creciente en los principales países árabes a la influencia regional imparable que, gracias al tremendo error estadounidense en Irak, está ganando el régimen iraní.

Han convertido el islamismo yihadista, hasta el 11-S un nicho ideológico reducido, en un movimiento telúrico con una capacidad de arrastre comparable al del comunismo tras la revolución bolchevique y, por sus connotaciones religiosas, posiblemente más peligroso.

Han acelerado el rearme iniciado por EEUU en la segunda mitad de los 90. Sus gastos militares, que antes del 11-S representaban un tercio del gasto mundial, representan, cinco años después de los atentados, más de la mitad del gasto mundial.

Han acelerado la formación de nuevas alianzas entre las grandes potencias frente al hegemón estadounidense en cumplimiento exacto de la tendencia histórica observada, en el último capítulo de su libro Diplomacia, por Henry Kissinger cada vez que, en la historia moderna y contemporánea, un país se ha convertido en superpotencia única.

Ante la imposibilidad de hacer frente con éxito a EEUU y a sus aliados con medios convencionales, se han multiplicado los ataques terroristas y la guerra tradicional ha dejado paso a docenas de guerras asimétricas donde se confunden los actores estatales y no estatales, los combatientes civiles y militares, sin límites en el campo de batalla y sin respeto alguno de las normas más elementales que, con tanto sacrificio, se habían venido elaborando desde finales del siglo XIX.

Han acelerado el deterioro de las organizaciones internacionales y del derecho internacional, y han dejado obsoletas las reglas del sistema construido sobre los escombros de la Segunda Guerra Mundial.

Estos cambios habían comenzado, de forma más o menos visible, mucho antes del 11-S, pero las respuestas de la Administración Bush y de los demás actores internacionales al 11-S los han intensificado.

Como señala Ivo H. Daalder, de la Brookings, en la aceleración de los cambios hay vencedores y perdedores. Entre los primeros se encuentran el yihadismo, estados desestabilizadores como Irán, Corea del Norte y Pakistán, y China, que en cinco años se ha convertido en actor global indispensable sin que nadie, al menos desde Europa y Norteamérica, preste atención a los efectos políticos, económicos y ecológicos de su política.

Entre los perdedores se cuentan regímenes como el talibán y el de Sadam Husein, los neoconservadores estadounidenses que dieron la patada en el avispero de Oriente Próximo sin prever adecuadamente las consecuencias, y, sobre todo, el prestigio y la confianza internacional en Estados Unidos, que desde Vietnam no había caído tan bajo.

Si todavía no hay acuerdo entre los historiadores sobre las causas de la Primera y de la Segunda Guerra Mundial, es absurdo esperarlo sobre las causas y consecuencias del 11-S a sólo cinco años de la tragedia. Cien expertos consultados por la publicación Foreign Policy concluyen que la respuesta hasta ahora ha sido un fracaso.

En la edición de septiembre-octubre de la revista, Juan Cole, profesor de historia en la Universidad de Michigan especializado en el Oriente Próximo, relativiza los efectos del 11-S en la globalización y en la política exterior de las grandes potencias, califica de «probable» el reforzamiento de Al Qaeda, niega el llamado choque de civilizaciones, confirma un choque brutal de políticas, reconoce los riesgos del plan bushista de convertir la lucha contra el terrorismo en otra guerra sin fin y admite, como casi todo el mundo, que el próximo ataque es sólo cuestión de tiempo.

  

Publicado en el diario EL MUNDO el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"Un enemigo para todos nosotros" por Eduardo Aguirre

   

El fundamentalismo islámico ha cobrado fuerza en los últimos años y se ha convertido en el principal objetivo a erradicar, no sólo de Estados Unidos, sino de toda sociedad democrática. El silencio y la negativa a implicarse de algunos estados juegan a favor de los extremistas.

Confío en que no es necesario contar los detalles de los sucesos de aquel día. No es necesario explicar a los lectores españoles las consecuencias de aquellos atentados. Todos recordamos las horrendas imágenes. Pero no podemos y no debemos olvidar a las víctimas y sus seres queridos. Y no podemos evitar el simple hecho de que hoy las sociedades abiertas se enfrentan a una amenaza seria y existencial.

El mundo está envuelto en un conflicto con el terrorismo transnacional, que predica la violencia, la intolerancia y el extremismo, y hemos de entender la naturaleza y las ambiciones de nuestro enemigo.

El 11 de Septiembre no inauguró una era. Pero nos abrió los ojos a una amenaza que había estado cobrando fuerza y había comenzado a asesinar años atrás. Si hubiéramos mirado con más detenimiento 10 años antes, habríamos visto la determinación y la crueldad de estos terroristas.

