No esperen encontrar sustanciales diferencias en ABC. No es el mismo estilo que el diario EL PAIS, pero hay ese ‘tufillo’ antiamericano. Estados Unidos se ha equivoca, el enemigo disperso, existe el derecho defensa pero… Este país no tiene remedio, el enemigo está dentro, es la ‘quinta columna’ que siempre les menciono. El diario de Vocento no se posiciona contra Estados Unidos, pero en la inmensa mayoría de sus crónicas mantiene una inquietante equidistancia, víctimas al margen por supuesto.
“11-s, un atentado que cambió el mundo” (Editorial de ABC)
El 11 de septiembre de 2001 un grupo de fanáticos musulmanes perpetró un atentado terrorista que ha cambiado el rumbo de la historia de la humanidad. No era ni la primera acción de este tipo, ni desgraciadamente fue la última, pero la fecha pasará a la historia como el momento en el que se produjo una mutación probablemente irreversible de los conceptos globales de amenaza y seguridad. Las vidas de todos los habitantes del planeta se han visto afectadas directa o indirectamente por ello, al subirse a un avión, al entrar a un edificio oficial o al llenar el depósito de gasolina, entre otras muchas cosas, y aún no podemos saber si volveremos a un escenario que se pueda considerar «normal» o si es que la normalidad va a ser precisamente esta situación de prevención continua. La fecha del 11-S ha quedado definitivamente marcada en la historia.
Cinco años después subsiste en parte de la opinión pública occidental una especie de ingenua perplejidad ante este suceso y son muchos los que mezclan los rancios resabios de antiamericanismo con cierto grado de comprensión hacia las causas que los terroristas utilizan para justificar sus crímenes. Pasado el tiempo, ha disminuido el impacto de la dimensión gigantesca del ataque contra Nueva York y Washington (más de 3.000 muertos) y ni siquiera los atentados terroristas de Madrid y Londres que vinieron luego han servido para perfilar los contornos de un conflicto en el que las sociedades libres de Occidente están implicadas. Desde el fin de la II Guerra Mundial, los occidentales, los europeos especialmente, hemos hecho de la tolerancia y la paz el primer objetivo de nuestras relaciones con el resto el mundo, y cinco años después de la mayor embestida criminal cometida contra nuestra civilización, es preciso recordar que estamos siendo atacados por una fuerza que quiere destruirla y frente a la cual nuestros más nobles deseos están siendo utilizados contra nosotros.
Desde aquel 11-S se han producido otros acontecimientos traumáticos en el mundo. Primero fue la defenestración del régimen talibán de Afganistán y luego la caída del dictador iraquí Sadam Husein en Irak. La reacción inicial al ataque que lideró Estados Unidos fue como un huracán, en buena parte alimentado por el dolor de la herida recibida, pero también animada por la claridad en la percepción de la amenaza: una parte importante del mundo musulmán se opone a la modernización y a la simbiosis de su religión y modo de vida con las fructíferas corrientes globales, y ha decidido intentar destruir lo que consideran el foco de esa amenaza y que para ellos son las sociedades libres, con la misma determinación con la que creen que los guerrilleros afganos demolieron la Unión Soviética con la fuerza del Corán.
Nos enfrentamos a gentes que son capaces de morir con tal de intentar causar el mayor daño posible. El terrorista suicida, como los que ejecutaron la matanza del 11-S, representa efectivamente el paradigma de nuestras contradicciones cuando tenemos que afrontar casos como el de las torturas de Abu Grahib o la cárcel ilegal de Guantánamo. Los líderes occidentales están obligados a ser los primeros en respetar los valores que defendemos y por los que afirmamos la superioridad de nuestra causa frente a sus adversarios. Pero al mismo tiempo no pueden dejar de utilizar todos los recursos a su alcance, para garantizar la seguridad de sus ciudadanos y la pervivencia de nuestras democracias. El debate entre libertad y seguridad, en el que lamentablemente nos vemos obligados a escoger cuánto estamos dispuestos a perder en cada caso, va a seguir estando en el centro de la discusión política, policial y militar.
El actual Gobierno español tomó en su día la decisión de retirar los soldados de Irak, pero los mantiene en Afganistán, haciendo una extraña distinción entre las amenazas que han sido señaladas expresamente y según ciertos criterios por las Naciones Unidas y las que fueron determinadas de otro modo, como si se tratase de cosas diferentes. Se trata de un error que tarde o temprano los hechos se encargarán de esclarecer, como demuestra que los propios informes del Ejército español reconocen que en Afganistán nuestras tropas se encuentran en una situación de guerra tan grave como la que el Gobierno creyó abandonar en Irak. En los últimos diez días, las fuerzas de la OTAN en aquel país han matado a 420 militantes de Al Qaida -la célebre franquicia a la que se atribuye el liderazgo espiritual de quienes nos atacan- y sólo en el día de ayer fueron 94. En cuanto a la misión en el sur del Líbano, si no cambian mucho las cosas, será inevitable que se vean involucrados en un conflicto en el que se enfrentan por vías interpuestas la democracia israelí y el régimen teocrático iraní, que por cierto se ha dedicado a desafiar a la comunidad internacional con su peligrosísimo rearme nuclear, mientras el Gobierno le colmaba de atenciones con esa propuesta de «alianza de civilizaciones» tan oportunista como vacía.
La situación cinco años después del 11-S sigue siendo tan grave como aquellos días y en algunas cosas se podría decir que ha empeorado. Puesto que no se trata de una guerra convencional, no es fácil determinar dónde está el frente y los movimientos de las líneas adversarias.
Se trata de una confrontación global y multilateral, en la que está en juego la supervivencia de nuestras sociedades, y en este periodo de mundialización no es posible ignorar que lo que sucede en un punto tiene repercusiones en todo el planeta. Se trata de una guerra de valores que las sociedades libres no podemos permitirnos el lujo de perder. Ya no hay retirada posible y aquéllos que pretendan seguir viviendo en libertad deberán estar dispuestos a pagar el alto precio que desde el 11-S nos han impuesto los terroristas.
Editorial publicado en el diario ABC el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.
“El 11-S y el nuevo escenario estratégico (I)” por Emilio Lamo de Espinosa
... Nuestras sociedades están hoy traspasadas de causalidades perversas, múltiples escenarios de riesgo, que pueden ser utilizadas con simplicidad para producir inmensas catástrofes. La complejidad, que nos hace fuertes, puede ser también nuestro talón de Aquiles...
Sólo el paso del tiempo permite calibrar la relevancia de un acontecimiento y lo usual es que vaya a menos para deslizarse desde la memoria al recuerdo y, finalmente, al olvido. No siempre es así, como sabemos bien los españoles de hoy. Y ciertamente no es así con el 11-S, cuya importancia crece al pasar de los años. Por supuesto, todos intuimos inmediatamente que algo importante, tremendo, y de gran alcance, tenía lugar ante nuestros ojos, mayor incluso que el desplome imponente de las torres gemelas de Nueva York con la muerte inmediata de miles de personas. Y es seguro que todavía necesitaremos distancia para calibrar su alcance. Pero en aquellas imágenes teníamos la certificación del fin de una época y de una esperanza pero también, al tiempo, y como en una miniatura, casi todos los componentes del futuro que hoy nos persigue amenazante.
Fin de una época y de una esperanza, ciertamente. Pues para quienes creíamos que el «corto» siglo XX (Hobsbawm) había finalizado en 1989 con el triunfo de la libertad sobre el totalitarismo soviético, abriendo una era de generalizada democratización y prosperidad, descubríamos atónitos que sólo había sido un paréntesis, un entreacto para cambiar de escenario y abrir de nuevo «puertas de fuego» (K. Annan) al conflicto. La esperanzadora post-guerra fría acabó la mañana del día 11 para dar paso a la post-post-guerra fría (R. Haas), casi la síntesis entre la larga tesis de la Destrucción Mutua Asegurada y la breve antítesis de los «felices años 90» (Stiglitz). De modo que no es sorprendente que muchos aseguráramos que el 11-S era el verdadero comienzo del siglo XXI (T. Garton Ash), pues con seguridad fue el comienzo de un nuevo escenario mundial que esperaba a ser descifrado: la globalización, la sociedad del riesgo, la hegemonía americana, la nueva amenaza del terrorismo, la inoperancia de Occidente y de las Naciones Unidas. Todo estaba ya allí en aquellas terribles imágenes que aún hoy, al verlas por enésima vez, estremecen casi como el primer día.
Y en primer lugar, la globalización. Al acabar la segunda guerra mundial escribía Ernest Jünger: «Esta guerra civil mundial ha sido la primera obra común de la humanidad. La paz que le ponga término habrá de ser la segunda... La historia humana está tendiendo con apremio hacia un orden planetario». Orden planetario que representan, a la par, un Occidente articulado por la alianza atlántica, de una parte, y las Naciones Unidas, de otra, el primero con su inmenso (pero ilegítimo) poder fuerte, pero carente cada vez más de poder blando, el segundo con legitimidad universal, pero impotente e inoperante. La globalización, el nuevo «orden planetario», es el primer problema del presente: el mundo es ya uno, pero carecemos de instrumentos de gobernabilidad global.
Pues es esta globalidad lo que genera las condiciones ambientales de un 11-S, que ejemplifica, casi magistralmente, lo que el sociólogo alemán Ulrich Beck había llamado Risikogesellschaft, la sociedad del riesgo: una sociedad en la que el entramado encadenado de causalidades y dependencias genera situaciones tales que pequeñas variaciones en un extremo son amplificadas por la red y producen consecuencias monstruosas en otro extremo, el caldo de cultivo de «efectos mariposa». Dadme una palanca y moveré el mundo, podían decir los terroristas, pues con sólo unos cortapapeles consiguieron derribar las torres simbólicas del comercio mundial y de la globalización, utilizando los aviones como espoletas, en el mayor acto terrorista de la historia. Jamás se representó con mayor énfasis el mito de David contra Goliat. Nuestras sociedades están hoy traspasadas de causalidades perversas, múltiples escenarios de riesgo (aviones, trenes, presas, redes cibernéticas, comercio, petróleo), que pueden ser utilizadas con simplicidad para producir inmensas catástrofes. La complejidad, que nos hace fuertes, puede ser también nuestro talón de Aquiles.
En segundo lugar, y por supuesto, allí estaba el Imperio americano, rotundamente hegemónico tras la caída de la URSS, y sin cuya comprensión tampoco se entiende el terrorismo. Pues tras la multipolaridad westfaliana que, desde 1648, nos vino regalando una guerra por generación, pasamos a las (pocas) grandes potencias del XIX, y desde ellas, a la bipolaridad de la segunda post-guerra y a la marcada unipolaridad del presente. Puede que jamás, desde Roma, haya habido tal asimetría de poder. Los americanos gastan en defensa tanto como todo el resto del mundo e invierten en I+D tanto como todo el resto del mundo. Por innovación y por capacidad es un Ejército imbatible en una guerra convencional, preparado y dimensionado para ganar al tiempo en dos frentes de batalla cualesquiera. Basta asomarse a la web del Pentágono para ver en ella un mapa del mundo y su precisa delimitación en seis Mandos Centrales a cuyo frente hay otros tantos procónsules de varias estrellas encargados de supervisar el mundo entero. El nuevo terrorismo aparece así como el nuevo arte de la guerra en un orden internacional en el que no caben guerras convencionales pues las gana de antemano el «Hegemón». Un terrorismo que pasa por encima de los Estados y, por supuesto, por encima de sus tratados, acuerdos o convenciones, papel mojado en el nuevo arte de la guerra total.
Emilio Lamo de Espinosa es Catedrático de Sociología
Publicado en el diario ABC el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.
“El mal” por Ignacio Camacho
«No me di cuenta de que se trataba de un atentado hasta que no estaba lejos de las torres. Vi chocar el primer avión y pensé, como casi todo el mundo, supongo, que era un accidente. Yo estaba abajo, en la explanada, en el hotel de enfrente al WTC, e iba a volver a mi oficina a recoger unos papeles antes de regresar a España. Incluso me planteé subir a por ellos después del impacto, porque mi empresa estaba en los pisos bajos. Pero entonces empezó a salir gente huyendo y cambié de idea».
El hombre hace una pausa para tomar un sorbo de vino y mirar alrededor. Sus ojos claros se vuelven brumosos, impregnados de una niebla de dolor, y su tono bajo es de una dulzura melancólica. Es de noche y en Zalacaín los comensales próximos hablan de negocios en murmullos suaves.
«Sí, vi caer gente desde lo alto, a lo lejos. Y recuerdo muy bien la lluvia de papeles, miles de hojas revoloteando sobre nuestras cabezas en medio del pánico y de la confusión. Es curioso, pero en esos primeros momentos había muchas personas fuera, mirando. No sabíamos si entrar o echar a correr, y al final te quedas ahí helado, inmóvil, atrapado en una especie de fascinación ante la intensidad de la catástrofe».
«El caso es que al rato estalló la segunda torre. Yo no vi el avión, estaba del otro lado, y pensé que era una explosión por simpatía de la primera. Lo que sí tuve ya claro, porque soy ingeniero, es que aquello se podía caer y había que alejarse. Así que eché a andar deprisa, volviendo la cabeza para mirar. El primer desplome produjo un ruido enorme, apocalíptico, y nos alcanzó una nube de polvo que lo envolvía todo. La gente venía corriendo como si escapasen del infierno».
«En la calle pasó junto a mí un hombre muy sofocado, y se puso a mi par. Sentí necesidad de hablar, y le dije que lo de la primera torre había sido por un avión. Y él contestó: la segunda también. Entonces me di cuenta de golpe de lo que había ocurrido, como si juntase los cables de un circuito. No era el azar de un accidente, era la obra del mal, el mal en estado puro, el abismo de la condición humana. Fue como una cuchillada de estupor, o de angustia, más que de miedo. Porque sabes que el mal existe, en abstracto, pero de repente lo ves delante de ti, ahí, ante tus ojos, abierto como un precipicio... y sientes una sensación muy frágil; te desplomas por dentro, como las torres, ante la certeza de una maldad tan honda, tan tortuosa, tan potente. Me quedé paralizado un rato, sentado en el escalón de un portal. Luego busqué caminando otro hotel, y estuve varios días encerrado, sin hablar con nadie. Aún me tiembla algo dentro... Me pregunto cómo puede haber entre nosotros quien piense que algo así tiene un motivo, una justificación, una lógica...».
Su mirada se pierde en los cuadros de caza de la pared. Un largo silencio. Otro sorbo de vino y luego, como si espantara algún demonio interior: «¿Sabes? Mucha gente corría descalza, habían perdido los zapatos».
Publicado en el diario ABC el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.
“11-S, el terror invisible” por Eduardo San Martín
Hoy hace exactamente cinco años, junto con las Torres Gemelas, se derrumbaron otros edificios. Entre ellos, y de forma definitiva, el que albergaba el viejo orden internacional y sus seguridades, basadas en un equilibrio de amenazas que garantizaba que nadie se atrevería a lanzar la primera piedra. Entre octubre de 1989, cuando las revoluciones tranquilas derribaron el último contrafuerte de las dictaduras comunistas, y los ataques del 11 de septiembre de 2001, la utopía que alumbraba el fin de la Historia aguardaba encarnarse en un nuevo orden que sustituyera, de manera tranquila, el mutuo terror asegurado. Los aviones de Alí Atta y sus diecisiete compañeros acabaron abruptamente con esa ensoñación y dieron por finiquitada una época. El terror se hacía invisible, por lo que no había manera de equilibrarlo.
Se imponía, pues, una nueva forma de guerra contra esa amenaza, difusa pero altamente eficaz, que aprovechaba las ventajas de la globalización y la relajación inducida por una década de distensión. Cinco años después, el balance pone los pelos de punta. ¿Ha sido esa guerra una equivocación? Desde luego que no. Los indudables errores cometidos por el Gobierno norteamericano pueden haber agravado la amenaza, pero ésta no es producto de las mentes calenturientas de unos visionarios neoconservadores. Ahora bien, ¿hemos de continuar esa guerra en los términos en que se formuló bajo el impacto emocional del ataque terrorista más despiadado de la historia? Con toda seguridad, tampoco.
Vale la pena detenerse en el balance. Dejando aparte el fracaso de posguerra en Irak, que ya ha dado lugar a una bibliografía exhaustiva, Afganistán no es un ejemplo de reconstrucción nacional. Karzai se ve obligado a pactar con los talibanes del sur mientras los mandos de la OTAN reclaman más recursos para detener a una guerrilla que ha importado, con éxito, la técnica del atentado suicida. El ataque contra la embajada de Estados Unidos, la semana pasada, representa un salto importante en esa escalada. Entretanto, los señores de la guerra siguen controlando el negocio de la heroína, que supone el 90 por ciento de la producción mundial.