Sus ambiciones, como su brutalidad, también están claras. En numerosas declaraciones han reiterado su incesante guerra contra la libertad, contra la democracia y contra todo el que se oponga a su rígida visión de una utopía. El régimen talibán dejó entrever lo que tratan de imponer en todo el planeta: un dogma despiadado, tiránico y perverso que oprime a millones de personas, prohibe que las niñas vayan a colegio, recluye a las mujeres en su casa y propugna que la policía religiosa golpee y azote a los que considera poco piadosos.

Ésta es la naturaleza de nuestro enemigo. Ni qué decir tiene que no se trata de una ideología con la que podemos negociar. No se puede disuadir o corregir a los fanáticos terroristas. No puede haber coexistencia pacífica con aquellos cuyo propósito y cuyo objetivo es aniquilarnos.

En 2001, un país entero se había convertido en santuario y campo de entrenamiento de terroristas. Ese país albergaba a una organización que tramó atentados en cuatro continentes y asesinó a 3.000 civiles inocentes en un lapso de 100 minutos. La faceta militar era necesaria e inevitable, y por eso EEUU utilizó la fuerza para destruir el régimen talibán y el refugio de Al Qaeda. Hoy, Estados Unidos y sus socios de la OTAN, entre los que España desempeña un valioso e importante papel, continúan trabajando para garantizar la estabilidad en Afganistán, eliminar los vestigios del régimen talibán y ayudar al país a avanzar y convertirse en una democracia sólida.

Pero es un error creer que las acciones militares son el límite de la respuesta de EEUU al terrorismo. Esta lucha exige una estrecha coordinación y cooperación entre los organismos responsables de hacer cumplir la ley, la Inteligencia y las autoridades financieras, y eso es precisamente lo que están haciendo Europa y EEUU. Juntos, estamos congelando los activos financieros de los terroristas y desarticulando redes de reclutamiento. Estamos localizando, deteniendo y juzgando a los organizadores e inspiradores de la violencia terrorista.

Éstas son respuestas necesarias y apropiadas a la amenaza del terrorismo internacional, pero no son suficientes. Se trata de un conflicto ideológico contra una fuerza política violenta opuesta a todo lo que representan las sociedades abiertas y democráticas. Y sólo ganando la batalla ideológica, durante años y generaciones, se podrá derrotar a la amenaza del terrorismo.

El primer paso es rechazar la ideología de los terroristas. La culpa de las muertes causadas por el terrorismo es sólo de los terroristas, no de los que se oponen a él. Los terroristas no pueden convencer, así que tratan de intimidar, confundir y engañar. La abrumadora mayoría de las víctimas de los atentados terroristas islamistas han sido los propios musulmanes, porque, a pesar de la retórica de los terroristas, su más temible enemigo no es Occidente, son la moderación, la tolerancia y la dignidad humana de la inmensa mayoría dentro de las sociedades musulmanas. Y en todo el mundo musulmán, la gente de fe, de paz y de tolerancia está mostrando que rechaza el camino de los terroristas. Sólo ellos pueden impedir que éste avance, minar su fuerza y contrarrestar su veneno. Ellos serán los vencedores sobre el extremismo pseudoislamista.

Podemos ayudarles. A través de programas como el Foro para el Futuro, del G-8, EEUU está apoyando iniciativas de países de todo el mundo musulmán para fomentar una mayor apertura política y económica, fortalecer la sociedad civil y crear más oportunidades para las mujeres. Éste es el segundo paso, vital. Pero necesitamos la ayuda de todos. El silencio y la negativa a implicarse juegan en favor de los extremistas.

Están en juego la seguridad y el carácter abierto de nuestras sociedades democráticas. Está en peligro la posibilidad de una paz duradera. En palabras del presidente Bush, se trata de «la gran batalla ideológica del siglo XXI» y de «un llamamiento a nuestra generación». Perder es algo que no podemos permitirnos.

Eduardo Aguirre es embajador de Estado Unidos en España y Andorra

   

Publicado en el diario EL MUNDO el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"El 'libre mercado armado' del terrorismo" por Pablo Pardo

  

WASHINGTON.- Una inversión con una tasa de retorno del 1.500.000%. Es decir, por cada euro invertido, se obtienen 1,5 millones de beneficio. El sueño de todo inversor. Y el impacto económico del 11 de Septiembre, aunque en ese caso, Al Qaeda en vez de dividendos buscaba destrucción.

El grupo terrorista gastó en la operación un total de 200.000 dólares (unos 156.000 euros), según declaró Zacarias Moussaoui en el juicio por su participación en la trama terrorista.

A cambio, las pérdidas totales para la economía mundial han sido de 300.000 millones de dólares (236.000 millones de euros), de acuerdo a las estimaciones del Fondo Monetario Internacional. Eso equivale al 0,75% del PIB mundial, o a la producción total de bienes y servicios de toda la economía española durante cuatro meses.