Mientras, la bienintencionada Iniciativa para un Gran Oriente Medio, que debería extender la democracia a los países de la región, languidece porque, como denunciaba recientemente Gilles Kepel, a medida que las elecciones las iban ganado los islamistas, «la democratización ha dejado de ser una prioridad para Washington». También ganó Hamás en Palestina, con las secuelas ya conocidas. La reciente guerra del Líbano, por otra parte, ha debilitado al Gobierno israelí, ha fortalecido el prestigio de Hizbolá y ha interrumpido la reconstrucción física y política del país, en perjuicio de los intereses occidentales en la zona; y ha mostrado una vez más la falta de resolución de Washington para imponer el final de un conflicto que sigue nutriendo de «mártires» las filas del islamismo radical. Y por si fuera poco, emerge como potencia en la región una república clerical presidida por un fanático antisemita en vías de obtener la tecnología necesaria para fabricar armas nucleares.
No es extraño que el propio primer ministro británico, aliado fiel de Bush, admitiera tácitamente que Occidente está perdiendo esa guerra. Fue a principios de agosto en Los Ángeles: «No ganaremos la batalla contra el extremismo global al menos que venzamos en el nivel de los valores». ¿Blair convertido a la Alianza de Civilizaciones? No. No hace falta apuntarse al candor para quitarse la venda. Richard Haas, jefe de planificación política con Colin Powell, llegaba a una conclusión semejante hace menos de un mes: «No puede derrotarse al terror sólo mediante las armas». Entre la retórica apaciguadora de los aliancistas y la ceguera belicista de los halcones, debería abrirse una tercera vía. La apuntaba el último número de The Economist, un semanario que apoyó decididamente la guerra de Irak. «El mundo -decía- debe seguir esforzándose por destruir Al Qaida y, aún más, la idea que representa. Pero sería mejor que lo hiciera con medios más inteligentes que los utilizados hasta ahora por Bush».
Publicado en el diario ABC el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.
“Así se pierde la guerra” por Alberto Sotillo
Quien es víctima de un ataque como el del 11-S tiene derecho a defenderse y, llegado el caso, a hacer un legítimo uso de la violencia. Lo que no tiene es el derecho a equivocarse. Aquel atentado fue una declaración de guerra que, tal vez, se había iniciado años antes. Pero la guerra contra el terrorismo ni es la segunda guerra mundial ni es la guerra fría. Una confusión -tal vez deliberada- que nos ha conducido a la calamitosa situación presente.
Los defensores de la actual estrategia de seguridad intentan convencernos de que no nos queda más remedio que hacernos a la idea de que estamos ante una guerra eterna. La propuesta de por sí es alarmante. Pero lo que más inquieta es que la guerra contra el terrorismo se desarrolle en conflictos tan «convencionales» y catastróficos como el de Irak. El terrorismo es un enemigo invisible, fuera de lo convencional, que no necesita identificarse con un Estado para golpear. Y tras el 11-S, la Administración norteamericana reaccionó con el viejo hábito de la guerra fría de encarnar la amenaza en un grupo de Estados «rufianes» y en dividir el mundo en dos bloques: «demócratas» y «antidemócratas». Tras lo que pasó a convertir la guerra fría en caliente y a presentar esa peculiar lucha contra el terrorismo como una emulación de la segunda guerra mundial, en la que Sadam Husein era Hitler y Bin Laden el Emperador de las Tinieblas.
El 11-S marcó una nueva era. Estamos en un nuevo siglo, frente a amenazas que nada tienen que ver con las del nazismo y la guerra fría y que no se pueden combatir con los métodos del pasado. Catalogar a Bin Laden de fascista nos puede dejar el cuerpo tan a gusto, pero nada adelantamos en el diagnóstico del peligro. Comparar la toma de Bagdad con el desembarco en Normandía y pensar que se acaba con el terrorismo invadiendo un país con inmensas reservas de petróleo puede ser muy reconfortante para el «comandante en jefe», pero ha sido como apagar un fuego con chorros de gasolina. Puedes reprochar al vecino su pasividad, pero las llamas no se van a extinguir por más combustible que le eches.
El mundo es hoy mucho más peligroso que en 2001. Al Qaida sigue campando por sus respetos, y una respuesta equivocada a la amenaza ha contribuido a empeorar las cosas. Nicolas Baverez, que no es precisamente un izquierdista, ha hecho en ABC un diagnóstico alarmante: «Los riesgos se aceleran» tras «el fracaso de la respuesta estadounidense a los atentados del 11 de Septiembre». Y no es precisamente un francés con instintos antiamericanos quien lo dice. Todo lo contrario. Cinco años después, habría que reflexionar y dar una respuesta algo más racional que esa que cuenta que no nos queda más remedio que afrontar una guerra eterna en la que la situación va a seguir empeorando de día en día.
Publicado en el diario ABC el lunes 11 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.
“El horror y un amargo heroísmo” por Mercedes Gallego
Louie Cacchioli: «Cada día me pregunto por qué yo pude salir y ellos, no»
Nueva York - La foto de Louie Cacchioli, vestido con su uniforme de bombero aún empolvado, fue elegida para ilustrar la invitación de la exposición «Rostros de la Zona Cero» por la dureza de su mirada. Nada en ese gesto áspero permitía adivinar que Cacchioli terminaría retirándose del cuerpo, un año después, incapaz de remontar las secuelas emocionales del 11-S. Todavía hoy, cinco años más tarde, sigue recibiendo terapia psicológica.
«No hay un día en el que no piense en mis compañeros y en lo que pasó», relata el bombero retirado. «Sufría el síndrome de culpabilidad del superviviente. Racionalmente sabía que no era culpa mía, pero no podía dejar de preguntarme porqué yo sí pude salir y ellos, no». Caccioli acababa de evacuar a medio centenar de oficinistas a través de la escalera de emergencias de la Torre 1. Estaba cogiendo aliento cuando el edificio se le vino encima. En los días posteriores los niños le saludaban por la calle con algarabía y los hombres le daban las gracias por su heroicidad, pero él no podía dejar de pensar en los 343 bomberos que nunca salieron con vida de las Torres Gemelas.
Con dedicación obsesiva se enfrascó durante mes y medio en buscar sus cuerpos entre los escombros, pero sólo encontró un brazo, una pierna o un reloj. Cada uno de esos macabros hallazgos podía sumir a cualquiera en la desesperación, pero Cacchioli los atesoraba como la prueba de su cordura. «No se encontró ningún cuerpo. ¿Dónde están? ¿Se han evaporado? ¿A dónde se fueron?». No lo pregunta con tristeza sino con rabia.
El profesor de psiquiatría Luis Rojas Marcos, entonces presidente del Sistema de Salud y Hospitales Públicos de Nueva York, apunta a esa ausencia de cadáveres como una de las causas del trauma colectivo que dejó el 11-S. El 40% de los 2.773 muertos nunca ha aparecido. «Salieron esa mañana de sus casas y se desvanecieron para siempre», resume. Pero «los seres humanos necesitamos enterrar a nuestros muertos, saber cómo murieron, si estaban solos, si sufrieron». Su obsesión por encontrar aunque sólo fuese una pulsera que entregar a cada familia, y la ira que aún desprende contra los funcionarios del gobierno «que no hicieron su trabajo y permitieron que esos atentados ocurriesen» también distanció a Cacchioli de su propia familia. La terapia matrimonial salvó ese matrimonio, en el que hasta los hijos acabaron en el diván.
El matrimonio de Benny Hom aún agoniza, cinco años después. Irónicamente, el 11-S es también la fecha de su aniversario de boda, y aquella noche de 2001 había planeado una cena romántica con su esposa. «Para mi mujer ha sido insoportable que esa tragedia coincidiese con nuestro aniversario, lo ha arruinado para siempre». Hom cree que no ha sufrido ningún trauma, pero admite que su esposa le acusa de haber cambiado, de ser más callado y distante. «Atribuye los problemas de nuestro matrimonio a lo que pasó entonces».
De aquél día recuerda a uno de sus compañeros vagando en medio de la nube de polvo, abrazado a una pierna. «Intenté que se sentase pero él seguía diciendo: “No, es que tengo sólo una pierna”». De todas las visiones que tuvo que soportar aquél día, la que más le traumatiza es la última que cuenta en voz baja, como si temiese que alguien más se enterase. Recuerda a su amigo Dave en la puerta de cristales que unía las dos torres. «Vente conmigo», le aconsejaba éste. «No puedo, tengo a esos dos...», se excusaba recordando a los dos aprendices que dependían de su radio. Su amigo, con el que ingresó en el cuerpo para cumplir la promesa infantil de hacerse bomberos, le insistía. Entonces alguien gritó «¡Se cae la torre!» Benny tiró al suelo la bombona de oxígeno y corrió tanto como pudo. Dave se quedó dentro. Durante meses escarbó entre los escombros con la esperanza de encontrarle. «Nunca sacamos a nadie con cabeza», recuerda con calma. «Un día nos sentamos con esa pala tan ridícula que nos habían dado y dijimos: “Esto es absurdo, aquí no hay nadie”. Ese mismo día empezamos a tirar de lo que parecía un cable de teléfono y resultó una espina dorsal. Nos dimos cuenta por el olor. Era de un bombero, porque encontramos la chaqueta».
Los hallazgos humanos estaban «premiados» con el resto del día libre. «Te decían: vete de aquí, date una vuelta, vete a casa con tu mujer. Como no sabía qué hacer, me fui a comer al bar que estaba abierto en Broadway. Me dijeron que allí los bomberos no hacían cola. Me sirvieron langosta con patatas fritas y una jarra enorme de cerveza. A mi alrededor la gente se reía y gritaba con el partido de fútbol. Imagínate qué cambio. No pude soportarlo. Me bebí la cerveza y me fui sin comer».
Al hablar de heroísmo en el 11-S, los bomberos comparten la foto con la Policía de Nueva York y la de Port Authority. Esta última se llevó la gloria de Hollywood, que los inmortalizado en la película World Trade Center. Ya traspasado el umbral del alma, Hom confiesa que los suyos no se llevaban bien con la Policía. «Ellos sólo perdieron a 23; nosotros, a 343. Cada vez que encontrábamos un resto humano tocábamos un himno y guardábamos un minuto de silencio. Ellos venían a mirar si era uno de los suyos, y si no era así se marchaban sin quitarse ni el sombrero». El rencor anidó entre los héroes. «Cada vez que íbamos al hotel donde habían instalado butacas reclinables para que descansáramos estaban todas ocupadas por policías. Les mirábamos los zapatos y siempre los tenían limpios».
Ben insiste en que no ha sufrido ningún trauma, en que «el tiempo lo cura todo». Al final de la conversación repite en un susurro lo que le dijo el psicoterapeuta en la única sesión a la que asistió. «Pensarás en esta noche cada día por el resto de tu vida», le advirtió. «Y es verdad», reconoce al fin.
Publicado en el diario ABC el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.
“Así ha cambiado el mundo” por Nicolas Baverez
Cinco años después de los ataques contra Estados Unidos, es obligado reconocer que Osama Bin Laden y los 19 terroristas del 11 de septiembre de 2001 han ganado ampliamente su apuesta de pesar en el curso de la historia. Igual que los bolcheviques en 1917, ellos han conseguido, si no desencadenar una revolución islámica que acelere el advenimiento del Califato, al menos armar una guerra civil mundial que va a pesar mucho en la primera mitad del siglo XXI. Han liberado fuerzas violentas de desintegración y caos que bloquean el desarrollo de una sociedad abierta. Por último, han puesto a las democracias y a Estados Unidos a la defensiva, rompiendo el monopolio en la agenda internacional del que se beneficiaron durante la última década del siglo XX.
La guerra contra el terrorismo y el eje del mal lanzada por George Bush después del 11 de septiembre de 2001 está, en el mejor de los casos, emprendida. El número de atentados y de sus víctimas no deja de aumentar, al desplegarse ahora la yihad en un doble frente exterior e interior: los ataques contra Madrid en 2004 y Londres en 2005, los asesinatos de Pym Fortuyn o Theo Van Gogh en Holanda, los intentos lanzados contra los aeropuertos británicos o los trenes alemanes en el verano de 2006, demuestran que el intento de violencia se expande igualmente en el seno de la población musulmana inmigrante e integrada en las democracias, alimentando de paso la ansiedad y la hostilidad de los no musulmanes. En Afganistán el contingente de 16.000 hombres de la OTAN tiene dificultades para imponerse a la recuperación progresiva del control de las cinco provincias del sur por los talibanes, mientras se multiplican los atentados suicidas en Kandahar y Khost. Al mismo tiempo, Hamid Karzai está ampliamente deslegitimado, su poder depende de las alianzas con los jefes militares y la única fuente de desarrollo económico sigue siendo el monocultivo de adormidera (cosecha de 6.100 toneladas y con una progresión del 49% en 2006).
Irak se ha balcanizado y entregado a una guerra civil despiadada que ha provocado 14.000 muertos en el seno de la población civil durante este primer semestre. El islamismo radical efectúa un espectacular despegue en el conjunto del mundo musulmán: desde la elección en Irán del presidente Ahmadineyad a la victoria electoral de Hamás en Palestina, desde la conquista de Somalia por las milicias a la influencia de Hizbolá en el sur del Líbano. En resumen, Al Qaida ha conseguido instalar la yihad en el modo de pensar, tanto en el mundo musulmán como en las democracias, y hacer de ella un desacuerdo geopolítico determinante.
Dinámica de odio
Por otra parte, el terrorismo ha difundido una dinámica de miedo y odio —que ha frenado las fuerzas de integración—, traída por la globalización y reforzada por los riesgos que pesan sobre el mundo. Riesgos estratégicos ligados a las armas de destrucción masiva, a la aceleración de los programas nucleares de Irán, que juega al chantaje, al juego petrolífero, al estancamiento de EE.UU. en Irak, a la amenaza de sus relevos de Hamás y de Hizbolá, así como de Corea del Norte, que ha reemprendido sus lanzamientos de misiles. También a las ambiciones de poder de China —cuyo hiperdesarrollo está guiado por el nacionalismo— y de Rusia, que pretende reforzar su condición de superpotencia con su soviet capitalista energético. Riesgos políticos que se derivan del endurecimiento de las identidades, que adoptan las formas del nacionalismo y del imperialismo (véanse las tensiones entre China y Japón), del proteccionismo y del aislacionismo, del populismo o del extremismo. Riesgos económicos surgidos de la creciente oposición a la globalización (de lo que es un buen ejemplo Iberoamérica, dividida entre el éxito de la apertura de Brasil y la denuncia violenta de la democracia y del mercado encarnada por Hugo Chávez y Evo Morales).
En total, el mundo es más inestable y peligroso hoy que en 2001, y la posición de las democracias netamente menos favorable. Estados Unidos está militarmente atascado en Irak y destinado a una derrota política que no dejará de ser la de todas las democracias. La guerra de Irak desune hoy a la nación estadounidense, tan profundamente como ha dividido a Europa. La imagen de EE.UU. en el mundo se ha alterado profundamente: el 36 por ciento de los europeos considera que EE.UU. es la principal amenaza para la estabilidad mundial, frente al 30 por ciento en el caso de Irán y el 18 por ciento en el de China. Europa reproduce la separación de EE.UU., dividida entre la estricta alineación del Reino Unido de Blair con la Administración Bush y una línea más moderada que reúne hoy una mayoría en el seno de los Veinticinco, pero que no dispone ni de una estrategia clara, ni de los medios del poder, sobre todo en el plano militar, según ha subrayado la confusión que ha presidido la composición de la nueva Fuerza Provisional de Naciones Unidas en Líbano (FPNUL).
Las democracias, con Estados Unidos a la cabeza, no han originado los riesgos de este principio del siglo XXI, pero han contribuido a su aceleración, sobre todo a través del fracaso de la respuesta estadounidense a los atentados del 11 de septiembre de 2001. Conscientes del aumento de los peligros y de sus errores, los gobernantes de las naciones libres intentan reconstruir la unidad de las democracias, pero se encuentran prisioneros de las pasiones que han desencadenado y de las ilusiones que han cultivado: militarismo y desmesura en Estados Unidos, multilateralismo, adiós a las armas y salida de la historia en Europa.