Fueron los ataques más rentables de la Historia. Y, además, fijaron la pauta. Los atentados de Madrid del 11-M costaron a los terroristas 41.000 euros. Los de Londres del 7-J, apenas 8.000 libras, es decir, algo menos de 12.000 euros.

Como ha declarado a este periódico Loretta Napoleoni, una experta en financiación del terrorismo, «cada día que pasa es más barato realizar un atentado masivo».

El sistema financiero y la economía sumergida proporcionan, además, vías más que suficientes para que los terroristas costeen sus operaciones.

El 11-S, al igual que la mayor parte de las actividades de Al Qaeda y de los talibán, se financió con dinero procedente de los países del Golfo Pérsico y de Pakistán, que a su vez fue girado sin problemas por conductos bancarios normales al comando de 19 suicidas en Estados Unidos.

Los asesinos del 11-M, según la Policía española, consiguieron los fondos necesarios para masacrar a 192 personas por medio del tráfico de drogas. Aunque el que lo tuvo más fácil fue Mohammed Sidique Khan, el jefe de los suicidas de Londres. Las fuerzas de seguridad británicas admiten que no saben exactamente cómo financió el atentado, pero creen que obtuvo el dinero usando sus tarjetas de crédito y pidiendo tranquilamente al banco un crédito personal de 10.000 libras (unos 15.000 euros).

Como afirma Camille Pecastaing, un experto en terrorismo islámico de la Universidad Johns Hopkins, «los terroristas no mueven grandes sumas de dinero. No es fácil detectar cómo mueven sus recursos».

De hecho, la famosa hawala, es decir, la transferencia de dinero por canales controlados por árabes y ajenos al sistema financiero internacional, no parece haber sido utilizada nunca por los terroristas para mover su dinero.

Tal vez eso se deba a que no les hace falta. Según la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico), en el mundo se blanquean al año entre 600.000 y 1,5 billones de dólares (473.000 y 1,1 billones de euros).

Ante semejante volumen de fraude, iniciativas como la Ley Patriótica de Estados Unidos, que refuerza el control sobre las actividades bancarias, o el famoso caso de espionaje llevado a cabo por la CIA sobre las transacciones bancarias en todo el mundo es, simplemente, poner puertas al campo.

   

Publicado en el diario EL MUNDO el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"Una nueva era cargada de alarmas" por Alberto Ronchey

   

En vísperas del aniversario, el prestigioso periodista italiano Alberto Ronchey hace repaso a las novedades sociales que han traído los atentados de integristas islámicos, desde el aumento del número de terroristas suicidas a los bruscos cambios en las medidas de seguridad colectiva.

La secuencia de los fulminantes ataques contra los rascacielos de Nueva York, el 11 de Septiembre de hace cinco años, mostraron en vivo y en directo por televisión escenarios hasta entonces inimaginables, mientras en sobreimpresión se transmitían mensajes traumáticos: «America under attack» (CNN) o «Terror in America» (Sky News).

Comenzaba «la guerra más larga de Estados Unidos», como la definió The Economist, ampliada después a cualquier parte del mundo por las conspiraciones del terrorismo islámico latente o por matanzas explícitas como las que golpearon a España o a Inglaterra.

Tras el 11 de Septiembre de 2001 comenzó una nueva era. Por vez primera, un terrorismo internacional inasible, sin base territorial y, por lo tanto, inmune a represalias, arremete contra estados potentes, pero vulnerables.

Una iniciativa inicial de represalia militar directa provocó la invasión de Afganistán, cuando el califa del terror, Osama bin Laden, estaba protegido por las milicias talibán de Kabul.

Hoy, cinco años después, el fenómeno del terrorismo islamista es una auténtica pandemia que echa por tierra la propia noción antigua de guerra. Desde hace tiempo, Al Qaeda recluta secuaces del integrismo militante incluso en las sociedades occidentales entre los nietos y los hijos de los inmigrantes, los llamados home grown, terroristas «criados en casa», como prueba el caso de Londres.

También asume formas completamente novedosas el fideísmo violento y suicida, que incluso cuenta ya con su propia historia. En el ámbito de la yihad o guerra santa islámica, el martirologio de dimensiones colectivas no tiene precedentes. De hecho, se multiplican los shahid o mártires, los que aspiran a suicidarse matando a gente inocente como una sagrada y salvadora liturgia que, para ellos, vale más que su propia vida.

También es novedoso el hecho de encontrar concepciones y personas sólo aparentemente contemporáneos, porque la verdad es que parecen pertenecer a siglos pasados. Como explicaba ya en sus tiempos de teólogo eminente Joseph Ratzinger, las manifestaciones de violencia no pueden imputarse a religión alguna per se, sino a los límites culturales en los que se plasma.