La defensa de la libertad en el siglo XXI implica una acción común en cuatro direcciones. La reorientación de la lucha contra el terrorismo que, al igual que la estrategia de contención aplicada con éxito a la URSS, no puede reposar únicamente sobre Estados Unidos y únicamente en el aspecto militar: de ahí la necesidad de reactivar las alianzas estratégicas, de añadir una dimensión política dando prioridad a las fuerzas moderadas en el seno del mundo árabe-musulmán, de respetar el derecho internacional y de reforzar las políticas de integración para responder al frente interior abierto por los fundamentalistas. La prevención concertada de los riesgos geopolíticos, sobre todo el de la proliferación de armas de destrucción masiva, que tiene la aplicación inmediata de la disuasión de la carrera de velocidad hacia el arma atómica emprendida por Irán. El acompañamiento y la regulación de la globalización en el ámbito de las estructuras con la búsqueda de una salida positiva al ciclo de Doha, igual que en el plano coyuntural con el apoyo del crecimiento en Europa con el fin de relevar al ralentizado Estados Unidos. Por último, la reactivación de la integración del continente europeo.
Sin embargo, la clave definitiva reside en el redescubrimiento de los valores comunes compartidos por los pueblos libres, más allá de la diversidad de culturas y de instituciones. Occidente está a punto de perder en el siglo XXI el monopolio de la democracia y el mercado, lo que es lógico y afortunado. Sin embargo, Estados Unidos y Europa conservan un derecho de antigüedad en la defensa de la libertad, fortalecido por la resistencia a los imperios y las ideologías del siglo XX. A ellos les corresponde mostrarse dignos de ello, asumiendo la primacía del interés de Europa sobre el de los Estados que la componen, y la primacía del interés de la libertad sobre el de Estados Unidos y Europa.
Publicado en el diario ABC el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.
“Otro país: El fin del optimismo americano” por Pedro Rodríguez
Washington - «New normal», o lo que ahora es considerado como la nueva normalidad, es la expresión que utilizan los estadounidenses para referirse a un país transformado hasta los niveles más insospechados durante los últimos cinco años por la traumática fuerza de casi tres mil muertos provocados por 19 terroristas de Al Qaida. A las 8:45 de la mañana del 11 de septiembre de 2001, un martes ideal para volar, Estados Unidos empezó a vivir sus restantes 52 minutos de inocencia cotidiana e insularidad estratégica hasta que el tercero de los aviones secuestrados aquel día se escoró deliberadamente contra el Pentágono.
Desde entonces el gigante americano ha dejado de respirar su tradicional y contagioso optimismo para pasar, a marchas forzadas, desde la candidez a las suspicacias más tremendistas. Con la triste transformación de un sistema basado escrupulosamente en la presunción de inocencia y la honestidad, a un sistema que, de entrada, sospecha lo peor. Un sistema alimentado por el miedo a una edición multiplicada del 11-S y la certeza de que, si Al Qaida y sus seguidores pudieran matar más y causar mayores daños la próxima vez, lo harían.
Esa nueva normalidad queda reflejada en cuestiones que van desde la pesadilla de viajar estos días por avión en un país con tres horas de diferencia horaria entre costa y costa hasta complicaciones en cuestiones burocráticas tan mundanas como la tramitación del carné de conducir o una mera gestión bancaria. No digamos los problemas para un extranjero que aspira a renovar su visado legal.
Como materialización de todo este miedo asimilado, la estructura del Gobierno de EE.UU. ha experimentado uno de sus mayores cambios desde la segunda guerra mundial. Se han reformado en profundidad los servicios de inteligencia y se ha implantado una burocracia unificada —el nuevo Departamento de Seguridad Interior— que abarca desde los huracanes a los inmigrantes ilegales pasando por un colorido sistema de alertas terroristas. No carente de momentos patéticos como el paso del «Katrina» o las recomendaciones a los ciudadanos de comprar cinta adhesiva y plásticos para hacer frente a atentados con cargas no convencionales.
Al igual que en la saga Lewinsky hubo un momento de generalizada sensación de que ya se conocían excesivos detalles privados, hay temporadas en los que los estadounidenses también parecen empacharse de esas alarmas por espeluznantes modalidades de bio-terrorismo, por los efectos de las «bombas-sucias», la amenaza de los explosivos líquidos o la improvisación de detonadores con ingenios electrónicos cotidianos.
Una saturación temerosa que en lo político se tradujo en un cheque en blanco dado a la Administración Bush, que no tuvo que pagar ningún precio especialmente alto por algunas de sus estrategias antiterroristas más chirriantes como Guantánamo, las prisiones secretas de la CIA o el espionaje electrónico doméstico.
Este péndulo, que ahora empieza a detenerse, ha jugado a favor de los republicanos en los comicios de 2002 y 2004, en los que la oposición demócrata fue encasillada como el «Partido de Jane Fonda»: medio histérico y poco fiable en cuestiones de seguridad. Sin embargo, este juego ha tocado techo de cara a las legislativas convocadas para noviembre, en las que por primera vez se barruntan cambios.
Divisiones y reproches
Este presentido giro, a pesar de los problemas que Irak también genera entre los demócratas, ilustra el punto y final casi inevitable del cierre de filas tras el 11-S. Cinco años después, el pragmatismo, los valores de la Constitución, la impaciencia, las divisiones y reproches vuelven a dejarse notar. Empezando por las broncas paralizantes a la hora de reconstruir el simbólico World Trade Center.
Y es que, pese a la creación de una estructura militar dedicada a la defensa del territorio y una cadena de mando establecida para poder derribar aviones en caso de otro 11-S, EE.UU. no ha dejado de vivir una guerra contra el terror bastante peculiar. Bajo la consigna patriótica de no salirse de la normalidad, los estadounidenses no se han visto obligados a hacer grandes sacrificios adicionales como subidas de impuestos o servicio militar obligatorio.
Una comodidad que contrasta con las trascendentales comparaciones utilizadas por la Casa Blanca para justificar la asignatura pendiente de Irak y pulsos como el de Irán como parte de la misma guerra. Con una retórica que ha acuñado la etiqueta de «islamo-fascistas» para definir al enemigo y en la que abundan los símiles con la segunda guerra mundial entreverados con citas de Winston Churchill.
Publicado en el diario ABC el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.
“Día de humo: Relato de una jornada imborrable” por Alfonso Armada
Las vísperas de los grandes acontecimientos sólo adquieren verdaderos rasgos proféticos a posteriori, cuando el polvo se ha depositado sobre el suelo y el humo se ha desvanecido. Y el 11 de septiembre de 2001 que inauguraría brutalmente el siglo XXI no fue una excepción, aunque a la hora de interpretar a toro pasado esos augurios cada crédulo y cada agnóstico dispongan a placer de su particular repertorio de indicios y señales. La tarde del 10 de septiembre, el cielo de Nueva York se tiñó de violetas y malvas ferruginosos, nubes de aleación turbia, que no podían presagiar nada bueno, salvo para los de la tribu que venera las tormentas. Desde los desfiladeros de las avenidas, los rascacielos servían de convidados de piedra, espectrales, ante las nubes cada vez más tenebrosas. Se abrieron los cielos y descargó sobre Manhattan uno de esos aguaceros que me recordaban a Kinshasa. Busqué refugio en la marquesina de unos cines en la Segunda Avenida, y desde allí vi cómo riadas instantáneas se llevaban zapatos de tacón de las que no habían previsto el súbito cambio de humor de los dioses de la atmósfera.
Acabábamos de dejar a la niña en la escuela pública de la calle 32 (PS 116) y compartíamos un café frente al cine que la víspera me había salvado de quedarme hecho una sopa cuando sonó el móvil que, afortunadamente, llevaba conmigo. Cosa insólita en aquella época. Era mi colega de Washington, Pedro Rodríguez, sucinto y directo a la mandíbula como un redactor jefe: «Un avión se ha estrellado contra las Torres Gemelas. ¡Pónte las pilas!». Salimos disparados como buenos neoyorquinos: con el café en la mano, que para esas emergencias también sirven los envases desechables. Ya que desde lo alto de nuestra casa, en el 407 de Park Avenue South, esquina con la calle 28, se disfrutaba de una espléndida vista sobre el sur de la ciudad y las torres, decidimos sobre la marcha: tomar unas fotos desde lo alto y bajar enseguida al World Trade Center. Subí directamente a la terraza mientras la fotógrafo hacía escala en el piso 20 para recoger sus aperos. Acodado al alféizar, mientras contemplaba fascinado la humareda que salía de la primera torre, vi cómo súbitamente estallaba la segunda: un fantasmagórico hongo horizontal de humo, llamaradas y vidrios. Lo primero que pensé es que el fuego, por insólita simpatía, se había contagiado de un rascacielos a otro. No vi que otro avión había entrado desde la bahía. Cuando ella por fin llegó, las dos torres humeaban como las chimeneas ciclópeas de un paquebote llamado Manhattan.