Estaba ya claro en 1989 que no podía considerarse de nuestro tiempo la fatua o el decreto de muerte contra Salman Rusdhie por blasfemia, condenándolo a vivir escondido toda su vida. Fenómenos similares a ése sólo se pueden encontrar en algunos periodos de oscurantismo de nuestra historia, pero en siglos muy lejanos.

Por último, el otro hecho novedoso es que, por vez primera, la modernidad es combatida con sus propios instrumentos económicos y tecnológicos por parte de quien querría destruirla. Los ejemplos no faltan. Ingentes capitales procedentes de recursos como la energía petrolífera, descubierta con la técnica occidental, son transferidos y distribuidos entre las células del terrorismo por medio de operaciones realizadas en pocos segundos por vía telemática. Armas, como los lanzamisiles o los agentes químicos venenosos o los anunciados explosivos líquidos y otras amenazas se basan en las tecnologías más modernas.

Por eso, en la nueva era, se entrecruzan alarmas a las que hay que hacer frente con máxima atención y sin concesiones. Pero, al mismo tiempo, se impone el estado de necesidad, que exige inevitables correcciones y limitaciones en la forma de vida occidental, en el ámbito de una nueva relación entre los derechos personales y las razones de la seguridad colectiva.

Alberto Ronchey, escritor, es editorialista del Corriere della Sera y fue ministro de Bienes Culturales entre 1992 y 1994.

    

Publicado en el diario EL MUNDO el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


"Un antes y un después en la industria del cine" por Borja Hermoso

   

MADRID.- La jornada de horror de aquel final del verano de hace cinco años estableció una macabra pero instantánea relación con el cine. Porque fueron innumerables las bocas que, ante la contemplación atónita de los aviones incrustándose en las Torres, dejaron caer en un acto reflejo frases del tipo: «Es increíble, sobre todo porque parece una película, pero no lo es».

Hollywood llevaba décadas proponiendo a sus audiencias atentados en masa, ataques nucleares o devastaciones a manos de malvados terroristas de ficción contra las ciudades occidentales. Pero, en aquel 11-S, estaba claro que el manido tópico iba a elevarse a categoría de verdad absoluta: la realidad superaba, con creces, a la ficción.

Ya nada volvió a ser igual. Los ataques en EEUU marcaron un antes y un después en el arte y en la industria de hacer películas. Los recientes estrenos de United 93, del británico Paul Greengrass, y de World Trade Center, del estadounidense Oliver Stone, cinco años después de los atentados, marcan el pistoletazo de salida de lo que será un subgénero dentro del género de catástrofes: el cine del 11-S.

Greengrass relata el calvario sufrido por los pasajeros del Boeing 757 que se estrelló en Pennsylvania, y que en teoría se dirigía hacia la Casa Blanca. Stone prefirió centrar su cámara en Nicholas Cage para simbolizar la jornada negra vivida en las Torres Gemelas por policías y bomberos.

Pero hay que recordar que no fueron ésas las primeras reflexiones cinematográficas en torno al 11-S. La película 11'09''01, en la que intervinieron 11 directores de 11 nacionalidades distintas (entre ellos Ken Loach, Sean Penn y Alejandro González Iñárritu) para contar su historia en 11 minutos y nueve segundos, fue estrenada en todo el mundo en 2002. En todo el mundo... menos en EEUU, donde las presiones de la Administración Bush sobre la industria del cine en lo relativo a la interpretación de los atentados eran ya abrumadoras.

El todopoderoso Jack Valenti -en aquel entonces patrón de la Motion Pictures Association, que controla a los cineastas de Hollywood- y Kart Rove, consejero de Bush, fueron quienes manejaron los hilos de la nueva censura.

Mención aparte merece Fahrenheit 9/11, de Michael Moore, quien acabó logrando una victoria simbólica al ganar la Palma de Oro en Cannes con su vitriólica crónica de las relaciones comerciales entre la familia Bush y Osama bin Laden.

Esa metida de mano sobre el cine tuvo consecuencias. Una de ellas fue la nueva caza de brujas contra todos los que criticaron las invasiones de Afganistán e Irak, como Martin Sheen, Sean Penn, Tim Robbins o Susan Sarandon. Pero la más significativa consistió en parar los proyectos de películas sobre catástrofes, atentados o secuestros y borrar de las ya rodadas todo lo que visual y subconscientemente recordara a las Torres.

Hubo casos flagrantes. Los productores de Spiderman borraron en la sala de montaje las dos torres por las que tenía que haber trepado el Hombre-Araña; los de Men in Black II anularon la campaña de promoción, apoyada en un póster de Will Smith y Tommy Lee Jones con las Torres detrás. Ahí, no es que la realidad superase a la ficción. Es que la ficción fue corregida con goma de borrar.

    

Publicado en el diario EL MUNDO el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.


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