Un crujido espectral
Mientras ella fotografiaba, bajé a la tienda de unos coreanos a comprar carretes. Todavía no habíamos ingresado en el mundo digital. Pero tal vez gracias a ese tiempo precioso que perdimos salvamos el pellejo. Sopesamos si bajar al Centro Mundial de Comercio en taxi, por la vía rápida junto al Hudson, o en la línea 6 del metro: la boca se abría literalmente a la puerta de nuestro edificio de 27 plantas. Optamos por esta segunda solución. En ese momento, las conjeturas se habían convertido en certeza: ni accidente ni casualidad. Se trataba de un atentado en toda regla, y la inmensa mayoría de los pasajeros de aquel convoy no tenía la menor idea de lo que se cocía en la superficie de su ciudad. Al salir en la última estación, Brooklyn Bridge, escuchamos un estruendo atroz que se bebió el aire. La primera torre se había venido abajo y por la explanada que se abre ante el Muncipal Building y el acceso al puente de Brooklyn corría una multitud despavorida, muchos cubiertos de polvo blanco de la cabeza a los pies, algunas mujeres descalzas o con los zapatos de tacón en la mano. La estampa que me vino a la cabeza fue «El acorazado Potemkin». La muchedumbre en fuga ante la caballería zarista. Empezamos a hablar con los primeros supervivientes que habían logrado salir a tiempo de la torre en llamas. Caminábamos por la calle Church, girando la cabeza una y otra vez, atónitos, como hipnotizados por la única torre que seguía en pie, convertida en icono, cobra que inaguraba otra edad de miedo. Policías aterrados tratando de encauzar el pánico nos instaban a los que caminábamos como sonámbulos a que pusiéramos pies en polvorosa. Pero hacíamos caso omiso. Hasta que un crujido espectral nos dio el aviso. Y todos echamos a correr hacia el norte de Manhattan.
Nos sumamos a un éxodo que de vez en cuando, con el temor a transformarse en estatuas de sal, echaba la vista atrás para comprobar que las sombrías columnas de humo no eran un espejismo, que las torres habían sido efectivamente arrancadas de cuajo del «skyline» neoyorquino. Gente desencajada lloraba en los vanos del viejo Nueva York. En torno a coches aparcados con las radios encendidas se arracimaban grupos de vecinos incrédulos: las noticias veraces («ataque contra el Pentágono») se mezclaban con rumores que ponían los pelos de punta («están atacando el norte de Manhattan»). Los teléfonos móviles se quedaron muertos y las cabinas telefónicas supervientes pasaron a ser islotes para náufragos. Metros y autobuses dejaron de funcionar. Las avenidas estaban colapsadas con los vehículos formando un tren infranqueable.
Cuando llegamos a nuestra casa, el pintor Prudencio Irazábal y su familia estaban esperándonos en el portal. La humareda del gran cráter de las torres se había desplazado hacia Chinatown, donde tenían su casa, y optaron por buscar refugio Manhattan arriba. Las chicas se separaron: mientras María Millán, la mujer del pintor, hacía cola en un cajero por si había que abandonar la ciudad, Corina acudía al colegio para recoger a la niña. En el camino vio a gente desmadejada que hacían sus necesidades en la acera. Muchos padres ya se habían presentado en la escuela para hacerse cargo de sus retoños. No les habían dicho nada, pero su profesora se había echado a llorar de repente. Su padre y su hermano trabajaban en el Pentágono. Cuando Corina le contó que habían derribado las Torres Gemelas, dijo: «No puede ser, si son muy fuertes». Y al rato: «Tendrán que quitarlas de la guía turística».
A pesar de que la conexión telefónica con España se desplomó, internet aguantó la rociada terrorista. A la angustia de lo vivido se unía ahora la necesidad de contarlo: decidí aprovechar las entrevistas que habíamos hecho al pie de las torres para reconstruir aquella mañana de septiembre que había amanecido impecable, azul: narrar lo ocurrido a partir de los testimonios de quienes habían entrado a trabajar en los rascacielos iguales y habían logrado salir.
Por la tarde volvimos a bajar a lo que se empezó a llamar «zona cero» (el área de pruebas del proyecto Manhattan que forjó la bomba que se arrojaría sobre Hiroshima). Tras burlar barreras policiales, convencimos a Vico Leiro y a sus hijos de que abandonaran su casa en la calle Worth y se unieran a los Irazábal. Compartir esos días bajo el mismo techo nos ayudó a sobrellevar el miedo, que esa primera noche de una nueva época nos tuvo en vilo: se derramó sobre Nueva York desierto un silencio abrumador, desconocido, una noche negra. La muerte había desgarrado el corazón del imperio, herido como nunca antes. Nada volvería a ser igual.
Publicado en el diario ABC el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.
“Árabes: Una «fastidiada» situación en EE.UU.” por Mercedes Gallego
Nueva York - De entre las muchas discusiones que padres e hijos suelen tener, pocas giran alrededor de leer un libro en el avión. A menos que el apellido de la familia sea árabe y el destino Estados Unidos.
«Papá, no», atajó Hamid durante la discusión telefónica. «Ves la tele, lees la revista del avión o duermes, pero ni se te ocurra traerte un libro en árabe». Desde Siria el hombre protestaba por lo largo que se le iba a hacer un vuelo de 16 horas sin un libro que leer, pero Hamid fue inflexible. «Sara y yo ni siquiera hablamos árabe entre nosotros en los aviones. Bienvenido al país de la libertad», dice con sarcasmo.
No importa que Hamid, como su padre, sea católico, y su esposa protestante. Ser árabe en el mundo posterior al 11-S es suficiente para meterse en problemas. O parecerlo. Hay incluso latinos y asiáticos atacados en la calle al ser confundidos con árabes. Varios aviones han forzado el aterrizaje ante el pánico desatado por una conversación en urdu que, a oídos desacostumbrados, puede sonar a árabe, aunque en realidad sea una lengua hablada en India y Pakistán.
En los días que siguieron a los atentados, los taxistas sij de Nueva York entregaban a sus pasajeros una hoja explicativa de su religión en la que aclaraban que el turbante y la barba era lo único que tenían en común con algunos seguidores del Islam.
«¡Hay tanta ignorancia!», suspira Katherine Abbadis, directora en Nueva York del Comité Antidiscriminación de Árabes Americanos (ADC, por sus siglas en inglés). Su oficina se creó en 2002, al dispararse las denuncias. A escala nacional, el FBI constató un 1.200 por ciento de aumento de crímenes por motivos racistas contra la comunidad musulmana. La oficina central de ADC compiló ese año 21.000 casos, en comparación con los 4.400 del año anterior.
Las fuerzas del orden se colocaron a la cabeza de los abusos con inesperados registros sin orden judicial, detenciones arbitrarias y hostigamiento. Así fue en algunos barrios de Brooklyn y Queens de predominio árabe, donde Inmigración toca a la puerta frecuentemente. La ADC estima que el 64 por ciento de las detenciones de inmigrantes que se hicieron en EE.UU. durante la caza de brujas que siguió al 11-S ocurrieron en Nueva York. Muchos de los deportados fueron torturados en sus países de origen para aclarar la sospecha estadounidense de que pudieran tener algún vínculo terrorista. Con el paso de los meses, el gobierno formalizó legalmente los abusos. Los ciudadanos de origen árabe o musulmán de 24 países clasificados fueron obligados a inscribirse en el Programa de Registro Especial, y varias veces maltratados en el proceso.
Las nuevas regulaciones del Departamento de Justicia permiten a Inmigración ejecutar detenciones sin cargos durante 48 horas en las que permanecen incomunicados. Una especie de ley antiterrorista dirigida a los inmigrantes, en la que, según Abbadis, eres «culpable hasta que se demuestre tu inocencia». El proceso de esclarecimiento tarda una media de ochenta días.
Vigilados
Bush reitera que el Islam no es el enemigo, «pero sus palabras no coinciden con sus acciones», apunta Abbadis. «El gobierno ha dado la impresión de que toda una generación de árabes y musulmanes eran terroristas potenciales que debían ser sometidos a escrutinio».
En las calles mucha gente no hace preguntas. «¡Alá es un cerdo!», gritaba un taxista a otro en busca de gresca. Otros ni siquiera necesitan provocar. Haider Rizvi, un periodista paquistaní afincado en Nueva York, aún exhibe en su dentadura sin incisivos la mella que le dejó una inesperada paliza en Brooklyn. Todo lo que recuerda es a dos individuos que gritaban algo sobre su barba y la de Bin Laden mientras le rompían varias costillas a patadas y puñetazos. Su teoría es que le oyeron criticar el bombardeo de Afganistán con un amigo en el bar, y le siguieron a la tienda de la esquina cuando salió a comprar tabaco. Eso explica que muchos hoy hablen en voz baja, o ni siquiera lo hagan.
La discriminación es más acuciante y difícil de perseguir a la hora de buscar trabajo o alquilar casa. Tanto, que algunos han preferido la pesadilla burocrática de cambiarse el nombre y apellido para encontrar trabajo. Los más han americanizado su nombre. Ahora los «Mohamed» se llaman «Moe» (Moisés), y quien tenga la desgracia de llamarse Osama pasa por Sam.
Otros han decidido que «no nos quedaremos callados». Eso es lo que dice, en árabe y en inglés, la camiseta que llevaba puesta Raed Jarrar cuando hace un mes se disponía a abordar un vuelo de Jet Blue en Nueva York. Después de un registro exhaustivo, se le comunicó que no se le permitiría subir al avión con esa camiseta por la que habían protestado otros pasajeros. Jarrar, director del programa iraquí de la organización de derechos humanos Global Exchange, se aferró a su derecho constitucional de libre expresión, pero acabó por vestir la camiseta que le compró la representante de la aerolínea cuando el inspector le advirtió que le convenía más acabar aquello «por las buenas».
«Ser un musulmán árabe viviendo en Estados Unidos es una putada hoy en día», se queja un arquitecto de 28 años. «Cuando estás en Oriente Medio eres un contribuyente estadounidense con cuyos impuestos se pagan las bombas que destruyen sus casas, y cuando vuelves a EE.UU. eres un sospechoso de terrorista».
Publicado en el diario ABC el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.
“Luz de papel: Ríos de tinta sobre el día de la infamia” por Julio Crespo
Muchas son las fechas clave que cambiaron el rumbo de la historia, provocando guerras, auges y caídas de regímenes y la irrupción de un nuevo orden internacional. Son fechas en las que todo el mundo recuerda cómo una gran noticia alteró su vida cotidiana y la de su entorno y conforme pasa el tiempo se puede apreciar mejor la magnitud de los cambios provocados desde entonces. El 28 de junio de 1914 el asesinato del archiduque Francisco José de Austria en Sarajevo provocó la hasta entonces más cruenta de las guerras, la I Guerra Mundial, y también puso fin a una época en la que Europa dominaba el mundo; el 1 de septiembre de 1939 la entrada de las tropas alemanas en Polonia provocó no sólo una guerra aún más terrorífica sino tras ella un orden mundial radicalmente distinto bajo la égida de Estados Unidos y la Unión Soviética; el 9 de noviembre de 1989, cuando ciudadanos anónimos se abalanzaron contra el muro de Berlín, cayó el imperio soviético y finalizó inesperadamente la Guerra Fría.
El 11 de Septiembre de 2001, una fecha que vivirá en la infamia como comentó Franklin Roosevelt refiriéndose al ataque de Pearl Harbour, merece un lugar muy especial entre los días que cambian el mundo. Tuvo mayor alcance que ninguna otra fecha histórica ya que el mundo entero fue testigo a través de la televisión de cómo dos aviones se estrellaban contra las emblemáticas torres gemelas de Nueva York provocando su aparatoso derrumbe y la muerte de tantas vidas inocentes. Estados Unidos aparecía más vulnerable que nunca en su historia como superpotencia, para preocupación de muchos y regocijo de algunos. Estas inolvidables imágenes provocaron el comienzo de la llamada guerra contra el terror y con ella el comienzo de una nueva era.
Desde entonces, sobre el 11-S —como sería vulgarmente conocido— han corrido ríos de tinta. Sobre las causas y consecuencias del ataque terrorista han escrito desde prestigiosos analistas hasta escandalosos telepredicadores. Como ocurre con todos lo grandes temas de nuestro tiempo, los libros más vendidos sobre el 11-S no son los mejores ni mucho menos. Pero si hubiera que destacar una lista corta por su capacidad de informar, analizar o contribuir al debate en torno a este tema desde distintos puntos de vista, bastaría con poco más de una docena de autores.
Bin Laden, mucho que escribir
El primer gran tema que suscitó la literatura sobre el 11-S fue cómo pudo ocurrir esta catástrofe, ello explica el éxito editorial que tuvo el libro sobre la Comisión del 11 de Septiembre. Uno de los primeros en dar respuesta a muchas de las preguntas que se hacían los americanos fue Gerald Posner en su bien investigado ensayo «Why America Slept». Con respecto al enemigo Al Qaida y su líder Bin Laden, desde la publicación de «Holy War INC», de Peter Bergen, la bibliografía sobre el terrorismo islámico no ha hecho más que aumentar en todos los países. Bin Laden sigue atormentando a Occidente y seguirá dando mucho que escribir.
La literatura antiamericana también experimentó un auge importante a raíz del célebre atentado. Noam Chomsky, uno de los críticos más implacables de la política internacional americana, publicó un ensayo a finales del 2001 muy apropiadamente titulado «11-9»; en él achacaba el ataque terrorista al odio que genera Estados Unidos en buena parte del mundo y propone una filosofía más pacifista para su política exterior.
Con respecto al corolario del 11 de Septiembre, la guerra de Irak, hay también una abundante literatura para lectores de todo tipo. Un libro magnífico para entender cómo, cuándo y por qué decidió la administración Bush atacar Irak es «Plan de Ataque», de Bob Woodward, en el cual su autor no sólo analiza brillantemente las estrategias de la Casa Blanca, sino cómo se forjó la alianza con mandatarios como Tony Blair y José María Aznar. Muchos son los libros que han contribuido a la impopularidad de esta guerra y al descrédito de la Administración Bush. Entre ellos hay que destacar «Contra todos los enemigos», las memorias políticas del veterano asesor presidencial Richard Clarke que son especialmente demoledoras precisamente por el profundo conocimiento que tiene el autor de lo que ocurre en los pasillos del poder. Según Clarke la amenaza terrorista no se tomó suficientemente en serio y las decisiones adoptadas por la Administración Bush no harán sino provocar más atentados contra Estados Unidos y los intereses americanos. En una línea similar un libro más reciente de gran éxito es «Fiasco», del periodista americano del «Washington Post», Thomas E. Ricks, que analiza cómo la tesis de los neoconservadores de invadir Irak se impuso tras el 11-S, provocando una guerra difícil de justificar y contribuyendo al caos en Oriente Medio.
Una de las consecuencias más graves que tuvo el 11 de Septiembre y concretamente la decisión de intervenir en Irak fue el enfrentamiento entre Estados Unidos y Europa sobre cómo abordar la lucha contra el terrorismo y los retos de la seguridad global; este enfrentamiento ha generado una interesante literatura en la que algunos de los más prestigiosos académicos han analizado el deterioro de la relación transatlántica.
Entre ellos hay que destacar al historiador americano Robert Kagan, que expone en su ensayo lúcido y provocador «Poder y Debilidad» cómo los intereses de Estados Unidos y de Europa han llegado a ser tan divergentes hasta dañar irremisiblemente la relación transatlántica; su teoría se resume en la célebre frase de que América viene de Marte y Europa de Venus, mientras que los europeos consideran a Estados Unidos arbitrario y beligerante, los americanos consideran a Europa débil, cansada y poco rigurosa.
La política exterior americana y la teoría de los halcones de perseverar en una política más agresiva contra el terrorismo internacional han sido también defendidas por muy buenas plumas, entre las que merece un lugar especial Niall Ferguson. Este historiador británico defiende en un brillante ensayo, «Collosus, the prize of the American empire», que Estados Unidos, lejos de avergonzarse o renunciar a lo que los críticos han llamado su política imperial, debe perseverar en ella como lo hicieron los británicos en el siglo XIX, ya que, según él, el porvenir de la democracia liberal en muchos puntos del planeta depende de la intervención americana.
También se avivó bastante el debate sobre el choque de civilizaciones que provocó Samuel Huntington a finales de los noventa; en este sentido la periodista italiana Oriana Fallaci centró sus polémicos ensayos más recientes, que no dejan indiferente a nadie, en denunciar el avance del islamismo ante la pasividad de Occidente, especialmente en Europa.
Quizás uno de los mayores éxitos del terrorismo islámico haya sido no sólo el deterioro de la Alianza Atlántica, sino la profunda división sobre los retos globales que existe en Occidente y especialmente en la Unión Europea. Por esta razón últimamente ha proliferado una literatura más conciliadora con objeto de reducir las diferencias entre los principales países occidentales y diseñar estrategias más en concordancia con los intereses globales de todos los países.
Los métodos de las democracias
El politólogo Francis Fukuyama se hizo famoso en los años noventa con su teoría de que el mundo avanzaba inexorablemente hacia la democracia liberal. Para compensar una teoría que hoy parece tan extemporánea ha vuelto al mercado editorial con nuevas ideas, proponiendo que Estados Unidos actúe más a través de las organizaciones internacionales y de esta forma contribuya a un orden mundial más pacífico. Un gran teórico liberal que ha hecho una importante contribución al debate sobre cómo luchar contra el terrorismo fue Michael Ignatieff; su ensayo «Mal Menor», en el cual examina la historia reciente del terrorismo, advierte que las democracias no pueden vencer a los terroristas utilizando los mismos métodos que ellos.
Un lugar muy especial en la literatura conciliadora tras el 11-S es el ensayo «Mundo Libre» del historiador británico Timothy Garton-Ash. En este libro Garton-Ash desafía la teoría de que los europeos son de Venus y los americanos de Marte; Washington no puede dirigir el mundo en solitario ni tampoco la nueva Europa ampliada puede vivir al margen de una gran comunidad transatlántica. Así Garton-Ash considera la crisis actual de Occidente como una oportunidad para forjar una nueva alianza entre las gentes del mundo libre hacia un nuevo orden de libertad.
Decía Talleyrand que quien no vivió antes de 1789 no conoció el placer de vivir.
Cinco años después del 11 de Septiembre muchos recordarán el mundo anterior a esa fecha con la misma nostalgia. Desde la perspectiva que proporcionan los años transcurridos se pueden plantear interesantes hipótesis para futuros libros: ¿fue el periodo de 1989 a 2001 una época dorada entre el fin de una guerra fría entre dos bloques y el comienzo de otra entre Occidente y el Islam?, ¿hasta qué punto marcó el 11-S el comienzo del declive de Estados Unidos como todo poderosa superpotencia mundial? Mucho se ha escrito sobre el 11 de Septiembre pero, según evolucionen sus consecuencias a largo plazo, lo mejor está aun por escribirse.
Publicado en el diario ABC el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.
“En los escombros, junto a las Torres Gemelas” por Mercedes Gallego
Julio, cariño. ¿Te acuerdas cuando nos colamos la noche del 11-S hasta los mismos escombros de las Torres Gemelas? Ayer volví a revivirlo.
Aquéllas imágenes dantescas que muy pocos vieron han sido recreadas por Oliver Stone con la fidelidad que sólo Hollywood podía lograr, porque, aunque hubiese habido quien grabase el apocalipsis que vimos aquella noche, se necesitaba de la ficción para hacer justicia a la realidad.
Nos temblaban las piernas cuando empezamos a ver los coches cubiertos de polvo y ceniza, los escaparates rotos, y las ambulancias aplastadas, como si Godzilla hubiera pasado por allí. El cine era la única referencia que teníamos para situar lo que veíamos, y el cine es el único que podía devolvernos a esa noche.
En «World Trade Center», el marine coge un zapato de mujer. Nosotros vimos muchos. No sé por qué los muertos siempre pierden los zapatos. Pero también encontramos sus bolsos, las fotos de los despachos y hasta sus agendas con las citas del día que no llegó a ocurrir. No había que buscarlas; sólo agacharse a recogerlas.
De entre los papeles, —miles, millones de papeles— emergían tétricas las lápidas de la iglesia de St. Paul. No fue fácil ubicarla, nos preguntábamos dónde estaban las Torres Gemelas, tan desorientados estábamos por su ausencia. Nos habíamos puesto los cascos de ConEdison que encontramos por el camino, y las máscarillas que nos dio el de la ambulancia. Pensamos que la mejor manera de disimular era mezclándonos con la cuadrilla de voluntarios. Cogimos el sandwich y la botella de agua, pero, cuando llegamos hasta aquélla montaña de vigas retorcidas, ni ellos ni nosotros supimos por dónde empezar.
Nos quedamos en silencio, apoyados contra la reja de la iglesia, pegados al barro, preguntándonos cuánta gente quedaría con vida. Qué estarían pensando. Oliver Stone responde a nuestras preguntas con mucho melodrama hollywoodense. Sólo sacaron a 20 personas, pero nunca sabremos cuántos seguían con vida mientras nosotros hacíamos de reporteros intrépidos.
Publicado en el diario ABC el domingo 10 de septiembre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.
“Del dolor al consuelo: «He vuelto a Nueva York, pero no he sido capaz de ir a la Zona Cero»” por Juan Francisco Alonso
Silvia le mira desde la foto que preside la estantería de su despacho con una sonrisa de boda en los labios, el vestido blanco, un ramo de flores entre las manos. Era un día feliz de mediados de agosto, un año antes de que se desplomara el mundo. Silvia, que hubiera cumplido 27 años el 27 de septiembre de 2001, mira desde el papel fotográfico a su padre, abogado, pelo abundante y blanco, sentado como cada día en su despacho de la calle de Hermosilla de Madrid, convencido de que el trabajo «es una medicina contra el dolor». José Luis de San Pío supo desde el primer momento que Silvia no volvería —«había estado en su despacho, en la planta 92 de una de las torres. Sabía que, si ella estaba allí, era el final»—, así que esa imagen que nos muestra le proporciona un viaje diario a los tiempos en que amanecía sin nubarrones.
Hay otros símbolos que hablan de su vida. Ese pin con las banderas de Estados Unidos y de España entrelazadas, un recuerdo del Spanish Institute que luce como homenaje a su hija, o esa foto del hotel Plaza que cuelga de la pared, reflejo de los dieciséis años (1970-1986) que José Luis de San Pío vivió en Nueva York. Allí nació su hija, que siempre mantuvo la doble nacionalidad, y allí murió, 11-S, 2001. «La experiencia del horror del terrorismo de ETA me ayudó a estar más preparado para enfrentar el drama. En España sabíamos lo que era el terrorismo, conocíamos su cara; en Estados Unidos, no. Creo que en parte por eso reaccioné así».
El abogado San Pío tomó el primer vuelo de Delta hacia Nueva York. «Nos desviaron a Cinncinati, y luego a Pittsburgh, y más tarde en coche a la isla atacada. «En seguida pasé de víctima a consolar e intentar ayudar a los demás. Gracias a que tengo el don de ser creyente, considero que la providencia tiene un poder que es superior a cualquier acto de los terroristas. La última palabra no la tiene la muerte, sino la misericordia infinita del Señor, más grande y más fuerte que todo el mal del mundo. Eso me ayudó, eso y el hecho de que mi hija hubiera fallecido instantáneamente, sin sufrir. Si hay alguien inocente era Silvia, embarazada de siete meses, a punto de tomar la baja de maternidad. He vuelto a Nueva York varias veces, pero nunca he sido capaz de ir a la Zona Cero».
Así recuerda José Luis a su hija, así revive aquel 2001 cuando siente que su presencia en algún acto puede ser útil. Por ejemplo, tras los atentados del 11-M, en la parroquia de Santa Eugenia, o en un reciente curso de verano. «El terrorismo es una amenaza tremenda de la que nadie está libre. Es una "profesión" de gente que desprecia la vida, una ideología totalitaria que busca desestabilizar la sociedad. En su momento le dije a los organismos que me quisieron escuchar que hay que combatir el terrorismo sin violencia y sin odio, que no hay que caer en la provocación del terror, que no les demos una excusa a los criminales. En cambio, sí es preciso tomar medidas para quitar fuerza a uno de sus "argumentos", la injusticia social. Se anunciaron promesas de un nuevo orden internacional que no se han cumplido, que cada vez suenan más lejanas».
«El problema no es el Islam»